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[Para tener, en teoría, mucho tiempo, casi nunca me da tiempo a nada. Aquí va otra parte de mi magnífica, inspirada y maravillosa novela El Secreto de los Dientes de León, no, no tengo abuelas, gracias por preguntar. Creo que le quedan otras dos partes para terminar. Como siempre, opiñones, comentarios y sugerencias son bienvenidos.

Trivia: Para los nombres me he inspirado en varias plantas y en mitos celtas *cool*

Edit: Porque LJ es un chiquismiquis, he tenido que quitar un capítulo >(]

El Secreto de los Dientes de León

Capítulo 4

Bajaban por una pequeña pendiente, había un camino poco marcado en la hierba en la dirección que les había dado Niseilat. Pasado el medio día aún no habían visto siquiera el valle y decidieron parar un momento a comer lo que Menare llevara en su zurrón.

Surí aprovechó para descansar las piernas doloridas, nunca había andado tanto en su vida, estaba agotada.

Pese a que aún intentaba asimilar las palabras de Menare, y no le deprimía que las cosas tuvieran que ser así, una parte de ella se sentía alegre. Alguien había intentado hacer lo correcto, aunque muy a su manera, y quería ayudarla pese al riesgo, y era un riesgo muy alto. La compañía de Menare en aquellos momentos estaba ayudando más a su ánimo que cualquier confesión vana ante un juez podría hacer.

Se pusieron de nuevo en marcha y pronto vieron el valle, la peña y lo que eran de lejos pequeños edificios de madera junto a un gran caserío de color tierra.

-Podríamos pasar la noche-dijo Menare-, el punto de encuentro está algo lejos, y me gustaría orientarme, sigo sin saber donde estoy y eso me molesta.

-¿De verdad no tenéis donde vivir?

-No.

-¿Cómo os ganáis la vida?

-Oh, depende, a veces hacemos cosas honradas de buenas gentes; como ayudar en el campo o en una posada, temporalmente, nos dan cobijo y alimento, a veces hasta dinero. Mi hermano también es tramposo profesional (creo que no debería haberte dicho esto así), juega a las cartas, aquí ganamos más dinero del que creerías, pero también tenemos bastantes problemas. Desde que viajo con él creo que solo hace trampas cuando hay grandes fiestas y mucha gente, los perdedores suelen estar de mejor humor y es más fácil escaquearse.

Admitía aquellas cosas con una alegría que la dejaba patidifusa, no sabía si escandalizarse o preocuparse. Aquella niña era francamente curiosa.

-¿Desde que viajas con él has dicho?, ¿no habéis estado juntos siempre?

Paró un momento, preguntándose si no se estaba metiendo donde nadie la llamaba. La niña torció un poco la cabeza, parecía incómoda.

-Casi, cuando nuestros padres murieron (yo no me acuerdo de ellos, ¿te lo conté?) acabamos con unos familiares que eran unos cretinos, no nos trataban bien y solo querían nuestra herencia (mi padre era un simple boticario, pero tenía su dinero). Mi hermano acabó harto y se fugó, yo le seguí pocos años después.

-Vaya…

-Aún no tenemos edad para reclamar nuestra herencia, pero de todas formas cuando lo hagamos ya se la habrán gastado. Egoístas miserables.

Menare no se molestó en ocultar lo irritada que estaba, sacudió los puños al aire mientras lo decía y Surí prefirió regresar al asunto de su modo de vida actual.

-¿Y no hacéis nada más?

-¿Eh?… ¡ah!, lo de robar lo hacemos para emergencias, te lo dije, es una ley de mi hermano, “solo emergencias”.

-Te tiene bien educada.

La niña rió.

-Bueno, lo intenta. ¡Ah! También montamos espectáculos a veces, yo canto e Ildare hace malabarismos con sus cuchillos.

-¿En serio?, ¿cantas?

-Sí, ¿quieres que cante algo?, ¿alguna sugerencia?

-No, lo que quieras.

La niña dio un par de brincos alegres y empezó a cantar. Tenía una voz bonita y algo infantil, cantó durante todo el camino hasta la granja, ignorando las miradas de algunos jornaleros.
Al llegar, dieron un pequeño rodeo alrededor del caserón familiar, asegurándose que todo pareciese en orden.

-¿Esperas que vivan aquí ogros que coman viajeros perdidos o algo así?-le preguntó Surí a Menare.

-Tssssss, ¿es que no oyes los cuentos?, no es buena idea fiarse de las hadas, pueden ser engañosas…

-Me pareció un buen tipo.

Llamaron a la puerta, una mujer de mediana edad y rostro afable las abrió.
-Hola, ¿deseáis algo?

-Verá señora, sentimos horrores molestarla, pero es que… verá, vivimos en Vaildú íbamos a casa de nuestra abuela en las montañas, yo confiaba ciegamente en que mi prima conociera la dirección-al decir esto, Menare señaló a Surí-, pero ya ve, nos perdimos (en la familia se dice que su cerebro no coordina demasiado bien), y esperábamos que nos pudiese ayudar si es usted tan amable.

Lo dijo todo casi sin respirar.

Probablemente el rostro desencajado de Surí ayudó a tragar el embuste. No se podía creer con que facilidad y alegría era capaz de mentir Menare, ella se estaba muriendo de la vergüenza.

-¡Pobrecillas! Vaildú queda terriblemente lejos, casi un día a caballo, ¿cómo os habéis podido desviaros tanto? Pasad, pasad, es tarde, esta noche dormiréis aquí-con una brillante sonrisa la señora les invitó a entrar-. De hecho, podéis quedaros todo lo que deseéis, puedo enviar a mi marido a vuestra casa y que venga alguien a recogeros, así no os perderéis.

