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Originally published at Vel Anima. You can comment here or there.

[Si alguno tiene memoria puede que le suene esta historia, creo que es la primera novela que conseguí escribir entera. Aunque desde entonces hasta ahora la he editado bastante y la he dado doscientas vueltas, y ya no sé que hacer con ella, así que mi idea es subirla aquí, y luego auto-publicarla con uno de esos servicios tan majos que hay, aunque aún no me he decidido por cuál. ]

El Secreto de los Dientes de León

Capítulo 1

El avifata era un pájaro misterioso. En ocasiones podían oírse sus cantos en el corazón de los bosques del Reino de Láudonun, sin embargo, pocos eran los que habían visto uno vivo y muchos los que no cejaban en intentarlo, las leyendas contaban que podía conceder deseos y conducir a sus seguidores a cavernas llenas de oro y piedras preciosas.

Surí no estaba ya en edad de creerse todos los cuentos que le contaban, cuando dejó sus labores a medias y corrió al bosque junto a su granja no pensaba en tesoros escondidos. Solo quería ver al animal, ver un auténtico avifata… seguro que era emocionante.

Corrió entre los árboles sin fijarse demasiado en la dirección que tomaba, se concentró en seguir el trino lo mejor que podía, antes de que desapareciera.

Estaba segura que andaba cerca, cuando súbitamente se calló.

Permaneció varios segundos recuperando el aire y mirando a su alrededor confundida. ¿Por qué había parado?, ¿era por su culpa?, ¿dónde se había metido?

Se remangó las mangas de su camisa, estaba frustrada y tenía calor.

Entonces observó su entorno con más detenimiento. El bosque era espeso, con árboles viejos de troncos gigantes que tapaban la visión a escasos metros de distancia, y hojas que cubrían el cielo de un verde brillante.

No lo reconocía.

Se rascó la cabeza y giró lentamente en torno a sí misma, para asegurarse que de verdad no le resultaba familiar ni uno de los árboles, ni montículos de tierra y roca que se distinguían entre la maleza.

No podía haberse alejado tanto de su casa, no quería ponerse nerviosa, seguro que si deshacía sus pasos encontraba algo conocido, pero iba a tardar tanto…

Había dejado la colada a medias, sus padres iban a regañarla pero bien, como mínimo se quedaría una semana de trabajo a destajo en la granja sin permiso para bajar al pueblo, y su amiga Blainia volvía hoy de la capital, seguro que traía un montón de chismes y ropa nueva. ¿A quién se le ocurría salir a cazar pájaros?

Intentó aguzar una última vez el oído, peleando por escuchar algún vago trino, pero no oía nada.

Tardó un poco en entenderlo.

No oía nada, nada de nada. Exceptuando las hojas movidas por el viento, el bosque estaba sumido en un completo silencio, y no tenía sentido; era casi primavera, debería haber animales por todas partes y pajaritos volando y trinando como locos entre las ramas.

Pero nada, silencio absoluto.

Aquella ausencia de vida la intimidó, no le daba buena espina y comenzó a caminar decidida por donde había venido.

Entonces el bosque volvió a vibrar, como sacudido por un golpe invisible. Oyó un estruendo de cientos de aves alzando el vuelo nerviosas y el relincho de un caballo en algún lugar cercano.

No le gustaba nada aquello, pero en vez de continuar hacia su casa, cambió de dirección y corrió hacia donde había oído el alboroto. El animal había sonado asustado a sus oídos, era extraño, algo estaba ocurriendo en el bosque y quería averiguar qué era.

El suelo de tierra y hojas empezó a bajar en una suave pendiente, los árboles eran más escasos, y entonces, vio ante ella un claro perfectamente circular y hundido en el terreno, prácticamente rodeado por completo de maleza.

Supo en seguida dónde estaba, era un sitio discreto, y muy cercano al Camino Real al mismo tiempo, conocido entre tórtolos de la zona, y de fuera, para encontrarse en citas secretas.

Aunque ella solo lo había visto desde la carretera, de lejos, por supuesto.

Se detuvo recuperando el aliento y observando a su alrededor. No encontró ningún caballo, pero casi en el centro del claro vio algo blanco moviéndose; parecía algo de tela, el Sol la iluminaba con fuerza y la hacía destacar entre los dientes de león que brotaban por doquier. Desde allí no estaba segura sobre qué podía ser exactamente, así que buscó un lugar por donde bajar y acercarse, había bastante maleza alrededor suyo, se aproximó al borde del pequeño terraplén, intentando dar con una bajada… hasta que pisó mal y cayó.

Soltó un pequeño grito al notar que perdía pie, se quejó varias veces al golpearse y rozarse contra la tierra, y, finalmente, dejó escapar un indefinible sonido ahogado cuando sus pulmones quedaron momentáneamente sin aire en su último encuentro con el suelo.

Quedó algunos segundos donde estaba mientras el aire volvía a ella.

Torpe. Si es que era tonta y torpe. ¿Qué hacía allí?, tenía que haber vuelto a casa en su momento, no, mejor, no tenía que haberse marchado. Vaya manera de perder el tiempo y hacerse daño…

Se puso en pie y miró la tela que flotaba. Al menos esperaba que fuera lo que fuera aquello resultara interesante, no quería pasarse una semana castigada para nada.

Avanzó algunos metros y vio un pequeño objeto brillante en el suelo. Lo cogió y se dio cuenta que era un colgante, era precioso, aunque estaba roto. Lo dejó caer en uno de los bolsillos de su delantal y continuó adelante.

Definitivamente estaba ante un trozo de tela, un gran trozo de un blanco prístino y vaporoso; lo que costaba más de reconocer era el pequeño cuerpo que había en el suelo. Al principio creyó que era un niño, luego se dio cuenta que era una chica joven, de su edad… o quizá un poco mayor.

Miró a su alrededor esperando que hubiera alguien acompañándola, pero no había nadie más en el claro.

La chica estaba encogida y tumbada de lado, parecía dormir. Sus ojos se quedaron fijos en el perfil de la joven.

Era preciosa. Tenía una piel limpia y clara, y el pelo más dorado que había visto nunca; ni pajizo, ni ocre como el suyo propio. Dorado. Y lo tenía recogido en un intrincado peinado con cuentas y plumas, aunque una parte del mismo estaba un poco deshecha.

Dudó un momento en despertarla, no era un buen sitio aquel para echarse a dormir, pero parecía tan tranquila…

Se arrodilló a su lado, tocó con suavidad su hombro y esperó. No hubo respuesta. La sacudió con un poco más de vigor pero seguía sin moverse.

-¿Oye?, ¡oye!, ¿estás bien?…

Le tocó la cabeza y dejó una huella rojiza con sus dedos sobre el rostro de la chica. Se miró la mano, confundida. ¿Se había manchado?, ¿de qué?, ¿qué era aquello?…

Miró su delantal, sus rodillas también estaban manchadas, había algo en el suelo…algo lo empapaba. Lo olió. Era fuerte.

-Ay, madre…

Saltó hacia atrás asqueada y frotándose con su delantal. Sangre, ¡era sangre! Pero, ¿qué…? ¿cómo…?

-Despierta, levanta-pidió tontamente al cuerpo de la chica, intentando darle la vuelta-. Oye, venga, levanta….

En un tirón el cuerpo giró de golpe… descubriendo una gran herida que cruzaba el tronco desde el hombro izquierdo hasta la cadera contraria.

Surí volvió a saltar hacia atrás y se tapó la cara con las manos, sintió arcadas.

Aquello era horrible.

Había una chica muerta en el prado… había una chica muerta justo delante de ella.

Al apartar la vista del cadáver vio otros pequeños detalles a su alrededor, hierba aplastada y salpicaduras rojizas entre las amarillentas flores de los dientes de león, solo aquel trozo de vestido que aún se mecía al aire permanecía limpio, todo lo demás estaba cubierto de sangre. ¿Cómo no se había dado cuenta?

Las piernas le temblaban, sus manos se sacudían. Oyó un grito a lo lejos.

Debía existir algún extraño eco, o su cabeza estaba tan mareada como su cuerpo, porque no pudo reconocer su procedencia ni distinguir lo que decía.

Lo oyó más cerca. Alguien se aproximaba desde la entrada de la carretera, uno… dos…no, tres, tres personas, hombres, tenían algo metálico sobre los hombros… llevaban un uniforme. ¿Guardias?, ¿era una guardia? Venían hacia ella.

Intentó decir algo, pedir ayuda, preguntar qué había pasado. Las ideas se apelotonaban y la mandíbula también le temblaba, así que solo articuló algunos monosílabos incomprensibles. Tragó saliva e intentó hablar de nuevo cuando el primer guarda llegó a su altura, pero no tuvo tiempo de decir nada, ni siquiera tuvo tiempo de ver nada antes de notar un súbito dolor en un lado de la cara y caer al suelo.

Se llevó la mano al lado dolorido de su rostro. ¿La había abofeteado?, ¿aquel imbécil acababa de abofetearla?

Miró a los hombres que le acompañaban, estaban contemplando el cadáver de la chica con estupefacción, llevándose las manos a la cabeza.

Surí sintió sudores fríos de golpe, se giró de nuevo hacia primer guardia, le estaba gritando algo:

-¡Asesina!, ¡te mataremos por esto!, ¡te cortarán la cabeza!…

Abrió unos ojos como platos, aterrada, comprendiendo súbitamente lo que estaba pasando.

-¡No!, no, no he sido yo, yo no…nn… no… yo la encontré solo… est… estaba en el bosque… a… ahí…

El hombre se acercó más y Surí se encogió esperando otra bofetada, pero se limitó a cogerla los brazos y tirar de ella hacia delante, sin esperar que terminara de ponerse de pie.

-¡Déjame!, ¡déjame!, no he hecho nada, ¡suéltame!…

Otro de los hombres se acercó para mirar en sus bolsillos y sacó triunfante una cadena que balanceó ante sus ojos.

-¿Y cómo se rompió esto?, ¿y cómo llegó a tu bolsillo?, ¿lo sabes?… ¿eh?

Tardó en reaccionar, en un momento de pánico no entendió de lo que le hablaba ni reconoció el colgante.

-..¿qu…?, ¡no!, no se lo quité, ¡estaba en el suelo!, ¡estaba en el suelo, lo juro!

Vio venir otra bofetada y cerró los ojos.

-Su familia nos va a despellejar…-oyó que decía uno de los hombres.

-Y la Reina…

-Podríamos llevarles la cabeza del culpable, igual eso les tranquiliza un poco…

¿Cabeza?, ¿hablaban de ella?, ¿estaban de broma?, ¿qué estaban diciendo?, ¿querían matarla?, no era verdad, aquello no era verdad…

-Yo… yo no he… no-sollozaba.

-Creo que deberíamos llevárnosla para que la vea el capitán primero, si nos la cargamos la cargamos todos juntos.

Surí notó como volvían a arrastrarla, podía andar bien, pero el animal que la sujetaba parecía empeñado en empujarla y hacerla tropezar.

Lloraba y murmuraba por lo bajo, pidió que fueran a avisar a su familia, pero solo encontró una mala mirada y otra caída de bruces.

Intentó incorporarse de nuevo, sintiendo el sabor a tierra y sangre en los labios mientras continuaba empujándola, hasta que los hombres se detuvieron de golpe.

Una figura montada se alzaba frente a ellos.

Parpadeó para intentar ver mejor a quién tenía en frente. ¿Era el capitán?

Buscó desesperada buenas noticias en el rostro del recién aparecido que le indicara qué podía estar pasándole por la cabeza, pero la mitad de ella estaba cubierta por un casco. Toda su indumentaria era completamente negra; incluso su montura, un animal enorme de aspecto arisco, la única excepción era un largo mechón claro de pelo que decoraba el alto del casco y caía hacia atrás.

Era imponente, Surí sintió un miedo helador creciendo en su estómago, aquel tipo no podía traer nada bueno. Los guardias que la rodeaban también se sobrecogieron, habían palidecido y perdido por completo su actitud amenazante, se produjo un largo silencio que nadie parecía tener el valor de romper.

-Ge… general.

Miró sorprendida al guardia que había tartamudeado.

-Tenemos malas noticias, general. Han asesinado a la dama Melyss-informó otro rápidamente, quizá intentando cubrir el nerviosismo de su compañero.

El caballo se sacudió.

-¿Qué?, ¿dónde?-su voz sonaba fuerte y rasgada.

-Allí, la dejamos donde la encontramos, señor, pero hemos capturado a la asesina, nosotros, señor, ni siquiera ha podido huir, llevaba esto encima, mire-sacudió el colgante-, posiblemente ha escondido el resto porque no hemos encontrado más joyas, fíjese como tiene la ropa de sangre, fíjese…

-Tampoco está Nácar-observó otro-, pero nadie puede robar ese caballo, usted lo sabe, habrá salido huyendo…

¿Caballo?, ¿joyas escondidas?, ¿de qué hablaban?…

Tragó saliva mientras intentaba reunir valor para pedir compasión de nuevo.

Con la mitad del rostro tapada y los ojos ocultos entre las sombras del casco, Surí aún podía sentir los ojos del general clavados en ella.

General… ¿qué hacía allí un general?… ¿qué?

-No he hecho nada… no he sido yo…-insistió mientras miraba hacia los lados, controlando que ninguno de sus captores se movía para golpearla-. Créame, por favor…

Pasó un tiempo, largo y tenso, en el que todo el mundo pareció contener el aliento, hasta que el General se dignó a hablar.

-Llevad a la chica a Byerne inmediatamente, dejad a un par de vosotros para que me ayuden.

-Sí, señor.

Volvieron a cogerla, sin empujones aquella vez.

El caballo relinchó al notar el tirar de las riendas, parecía un animal nervioso. El General pasó a su lado y Surí miró brevemente por el rabillo del ojo cómo se dirigía hacia el cadáver de la pobre desventurada Melyss, antes de ser trasladada al pequeño campamento de hombres que había sido la guardia personal de la doncella.

Todos se acercaron a sus compañeros a pedir explicaciones por lo que pasaba.
Entre respuestas atropelladas y preguntas incrédulas, contaron cómo habían ido a buscar a la dama Melyss, preocupados por su tardanza, y dieron con el espantoso crimen.

Para su desdicha, tampoco encontró rostros amables allí, todos parecían preocupados por lo que sería de ellos y la mejor forma en la que podrían deshacerse de la responsabilidad de lo que había ocurrido. Formaban parte de una guardia privada, su futuro dependía de su fama, y ante la catástrofe un sólido culpable era su mejor lavado de cara. Las súplicas de Surí eran convenientemente ignoradas.

-Capitán, por el camino también nos encontramos con el general Aídref.
El capitán era un hombre mayor, de aspecto severo. Al oír el nombre abrió unos ojos como platos.

-¿Aídref?, ¿qué hacía allí?

-No lo sé, señor.

Cayó un silencio tenso sobre ellos, sea lo que fuera lo que algunos andaban planeando, ahora tendrían que contar con que todo había sido descubierto por alguien importante, lo que complicaba sus posibilidades de escurrir el bulto y los enfurecía más.

-Nos ordenó que lleváramos a la asesina a Byerne y que le dejáramos dos hombres.
La mirada del capitán cayó sobre ella, era una mirada dura y tensa, la estaba asustando, ni siquiera se atrevió a pedir más clemencia. Tras una eternidad dio una palmada e hizo un gesto de marchar hacia sus hombres.

-Bien, pues a obedecer-dijo finalmente-. ¡Recogedlo todo!, nos vamos.

Notó un tirón hacia delante, alguien le ató las manos con cuerda, a continuación, ataron el otro extremo a un caballo. La harían andar amarrada al animal el resto del día, hasta que llegaran a algún pueblo donde pasar la noche, primero, porque no había caballos disponibles, y segundo, posiblemente, por pura maldad.

No tuvieron más miramientos con ella, ni escucharon ninguna de sus palabras. Surí lanzó un último vistazo a su espalda, al camino vacío y hacia donde debería estar su hogar tras los bosques y las colinas, antes de que un guardia se colocara en medio, y se pusieran en marcha.

Capítulo 2

El trayecto fue lento, polvoriento y amargo, aunque los guardias intentaban moverse deprisa para evitar miradas curiosas.

Miraba el suelo, compungida y confusa. Sus padres iban a estar muertos de preocupación. ¿Por qué no podían avisarles siquiera?, seguro que si hablaban con ellos verían que no era mala chica…

Intentaba quitarse las lágrimas con las manos atadas, aún estaban sucias de sangre… y tierra del camino también. Hacía calor, las cuerdas dolían, y no podía terminar de comprender que aquello no fuera algún tipo de pesadilla. ¿Por qué?, ¿qué había hecho?…

Al anochecer pararon junto a un pueblecito. La ataron a un árbol que estaba junto a un tronco tumbado, el cual sirvió de asiento a los dos guardias que se iban a encargar de vigilarla. El resto montó un par de tiendas y bajaron al pueblo a por algunas provisiones y un tonel agua, algunos de los habitantes del lugar también se acercaron a intentar vender cualquier cosa o a cotillear, un jovencito intentaba hacer su agosto jugando a las cartas contra algunos de ellos. Los que debían hacer guardia observaban la partida entretenidos.

Pidió una última vez que alguien avisara a su familia, pero solo un guardia se giró y le ordenó callar mientras volvía su atención al juego.

Hundida y cansada de llorar, y de cualquier otra cosa que no fuera cerrar los ojos, se recostó como pudo contra el árbol e intentó pensar.

Los nombres de Melyss y Aídref resonaban en su cabeza.

General… general… Había tres generales en Láudonun en tiempos de paz: el de la Guardia Militar, el de la Guardia Común y el de la Guardia Real.

Solo uno tenía menos de cuarenta años: el Príncipe Bastardo, hijo ilegítimo del Rey y ascendido a general de su guardia por obra y gracia de su padre.

Ese era el hombre de negro a caballo que se encontraron.

Al darse cuenta quién era el general y qué podría estar haciendo allí, reconoció de inmediato la identidad de la dama muerta: la doncella de Varosé, Melyss, descendiente de una importante familia de la aristocracia, y la prometida del Príncipe Heredero; sin embargo, los rumores de que se veía más a menudo con el hermano bastardo habían recorrido el país de punta a punta desde el verano anterior.

El escándalo de su asesinato iba a ser inmenso, todo el reino se horrorizaría, la gente iba a quedarse muda de asombro cuando se enteraran de que la joven prometida de su príncipe había aparecido muerta en una cita a escondidas con otro hombre.

Y ella iba a estar en medio de la catástrofe.

Era horrible.

Quiso llorar más.

Creerían que había matado a la prometida del príncipe, ya no le extrañaba que no notara simpatía por parte de nadie, y menos del general, había matado a su amante, lo extraño es que no la hubieran ajusticiado allí mismo. Seguro que el bastardo quería que se la llevaran a la capital para torturarla en castigo por haber acabado con su enamorada, y luego el heredero pediría que la ahorcaran en la plaza del castillo.

¿Qué podía hacer ahora?, ¿cómo iba a librarse?, ¿cómo iba a convencerles de que era inocente?, iba a tener que buscar una buena excusa o razón, era obvio que el simple “yo no he sido” no servía para nada… Solo recibía bofetadas y malas miradas.

Surí estaba tan abstraída en sus pensamientos que había perdido completamente su percepción de lo que ocurría a su alrededor, hasta que algo estuvo a punto de caer sobre ella. Saltó hacia atrás hasta donde las cuerdas se lo permitieron.

Parecía el joven tahúr que había tropezado, por lo visto hacía trampas, o sus rivales no se sentían muy felices del resultado de la partida, y querían aprovechar que eran más y que tenían espadas para echarlo de allí sin pagar. El chico se levantó de inmediato y salió corriendo, con un par de guardas insultándole a sus espaldas.

Había faltado poco para que el corazón no se le escapara por la boca. Si volvía a tener otro susto así posiblemente quedaría tiesa en el sitio y ya no tendría que preocuparse de que la colgaran.

Después de aquel pequeño incidente, la paz llegó al campamento; tras una magra cena los guardas se retiraron a sus tiendas. Los dos vigilantes que la custodiaban discutían distraídos entre ellos.

Aquel día que había empezado siendo tan hermoso, con un bonito cielo azul claro, una temperatura agradable, solo tenía que buscar agua al pozo, salir a los campos a llevarle la comida a su padre y sus trabajadores, y tender la ropa. Luego iba a tener el resto del día para bajar al pueblo a divertirse con sus amigas.

¿Qué iban a pensar de ella ahora?

Ya era noche cerrada, ¿por qué no habían podido al menos enviar a alguien a su casa?, a aquellas horas tenían que estar muertos de angustia.

Le temblaba la mandíbula al pensar en su familia y bajó la vista al suelo.

Un pequeño objeto, que no estaba allí antes, resplandecía tímidamente entre la hierba frente a sus rodillas. Agachó la cabeza y peleó por subir las manos para poder rascarse los ojos, no muy segura de que no estuvieran engañándola.

Era un cuchillo. Un pequeño, delgado y afilado cuchillo.

Miró asustada a los dos guardas. Uno estaba sentado y parecía decididamente preparado para caer dormido, el otro estaba apoyado en un árbol, pero bostezaba a menudo y parecía cansado.

Volvió a contemplar el arma. ¿De dónde había salido eso?, ¿desde cuándo hacía que estaba allí? Recordó al jugador de cartas. ¿Se le habría caído a él?

Podría alcanzarlo sin problemas, luego intentaría quitarse la cuerda que la sujetaba al árbol y luego la de los brazos, ¿o igual al revés? Luego podía huir… al bosque, estaba segura de haber visto mucha maleza no muy lejos del pueblo, aunque en la oscuridad distinguía bien poco, pero si llegaba podría escaparse, estaba segura, no iban a meter a los caballos allí en la oscuridad, ¿verdad?

Su cerebro planeaba escapar más rápido de lo que le costaba asimilar lo que intentaba hacer, tanto que casi se le pasó por alto la cuestión de si sería realmente buena idea.

«Al cuerno todo», pensó finalmente; la habían maltratado, no la habían dejado hablar, ni habían llamado a su familia. Si querían presentarse con un asesino para lavar sus propios errores, ya podían buscar a otro, todo el peso del reino caería sobre el culpable del crimen, y no tenía intención de ser ella.

Se tumbó, simulando que se echaba a dormir, y contuvo la respiración cuando uno de los guardas se giró unos segundos para mirarla. No parecía especialmente atento de todas formas, daba la impresión de estar a medio bostezo de entrar al mundo de los sueños, y su compañero ni se había movido desde hacía un rato.

Estiró los brazos para sujetar torpemente el cuchillo y preguntarse qué hacer con ello a continuación. Se colocó de costado, la postura era muy incómoda, pero evitaba que se viera claramente lo que hacía si alguno volvía a girarse de casualidad.

Notó que algo se aflojaba y creyó que había cortado la cuerda por fin, pero al tirar notó que permanecía unida al tronco, solo se había destensado un poco el nudo. ¿Cómo narices habían atado aquello?, las manos le sudaban y empezaban a dolerle todos los músculos de la espalda y los brazos por la postura. Estaba tardando una eternidad.

Cuando los brazos quedaron completamente libres decidió que no había tiempo que perder, aunque sus abnegados custodios estaban definitivamente dormidos, cualquier pequeño ruido o contratiempo podía despertarlos, y ya no habría forma de que ella pudiera disimular lo que pasaba. Cortó la última cuerda que la ataba al tronco y voló hacia la oscuridad.

Por un momento solo oyó sus pasos al golpear el suelo y el fuerte sonido de su respiración. Le hubiera gustado creer que los idiotas de los guardias se hubieran quedado dormidos hasta el día siguiente, pero apenas había empezado a dibujarse vagas esperanzas cuando oyó gritos tras ella.

La zona se iluminó tenuemente al avivarse los fuegos del campamento

Oyó extraños chasquidos cerca, tuvo la temeridad de volver la vista durante un instante. La estaban disparando flechas.

Flechas.

Apretó los dientes y suplicó a sus pies que fueran más rápido.

Si la cogían ya podía darse por muerta, aquellos miserables no necesitaban demasiadas excusas y ya se las había dado todas. No había sido quizá tan buena idea huir, pero era estúpido arrepentirse a aquellas alturas, por no decir imposible, no podía dejar de correr.

Su primer contacto con el bosque fueron unas raíces, un arbusto con pinchos mientras intentaba recuperar el equilibrio y un árbol donde pudo apoyarse finalmente antes de caer.

Los fuegos del campamento no llegaban hasta allí de ninguna manera e iban a tener problemas para meter los caballos. ¿Lo había logrado?

El corazón le latía a toda velocidad y no quiso quedarse a comprobarlo. Por el momento había llegado hasta el bosque, por el lado malo ella tampoco podía moverse muy rápido, y casi no se veía nada.

Andaba sencillamente hacia donde la maleza le dejaba ver algo de suelo, sus ojos se adaptaron y podía distinguir la forma de los árboles, pero el suelo era incierto y tramposo.

-¡No es por ahí!-chilló alguien.

Surí gritó y una pequeña sombra salida de ninguna parte se le echó encima y le cogió el brazo.

-Por allí vas a la carretera principal-continuó la sombra con una voz muy aguda-, por allí te encontrarían en seguida.

La sombra se perfiló como una niña, igual un par de años o tres menos que ella.

-¿Qué te crees que estás haciendo Menare?, ¿te has vuelto loca?

Otra sombra apreció, más alta y más delgada. Era un chico y lo reconoció en seguida, el tahúr que había estado jugando con los guardias.

-Calla, nos van a descubrir, y no la vamos a dejar sola ahora ¿verdad?

El chico gruñó y Surí se sobresaltó.

-El cuchillo es mío, por cierto, devuélvemelo-dijo volviéndose hacia ella.

Aún llevaba el arma en la mano, no se le había ocurrido ni tirarla ni guardarla.

-Tú… vosotros… ¿me habéis ayudado?

La chica se encogió de hombros.

-Oh, lo que pudimos sin llamar… mucho, la atención-el chico se puso a andar mientras Menare hablaba-, igual si nos alejamos de esta zona mejor…

Corrió junto a ellos. Echando frecuentes miradas atrás.

-¿Por qué me ayudáis?

La respuesta tardó poco, en la oscuridad no podía ver la expresión de su cara.

-Oímos lo que te pasaba en el pueblo y nos pareció injusto, ¿verdad Ildare?

El chico gruñó otra vez.

-Gracias… muchísimas gracias-les dijo.

La niña volvió la cara hacía ella, parecía sonreír.

Estaban andando a paso rápido, o Surí lo intentaba al menos, aquellos dos chicos parecían moverse entre la oscuridad casi como si fuera de día.

-Err… perdonad… ¿vamos a algún sitio?-hacía un tiempo que no oía nada tras ellos, y empezaba a serenarse.

-No lo sé-contestó Menare-, ¿vamos a algún sitio, Ildare?

-Este es el camino más rápido que sube a las montañas.

-Eso es que no, solo estamos escapando lo más deprisa que podemos-tradujo.

-Ah… gracias… -aquellos chicos empezaban a parecer muy extraños-. ¿Tenéis costumbre de escapar de los sitios muy a menudo?

La niña se rió.

-Sí, a veces…

-¿Por qué no usáis el aliento que os sobra para andar más deprisa?-protestó Ildare.

Surí fue a murmurar una disculpa que no se oyó bajo las voces de su compañera.

-Eres un inaguantable de hermano, para una vez que haces algo bueno encima tienes que andar gruñendo y refunfuñando…

-¿Por qué no te callas un ratito antes de descubrirnos?, tus chillidos se oyen por todo el puñetero valle.

-¡Yo no chillo!

-¡Que te calles!

Surí oyó un bufido, Menare deceleró el paso para ponerse a su altura y agarrarla del brazo.

-Memo…-dijo susurrando.

-Entonces… ¿sois hermanos?-preguntó Surí en el mismo tono.

-Cuando no me dan ganas de romperle algo en la cabeza, sí.

-¿Y vuestra familia?

-Ah, no sé… nuestros padres murieron, los demás me dan igual.

-Lo siento… ¿de dónde sois?

-De por aquí y todas partes, no tenemos casa.

-Ah…

-No, está bien, yo no me acuerdo de ellos y vivir así es divertido-hizo una pausa para coger aire y subir la voz-, excepto cuando algún idiota que yo me sé decide hacer alguna idiotez.

No veía movimiento detrás de ellos, pero aquellos tonos de voz no dejaban de crisparla, y no es que en sus tiempos sus hermanas no se gritaran, pero no con una guardia persiguiéndolas monte arriba.

-… ¿está enfadado por mi culpa?-preguntó aún en susurros.

-¿Qué?, ¡no!, es así… de nacimiento, creo, un quejica malcriado… Tú no tienes culpa de nada.

Surí sonrió, aunque no pudiera verse en la oscuridad, era la primera vez que sonreía desde aquella tarde; “Tú no tienes culpa de nada” era algo que necesitaba oír.

Caminaron varias horas. No había oído nada de sus perseguidores desde poco después de entrar en el bosque, era imposible que les hubieran seguido y decidieron tumbarse a descansar un poco.

¿Qué iba a hacer?, ¿qué podía hacer? Las preguntas daban vueltas a su cabeza continuamente, sin forma de pararlas.

Estaba sentada sobre el suelo cubierto de hojas, con las rodillas frente a su cabeza y los brazos sobre la misma, de vez en cuando se balanceaba.

Esconderse, eso haría, por el momento. No pensaba entregarse, ni hablar de eso, no iba dejarse atrapar nunca por nadie como aquellos guardias, aquellos… animales; se le retorcían las tripas solo de pensar en ellos. De todas formas tampoco iba a dar con compasión en ningún otro sitio, y menos aún del general, seguro que le estallaba la cabeza dentro del casco cuando se enterara que había escapado. A mucha gente en su pueblo le gustaba el general Aídref, por ser de origen sencillo, era un pequeño héroe para algunos chicos que soñaban con ser grandes soldados. Obviamente no le habían visto frente a frente, parecía un tipo horrible, le daba miedo, y seguro que la odiaba. Después de lo que creían que había hecho, daría con más clemencia entre un montón de áspides.

Pero, ¿qué ganaba escondiéndose? A la vista de los demás resultaría más culpable, y la gente se concentraría en buscarla a ella, en vez de al asesino de verdad. Tendría que esforzarse en pensar algo, dijeron que habían desaparecido joyas y un caballo, así que el culpable sería algún vulgar ladrón al que se le fue la mano y que ya habría desaparecido. Aunque, siendo ella la única persona del reino que sabía la verdad, al menos en la cuestión de quien no había asesinado a Melyss, podía intentar descubrir quien sí había sido, si solo pudiera encontrar una manera de saber qué había pasado…

No, era una tontería ella sola no podía desenmascarar y encontrar un peligroso criminal, tendría más oportunidades en la cárcel. Pero por otro lado, una mejor idea de lo que ocurrió el día anterior en aquel lugar, podría decidir con mejor qué podía hacer con su vida en adelante. Eso parecía razonable.

Tenía que volver al claro.

También meditó cómo conseguir hablar con sus padres, pero prefirió dejarlo para más tarde; no podría acercarse a su casa, y seguro que ya tenían muchos problemas por su culpa, no quería pensar lo que podrían hacerles el general o alguno de sus matones, si además intentaba comunicarse con ellos, podría ponerles en un aprieto.

Escupió molesta un mechón de pelo, que había estado mordisqueando sin darse cuenta, y lo recolocó en su redecilla. Creía que se había quitado aquella manía con doce años.

Se oyó un búho a lo lejos y el cielo empezó a clarear por el Este.

No había descansado nada, los nervios no la habían dejado, pero justo en ese momento descubrió que estaba agotada y que, al menos, hubiera debido intentar tumbarse y cerrar los ojos.

Los dos hermanos seguían durmiendo placidamente, se preguntó qué pasaría con ellos, ¿hasta dónde serían capaces de ayudarla?, ni siquiera estaba segura de la razón por la cual habían llegado hasta allí por ella, para empezar… y no es que no se sintiera agradecida, pero cuantas más vueltas le daba, menos lo entendía. Prácticamente habían salido de la nada.

Miró sus manos y su lamentable aspecto. A falta de ideas mejores, ropa de repuesto era una buena prioridad, la sangre se había secado y era repugnante.

Los hermanos se despertaron poco después y, tras guardar las mantas en sus enormes zurrones, se pusieron en marcha sin más.

El nerviosillo roedor que tenía en su estómago dejó de moverse y se convirtió en una interminable serie de quejidos y gruñidos. No había comido nada desde el día anterior, y tampoco se había acordado hasta entonces. Se sentía algo avergonzada de tener que pedirles comida a sus compañeros, pero antes de que pudiera decir nada pararon cerca de una casa y Menare le dijo que esperara un momento.

Se quedó a solas con Ildare y empezó a moverse incómoda.

La hermana pequeña no podía tener más de trece o catorce años, era alegre e inquieta, y tras aquel corto período de tiempo había llegado a sentir cierta confianza con ella, aunque tenía la impresión de que estaba escondiendo algo, la hacía sentirse bien.

El hermano mayor era un caso completamente opuesto, taciturno y gruñón, parecía continuamente irritado con el resto del mundo, su rostro inspiraba muchas cosas y todas estaban lejos de lo que se podría llamar confianza. Tendría un año o dos más que ella, entre los diecisiete y los dieciocho, pero no podía jurarlo, era muy alto y también muy delgado, su ropa no daba la impresión de cubrirle, más bien de haberse dejado caer por encima de él, como una chaqueta tirada sobre una silla, dejando un montón de huecos y pliegues donde ocultar cosas.

Volvió a agradecerle su ayuda, pero el chico se limitó a encogerse de hombros y mirar para otro lado. ¿Había cometido algún error sin darse cuenta?, no sabía si estaba enfadado con ella o solo muy decidido a ignorarla completamente.

La niña volvió cuando Surí estaba a punto de sacar el día tan bonito que parecía que iba a hacer como tema de conversación.

-Toma, ponte esto-dijo pasándole un bulto con ropa-. También he encontrado manzanas y algo que parece una especie de bollo con nueces… ¿pasa algo?, os veo serios, ¿no le habrás dicho algo malo a la chica, verdad Ildare?

-¿Yo, qué?, claro que no, igual estamos serios porque tenemos un problema serio, si no te has dado cuenta…

-Bla, bla, bla… Por cierto, no te he preguntado cómo te llamas-se volvió hacia ella, dando la espalda a su hermano que había intentado coger uno de los bollos de su bolsa.

-Surí Vilalcacia… ¿te han dado esta ropa en la casa?

-¿Qué?, no.

-¿Entonces?

-¿Entonces?

-… ¿la has robado?

-No te preocupes, es para una emergencia, y tienen mucho dinero aunque parezca que no, no notarán nada.

-¿Cómo lo sabes?

-De otros robos.

-…

¿Con qué gente se estaba juntando?, ¿no tenía ya bastantes problemas?

-No pongas esa cara, es solo para emergencias, conocemos alrededor de una docena de casas de emergencia en los alrededores de la capital, también tenemos puntos de encuentro por si nos separamos, ¿verdad Ildare?

-Creo que empiezas a asustarla.

-¿Yo?, serás tú, que parece que has chupado un limón.

-No me apetece discutir, tengo hambre, ¿dónde están los bollos de nueces?

-No son para ti, confórmate con la manzana… ven, Surí, vamos a buscar un sitio para que te cambies.

Su madre le había enseñado que robar estaba mal, pero llena de sangre seca hasta las rodillas no pensaba hacer ascos a la nueva ropa.

Su madre lo comprendería.

Bajaron entre varios arbustos, en el lugar alguien se había molestado en excavar unos torpes escalones en la tierra. Descendieron hasta una zona con sauces donde un riachuelo fluía entre juncos y piedras. Aprovechó para lavarse un poco los brazos y la cara. Se quitó el vestido y el delantal, sacando lo que le quedaba en los bolsillos, que no era más que algo de hilo enrollado en una aguja y moneditas sin apenas valor, y a continuación tiró la ropa vieja a la corriente.

Sintió que los ojos se le llenaban otra vez de lágrimas al ver como su antiguo vestido era arrastrado por las aguas.

¿Cómo podía haberle pasado una cosa así?

¿Cómo?

Menare se acercó y le cogió de la mano.

-Eh, vamos, no va a pasar nada, vas a ver, vamos a ayudarte, no vamos a dejar que te cojan porque tú no has hecho nada, ¿vale?

Intentó enjuagarse las lágrimas, con poco éxito.

-Toma-la niña le tendió un trozo de tela oscuro-. Ponte esta capucha también, podrá cubrirte el pelo y algo de la cara cuando haga falta…

Lo desdobló, la prenda podía taparla casi toda la cabeza y los hombros. Se la colocó mientras intentaba serenarse y controlar las lágrimas.

Cuando se sintió más tranquila decidieron volver.

Ildare les esperaba sentado y con aspecto aburrido, no habían terminado de llegar a su altura cuando le preguntó qué tenía pensado hacer a continuación.

No había esperado la pregunta tan de golpe, tenía su respuesta, aún así le costó un momento de deliberación porqué no sabía cómo presentársela a sus dos compañeros.

-Me gustaría volver al claro donde mataron a Melyss.

Los hermanos pusieron idéntica cara de asombro.

-Me gustaría saber qué pasó… no quiero que me atrapen, pero tampoco quiero cargar con las culpas de nadie.

-Ah, eso está bien-dijo Menare, asintiendo-. Eso esta bien, ¿verdad?

El chico no parecía convencido.

-¿No estarás pensando, que vas a descubrir tú al asesino, o algo así, y que te vas a ir de rositas sin más?

-He dicho “me gustaría”, y no se me ocurre nada mejor, ¿a ti sí?

Ildare miró hacia otro lado, rascándose la escasa barba que le asomaba bajo la mandíbula.

-Ya… bueno, igual podemos dar una vuelta por la zona… no creo que pase nada.

Menare le sonrió con orgullo y le dio un abrazo.

-Y toma, te doy un bollo de nueces, por bueno.

-¿De verdad?, ¿para mí?, no sé si podré… estoy ahíto de la enorme manzana de antes…

-Puf, pues no te lo comas entonces, ¿y qué es “ahíto”?

-Empacho, ignorante.

-¿Empacho o ignorante?

-No intentes tomarme el pelo… y trae el bollo de una vez.

Capítulo 3

El día se levantó cálido y soleado. Surí dio un triste repaso mental a todas las cosas que le hubiera gustado hacer en un día como aquel y que no podría… quizá nunca. Sintió frío en el estómago. “Nunca” era una palabra terrible.

Había pasado toda su vida en la granja, no era grande y daba mucho trabajo, pero vivían bien. Para distraerse y divertirse bajaba a un pequeño pueblo a apenas un par de kilómetros de distancia, allí vivía una de sus hermanas mayores y sus amigas, pasaban el tiempo hablando de las novedades del pueblo (que solían ser escasas), los cotilleos de la capital y las cosas que esperaban de su futuro. La visita o vuelta de alguien de fuera era un acontecimiento, les reabastecía de noticias a las que dar vueltas durante mucho tiempo.

Tres veces tan solo había ido a la capital, Byerne, pese a que no estaba realmente lejos, con ocasión de un festival importante, o a comprar enseres y útiles para la granja. De dos de aquellas veces apenas tenía memoria pues era muy pequeña, no había salido nunca más a ninguna otra parte. Su mundo era muy reducido y, hasta hacía poco, pequeño y protegido; si alguna vez había soñado con salir del mismo, ahora se arrepentía. Quería volver a su granja.

Tampoco estaba acostumbrada a andar entre los atajos y caminos de cabras que tomaban los dos hermanos, no tenía ni idea de hacia dónde la estaban llevando, ni se habían molestado en preguntarle a ella su opinión. Se tropezó un par de veces, Menare deceleraba y venía a darle ánimos, pero eso no la hacía sentirse menos torpe.

Por el lado bueno, cuanto más cansada se sentía menos tiempo perdía su cabeza en inventarse miles de angustiosos posibles finales a su situación. En todos acababa muerta de una manera otra.

Andar era bueno.

Vio que Ildare se paró en un punto y esperó a que llegara.

-¿Te suena esto?-dijo señalando frente a él.

Surí tragó saliva y reconoció el prado escondido, cubierto del alegre amarillo de las flores.

-Sí, aquí mataron a la chica, ¿cómo conocíais este sitio?

-Oh, los guardias-respondió Menare-, se lo oímos a ellos, y es un sitio conocido, tengo entendido, aunque no sé por qué…

-Ni te conviene saberlo-replicó su hermano.

El claro estaba completamente desierto, y le resultó extraño. Imaginaba que estaría lleno de gente, más guardia, soldados, curiosos… Había muerto una mujer importante, la primogénita de los Varosé, la prometida del príncipe.

Puede que aún fuera pronto, ayer se llevarían a Melyss y limpiarían la zona (limpiarían la zona, ¿verdad?), las noticias habrían llegado hoy al palacio, y la gente vulgar estaba ocupada en sus menesteres a aquellas horas. Por eso no habría nadie.

Seguía siendo inquietante.

-Quiero bajar un momento-dijo.

Estaban en lo alto del terraplén que rodeaba el lugar, solo que en el lado contrario por el que había caído ella el día anterior. Aquella vez buscó un sitio más seguro para bajar, Menare se adelantó dando un par de brincos, patinando un poco y volviendo a saltar hasta el suelo. Ildare bajó con menos esfuerzo.

¿Cómo hacían aquello?

Una vez en el claro caminó directamente hacia el lugar donde vio el cuerpo de la dama. No quedaba señal alguna que marcara el punto de lejos, pero no la necesitó. Al llegar, solo quedaba un hueco oscuro y vacío entre las flores, y algo de tierra movida. Sintió una gran tristeza, una pobre chica había muerto allí el día anterior, y ya no había nada que se acordara de ella.

-¿Fue aquí?-preguntó Menare mientras se acercaba a mirar.

-Ss… ¡eh!, no pises eso… por favor.

-Ah, vaya, lo siento… fue aquí entonces, ¿sabes quién era?

Se llevó una mano al brazo contrario e inclinó la cabeza. Ildare se había quedado muy atrás, mirando hacia otro lado.

-La dama Melyss me dijeron, ¿no se lo oísteis a los guardias?

-No, ¿la dama Melyss?, espera, ¿la doncella de Varosé?, ¿la prometida del príncipe?, ¿la que está liada con su hermano?…

Aquel país estaba lleno de cotillas por lo visto.

-Ah… sí, esa-súbitamente que hablaran de aquella manera de la pobre chica le parecía de mal gusto- También apareció el general.

-¿De verdad?, eso es alucinante, ¿le viste de verdad?, ¿cuándo apareció?, ¿estaba aquí ya?

-No, cuando me cogieron, entró por allí simplemente.

-¿Y cómo es?, he oído que es muy guapo…

-No sé… llevaba su uniforme, le tapaba media cara… Daba miedo.

-Pero, ¿dijo algo?

-Que me llevaran a Byerne.

-¿Y?, ¿no dijo nada de Melyss?, ¿no lloró ni nada?

-No que yo haya visto… vaya, ahora me doy cuenta…

-¿Qué?

-¿La gente lleva uniforme a las citas secretas?

Menare se encogió de hombros con cara de “¿A mí me preguntas esas cosas?”

-Igual le sacan el vino bueno en las posadas cuando lleva el uniforme.

-Sería raro…

-Ya, pero entonces, ¿qué hacía aquí si no era para una cita con su amante…?

Surí se calló ante la súbita nueva idea que surgió en su mente.

¿Y si la había matado él?

Luego reapareció cuando habían cogido a otro, cuando la atraparon a ella. Muy oportuno. Un tajo como el que llevaba la pobre desdichada muerta podría ser muy bien de un espadachín a caballo…

Y se llevó las joyas para que creyeran que era un robo.

Aunque, ¿por qué querría matarla?, ¿qué razón tendría?

-Ah… ¿Surí?

-¿Si?

-¿El uniforme de general es negro?, ¿verdad?

-Sí.

-Y el general lleva un caballo negro también, ¿verdad?

-…sí, ¿qué?

-Bueno, estaba pensando que podemos ir escabulléndonos con cuidado ahora hacia lo alto del terraplén antes de que… no, tarde…

Surí miró en rededor suyo asustada, intentando comprender lo que Menare decía. Localizó al general mientras su caballo avanzaba con calma desde la entrada del camino, justo el mismo sitio donde le vio por primera vez el día anterior.

Hubo un momento de perfecto y silencioso estupor por ambas partes. Hubiera jurado que hasta sus pulmones pararon y su corazón se detuvo un tiempo infinito.

Menare rompió el momento.

-¡Corre!-gritó cogiéndola del brazo.

Su pie resbaló un poco sobre la hierba. Un fuerte relincho resonó por el claro.

Fueron derechas hacia el terraplén y solo se detuvieron para buscar una subida practicable. Surí se volvió y se dio cuenta que el general había detenido su persecución poco después de empezarla. Ildare se había puesto en medio.

-Uh… um…-dijo Menare al verlo, en aquel momento su hermano había sacado dos cuchillos-. Vale, tenemos que salir de aquí pero ya.

-¿Y tu hermano?

-Ya se escabullirá, y cuanto más rápido desaparezcamos nosotras mejor.

-Entiendo.

Subieron por una zona de gravilla y arbustos y, milagrosamente, llegó arriba sin patinar, luego se lanzaron hacia los árboles, Surí aún se giró solo un momento para mirar hacia atrás: el general había bajado de su caballo y estaba desenfundando su arma.

Corrieron un tiempo entre los árboles antes de frenarse para pensar qué hacer a continuación.

-Ese terraplén no va a ser un obstáculo muy grande, ¿verdad?-dijo Menare.

-¿Hacia donde corremos ahora…?

-No estoy segura… diría que monte arriba pero no me suena mucho el sitio… tú eres de por aquí, ¿no?

-No suelo meterme tan bosque adentro…

-Vaya…

Oyeron un relincho a lo lejos y decidieron andar rápidamente hacia donde fuera. Poco después se repitió el relincho, aquella vez un poco más cerca, pero Surí decidió parar.

-¿Qué pasa?-preguntó su compañera.

-¿No notas nada?, todo está en silencio otra vez…

-¿Otra vez?

Se le erizó la piel del cuello cabelludo, aquello lo había sentido antes…

Un nuevo relincho las sorprendió, justo frente a ellas.

Menare saltó asustada.

-No es el general-la tranquilizó.

Era un caballo gris perla, con una larga melena blanca, ensillado y con todos su arreos.

Y sin dueño.

Se acercó y le acarició la cabeza, era muy dócil. Cogió las riendas y le observó, todo su equipo era caro, muy decorado con telas finas y metales preciosos, se fijó que había un pequeño bolso bordado atado al cuello del animal, no parecía el mejor sitio para dejar un bolsito.

-Creo que este caballo es de Melyss-dijo-. Fíjate en los escudos, que nos lo hayamos encontrado nosotras… vamos, sube.

-No me parece buena idea.

-¿Por qué?, su dueña no lo va a echar de menos, huiremos más rápido…

-No sé…

-¿Te dan miedo los caballos?

-¿Algún problema?

-Nos está persiguiendo el general…

-Ah, ese problema…-dudaba, estaba algo pálida, Surí nunca había visto a nadie a quien le asustaran los caballos-. No sé montar…

-Yo te ayudo.

El animal quedó completamente quieto mientras subían. Primero Menare y después ella, la niña cerró los ojos con fuerza al llegar arriba, todo su cuerpo estaba tenso y rígido como un tablón de fresno.

-No te vas a caer-intentó tranquilizarla.

Volvió un momento la cabeza, mientras intentaba decidir por dónde sería mejor idea huir.

Vio algo que se movía entre los árboles a su espalda.

No podía ser el general, pues era una extraña sombra blanca… resultaba demasiado grande para una persona normal, ¿otro caballo?

El bosque parecía seguir sumido en el silencio.

No parecía moverse como un caballo, y definitivamente se estaba dirigiendo hacia ellas…

Las riendas se estiraron y el caballo se lanzó al galope.

-¡Eeeh!-chilló Menare.

-No he sido yo-se defendió Surí mientras intentaba sin éxito controlar al animal.

Aquel no se parecía nada a los caballos de su granja, volaba, con dos jinetes a su grupa y parecía volar entre raíces y arbustos. Nunca había visto nada así.

Sintió un hormigueo en el estómago, no estaba dirigiendo en absoluto a la bestia y le daba igual.

Era increíble.

Menare discrepaba.

Se estaban dirigiendo hacia donde no tenía ni idea, solo veía árboles y más árboles, que empezaron a cambiar y se volvieron algo más espigados, pero manteniendo su frondosidad, y, pese a la sombra que proyectaba el espeso ramaje, el suelo estaba cubierto de hierbas y flores.

-Surí, por favor, ¿puedes decirle al bicho que pare?

-No le llevo yo…

-¿No?

-Pero creo que va a alguna parte, no está desbocado…

-Surí, por favor, ¿puedes decirle que si no para mi desayuno irá a parar a su sudario?

-¿Sudario?-imaginó que se refería al gran trozo de tela que cubría la grupa del caballo, estaba segura que ese no era su nombre.

Tiró con fuerza de las riendas y el animal se detuvo finalmente. Menare bajó de un salto y se dejó caer al suelo.

-Tierra… tierra… quieta… y parada… ¿dónde aprendiste a montar?

-Tenemos un par de caballos en la granja, cuando no los necesitan y no hay trabajo paseamos con ellos.

-Granja… tienes una granja… qué suerte… ¿y dónde estamos?

-No lo sé.

No solo podía decir que no reconocía el terreno, podía añadir también que nunca había visto ese tipo de árboles.

-Ah-dijo finalmente la niña poniéndose en pie otra vez-, por el lado bueno, no creo que el general nos atrape ahora…

El general… sí. Surí recordó también la sombra blanca que había visto. ¿Qué podía ser?

-… y bien mirado-continuó Menare-, creó que me suena este sitio, o uno parecido, suele haber este tipo de árboles en bosques muy profundos a los pies de las montañas, pero la gente no suele acercarse porque dicen que lo habitan hadas y…

-Hola.

-¡Aaaah!

Surí se dio la vuelta asustada al oír el grito. Había un hombre junto a Menare. Un hombre bastante curioso.

Les miraba con una amable sonrisa, tenía una larga melena pelirroja recogida en trenzas, que a su vez había hecho una coleta a su espalda. No podía ser más alto que Menare y no aparentaba tener ni la mitad de su peso, nunca había visto a alguien así.

-Hola-le dijo-. Ah… nos hemos perdido y…

-Oh, no os habéis perdido, Nácar os ha traído hasta aquí.

-¿Nácar?

-El caballo. Lo adiestré yo.

-Ah… ¿Es suyo entonces?

La sonrisa se desdibujó un poco, hasta tomar un matiz triste.

-No, no es mío, se lo regalé a una pariente hace años… pero supongo que ahora ha vuelto a mí.

-Oh, vaya, entonces usted es… ¿conoce a Melyss?

-Sí, la conocía bien cuando era pequeña, todo esto es muy triste…

Las manos de Surí se sacudieron.

-Y… ¿sabe que ha muerto?… ¿cómo?…

-Sí, lo sé, me lo han dicho las palomas.

-Palomas…

-Palomas mensajeras.

Vaya, no había pensado en eso. Entonces la noticia se había tenido que extender más rápido de lo que había imaginado, medio reino debía estar buscándola ya. Quedó un momento trastornada por la idea, ser el centro del interés y la atención de todo Láudonun… Era un concepto tan grotescamente grande que aún no podía asumirlo.

Menare continuaba mirando con desconfianza al recién llegado.

-¿Y dicen las palomas quién la mató?-preguntó la niña.

-No pincho, no es necesario que uses ese tono de voz ni te escondas tras tu compañera-su voz era muy suave-. Dicen que fue una campesina joven y rubia, que le robó… pero no me lo creo.

Surí reaccionó:

-¿No?

-No, eres tú, ¿verdad?, ¿la campesina?

-…puede…

El hombre sonrió.

-No, es improbable que tu hayas hecho daño a nadie en tu vida, más bien, es imposible que hayas hecho nada malo a Melyss, Nácar me lo hubiera dicho, nunca os hubiera dejado acercaros y mucho menos huir con vosotras, Nácar quería mucho a su señora…

El animal resopló. Menare hizo un gesto de burla con los ojos.

-Vaya, me alegro-Surí sonrió aliviada-. Y, ¿podría ayudarnos?, tiene que imaginar el problema que tenemos, y usted les conoce, ¿no?, quiero decir, conocía a Melyss, conoce a su familia, seguro que sabrá de alguien que pueda ayudarnos, alguien que nos escuche… ¿verdad?

El hombre movió la cabeza negativamente, algunas trenzas cayeron sobre sus hombros.

-Es complicado, las familias ricas y poderosas, como la de Melyss, son grandes y complicadas, puedo hablar con ellos, pero no sé cuánto valor podría tener solo mi palabra…

-¿De verdad?

-No voy a daros falsas esperanzas, ni siquiera sé si me recibirán… y menos aún que alguien aceptaría de buen grado conoceros.

Dijera lo que dijese, nunca dejaba de sonreír, aunque las comisuras de sus labios en ocasiones temblaran y sus ojos se vieran tristes.

-¿Puedo preguntarle cómo se llama?

-Niseilat.

-Yo soy Surí.

-Encantado.

Niseilat le estaba quitando algunos de sus recargados adornos al caballo y los dejaba en el suelo. Entonces recordó una cosa.

-¡Espere!, ¿sabe por qué está atado ese bolso al cuello de Nácar?

El hombre lo miró con curiosidad, levantando mucho las cejas y estirando un cuello largo y delgado. El bordado tenía flores amarillas y hojas verdes.

-No… es un bolsito de mano, se lleva en la mano, o atado al vestido, no al caballo. Es bastante peculiar…

Lo cogió y miró el interior unos momentos, sus cejas hicieron un gesto de decepción y se lo entregó a Surí.

-No hay nada interesante para mí, una pena, estoy seguro que hay algo importante ahí.

-¿Por qué?

-Porque Melyss prefirió dejar ese bolsito junto a Nácar que llevarlo encima. Melyss sabía que Nácar podría protegerlo mejor que ella.

-Ahí está otra vez-murmuró Menare, alejándose de la conversación y yéndose un poquito a observar el paisaje.

Niseilat la ignoró con una de sus sonrisas.

Surí revisó y manoseó el bolsito bordado de arriba abajo. El interior tenía un forro granate, dentro no había más que botones, un alfiletero de hueso tallado con motivos florales, un broche circular roto y algunas moneditas. No sabía lo que llevaban las cortesanas habitualmente en sus bolsos, pero aquello parecía vulgar incluso para ella. Palpó la tela por si había algo escondido en el forro, pero no encontró nada.

Nada. Su frustración debía ser patente…

-No llores tan pronto-dijo el hombrecillo tocándole suavemente el brazo con la mano-, voy a darte mi opinión, si quieres. No hay un simple ladrón tras esto, no ha sido algo fortuito. Nácar está agitado y tenso, algo lo mantiene muy asustado, algo acecha, y te recomendaría precaución. Melyss dejó ese bolso con Nácar a propósito, tiene que tener algo que nosotros no vemos, solo hay que buscar a la persona adecuada a quien entregárselo…

Surí le agradeció su interés con una sonrisa, pero no estaba segura de haber entendido del todo lo que había dicho.

-Alguien de su familia podría…-insistió.

-Sí, o no. Si algo la preocupaba tanto como para dejarlo al cuidado de Nácar, ¿por qué no avisó antes a su familia?-encogió los hombros-. Todo esto es muy triste… Haremos una cosa, ¿puedes hacerme este favor?, guarda el bolso y escóndete, escóndete lejos hasta que encuentres a alguien que pueda ayudarte, o hasta que yo mismo descubra cómo hacerlo.

Niseilat no vio que Menare le sacaba la lengua.

-¿Está seguro que quiere que guardemos esto?

-¿Hay alguien que merezca más mi confianza en estos momentos que tú?, tienes más interés en que esto se resuelva bien que nadie más en el reino, ¿verdad?

Asintió.

-Gracias.

-¿Por qué?

-Ha sido amable.

-Ah, no es nada. Atended otra cosa, hay una granja bajando hacia el valle, por aquel camino entre los árboles, ir allí, la gente es buena, os dará cobijo unos días y no harán preguntas.

-Muchas gracias.

-Tened cuidado, hay más gente amable en el mundo de la que creéis, pero tened cuidado siempre.

Con aquellas palabras se marchó, prácticamente desapareció en el aire; estaba allí con el caballo y poco después se internaron entre los árboles y en un parpadeo ya se habían ido.

Surí apenas tuvo tiempo de recobrarse del encuentro cuando su compañera prácticamente se abalanzó sobre ella.

-¿Has visto?, ¿has visto?, creo que era un hada, estoy segura que era un hada, una persona normal no parecería tan… no normal…

-¿Ah, sí?, no lo sé, nunca he visto un hada… ¿importa mucho?

-Ni idea, pero es increíble, ¿no?, nunca había visto uno yo tampoco.

En otras circunstancias posiblemente estaría tan emocionada como Menare ante la posibilidad de haber hablado con alguna criatura así, pero en aquel momento tenía la cabeza llena de otras cosas que la preocupaban y trastornaban.

-Bajaremos al valle-dijo-. Igual podemos comer algo, luego podríamos buscar a tu hermano.

-Ah, ya sé donde está Ildare, no hace falta buscarle, ¿pero estás segura de querer ir allí?, ¿te fías de ese hombre?

-Bueno, él se ha fiado de nosotras.

-No, se ha fiado de su caballo, se habla con los caballos y las palomas, eso no creo que sea bueno… ni saludable para su cabeza.

Se rió.

-Creo que exageras, lo que pasa es que no te gustan los caballos.

-Eso también… ¿entiendes lo que pasa con el caballo y el bolso?

-Más o menos, quiso decir que la dama dejó al bolso atado al caballo porque estaría más seguro que si lo llevaba ella, eso quiere decir que la chica esperaba que le ocurriera algo malo.

-¿Y si lo dejó por costumbre?, ¿o sencillamente para que no le robaran el dinero?

-No había tanto dinero…

-Así que alguien la mató… y luego le robó para fingir un robo… o ¡oh!, igual robó porque estaba buscando el bolso y se acabó llevando todo…

-¿Por qué se iba a llevar todo si solo buscaba el bolso?

-Porque el asesino era un bruto a sueldo y no sabía lo que buscaba.

-Eso me parece mucho imaginar.

-No, según Ild…

-¿Qué?

-Nada.

-¿Nada de qué?

Caminaban pendiente abajo las dos juntas, pero en aquel momento la niña se apartó de su lado y se adelantó dando algunos saltitos, con la cabeza gacha. A continuación se detuvo y esperó a que Surí llegara a su altura.

-Creo que tengo que contarte algo…

-¿Si?

-No te enfades.

-¿Porqué iba a enfadarme?

-Yo me enfadaría.

-Aún no me lo has contado.

-Vale, no nos enteramos de lo que te pasó por los guardias…

-¿No?

-No… nosotros, bueno, yo no, yo estaba comprando en el pueblo, Ildare se quedó esperando en las afueras (creo que le debía dinero a alguien por allí), y lo vio todo…bueno, casi, pero vio al asesino y lo que pasó… a él no le vieron creo… ¿estás enfadada?

Desde que Menare había comenzado a hablar tenía una idea de qué era lo que iba a confesarle, aún así no pudo evitar quedarse clavada en el sitio.

Alguien lo había visto…Alguien estuvo allí antes que ella y vio lo que ocurrió.

-Lo siento… lo siento mucho-continuó Menare-, intenté pedirle que se lo dijera a la guardia, pero no me hace caso, dice que no le creerían, y como tenía mala fama acabaría él encerrado, no quiere que le encierren, pero te ayudaremos, ¿de acuerdo?, no conseguirán atraparte si nosotros estamos contigo…

Continuó quieta donde estaba, sin saber si reír o llorar.

Alguien lo había visto. De qué servía, sin embargo, ¿creerían más a un tahúr de medio pelo que a ella? No podía culpar a Ildare de no querer entregarse, ya había sufrido los pocos escrúpulos de aquella gente ella misma como para no querer desearle a nadie algo así, y tenía una hermanita pequeña por la que preocuparse.

Miró a Menare, confundida. Tenía sus ojos redondos y castaños abiertos como platos.

Enfadada. No se sentía enfada, solo triste.

-… ¿puedes contarme algo más?-le pidió-, ¿sabes cómo era el asesino?

La niña sonrió un poco, parecía abochornada, si eso era posible en ella.

-Pregúntale mejor a Ildare cuando le veamos… Solo me lo contó por encima, dijo que era un bruto y que tenía un arma gigantesca, también que parecía haber estado esperando y… ¡ah!, algo sobre que vestía con pieles…

-¿Nada más?

-No sé, un bruto que viste con pieles en esta época del año y tiene una espada grande, si no es algún bandolero de las montañas es un asesino a sueldo.

-Bueno, yo no sé nada de ladrones y asesinos.

-No me gusta como has dicho eso, parece que yo si debería saber de eso, ¿eh?

La miró sorprendida.

-No, lo siento, solo me refería a que habéis visto más mundo que yo.

-Ah, pues sí, y a algún que otro criminal también… bueno, y a mí hermano le buscan en un par de sitios… pero no somos malas personas… bueno, mi hermano es un poco atravesado a veces… pero yo soy buena chica.

-Te creo.

Qué remedio.

Comments

( 2 comments — Leave a comment )
angard
Apr. 10th, 2010 06:33 am (UTC)
Yo lo recuerdo!

No esta en tu otro blog?
aranya_mx
Apr. 13th, 2010 12:48 pm (UTC)
No, esta la subí aquí. Aunque ha sufrido veinte millones de ediciones desde entonces.
( 2 comments — Leave a comment )

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