-¡Qué amable señora!, pero no moleste a nadie por nosotras, mañana me encargaré yo del viaje y seguro que ya no nos perderemos.

Surí miró hacia otro lado, estaba segura que su expresión iba a delatarla, aunque la señora de la casa parecía tan dulce e inocente que podían haberse empezado a reír frente a su rostro y hubiera continuado sin sospechar nada.

Poco después estaban tomándose un merecido descanso mientras contemplaban al resto de trabajadores con sus labores. Sintió el pinchazo de la morriña al pensar en su propio hogar, y se lamentó de no conocer más del mundo, si fuera más espabilada igual hubiera descubierto una manera de hacer llegar el mensaje de que estaba bien, y que era inocente de todo lo que decían de ella, a sus padres, sin que la guardia lo descubriera.

A aquellas horas era cuando ella terminaba sus tareas y podía hacer lo que quisiera, hasta el atardecer, entonces debía volver para ayudar a preparar la cena. Su madre se encargaba que todo estuviese cerrado y en orden para pasar una noche tranquila, mientras ella y una tía viuda que vivía con ellos desde que tenía memoria preparaban la comida. Tenían también un pequeño criado, un vecinito que hacía de chico de los recados y que pasaba más tiempo allí que en su casa, básicamente porque le daban de comer, en su hogar había una docena de bocas como la suya y a veces no les daba para todos. Su padre llegaba poco después, protestando por lo agotado que estaba y porque la cerveza de la despensa desaparecía más rápido de lo que le parecía natural. Todo el mundo creía que su tía viuda tenía algo que ver con ello, aunque ella aseguraba que no le gustaba la cerveza y solo bebía un vinillo de vez en cuando. Y la cerveza seguía desapareciendo.

Surí sonrió tristemente al cielo.

Hasta el día anterior, la mayor preocupación en su casa era quien bebía cerveza a escondidas. ¿Qué estarían haciendo ahora?

Las llamaron para cenar y se sentaron con los granjeros y su familia, en aquel momento eran solo un par de ancianos padres de uno de ellos, pero les oyó mencionar que tenían algún hijo fuera. Menare les entretuvo contando algunas de sus peripecias, que dejaron a la señora de la casa encandilada y al señor algo sorprendido de que una niña conociera tanto mundo. Ambos parecían más buenos e inocentes de lo que convendría a nadie serlo.

Cuando subieron a dormir, Surí cayó prácticamente redonda en la cama que le habían preparado. Compartía la habitación con Menare, la niña intentó iniciar infructuosamente una conversación antes de que su consciencia viajara definitivamente al mundo de los sueños.

Vio una mujer preciosa con un vaporoso vestido blanco, estaba corriendo hacia alguna parte, estaba de espaldas, no le veía la cara, y quería verle la cara, quería ver quien era, pero súbitamente todo se volvió oscuro. Tenía las manos sucias e intentaba limpiárselas en el delantal, pero no podía porque el delantal también estaba sucio. Oyó un relincho y vio una forma grande y monstruosa vestida de negro y montando a caballo, el filo brillante de una hoja brillaba en su mano. Gritó asustada, mirando a su propio regazo vio el bolsito bordado y recordó que tenía que esconderlo antes que lo cogieran… El relincho se oyó más cerca… no tenía tiempo… otro relincho…

Y despertó.

Algo relinchaba de verdad fuera, y había ruidos de chocar contra la madera.

La ventana a su lado indicaba que ya era de día.

Sintió la cabeza pesada y un ligero mareo al ponerse en pie.

¿Qué hora era?, ¿cuánto había dormido?

Menare no estaba en su cama y al mirar fuera comprobó que ya era bastante tarde.

Al salir de su habitación olió a pan horneándose. Su estómago gruñó.

La casa estaba hecha de madera y piedra, era más grande que la suya y más antigua. Las escaleras de madera por las que bajó estaban muy gastadas y hundidas por el centro, aunque se veían aún firmes. Al llegar abajo oyó a la señora de la casa hablar con alguien. Sintió curiosidad y asomó un poco la cabeza para ver el recibidor.

Había una joven con ella. No era de la granja, parecía otra viajera. Tendría más o menos su edad, el pelo rubio recogido en una apretada trenza que caía a lo largo de su espalda. Llevaba botas y pantalones de caza sucios de polvo y barro, que combinaban coherentemente con el carcaj y el arco que llevaba al hombro.

Era una chica bonita, pero tenía enormes marcas de ojeras en los ojos y un aspecto general no muy alegre. Aún así no se le escapó su postura esbelta y la barbilla ligeramente inclinada hacia arriba. Si no venía de alguna familia rica, se comería su propia capucha.

-¡Oh, hola!, buenos días-saludó la señora al darse cuenta que estaba allí-¿ha dormido bien el lironcito?

¿Lironcito?

-Sí, muchas gracias.

-Tu prima me ha dicho que estabas muy cansada, espero que ahora te sientas un poco mejor, está en la cocina, podéis pasar a comer cuando queráis. ¡Oh!, por cierto, esta joven es… eh…

-Verven.

-Ah, Verven, ha llegado a caballo hace un momentito, tendrás hambre, puedes ir a comer con ellas.

-Prefiero comprobar que mi caballo está bien antes.

-Claro, como quieras.

Surí las dejó y entró a la cocina para ver a Menare sola, sentada en la mesa, con los mofletes llenos de algo que parecía pan recién hecho con mantequilla.

-¿Qué quieres?, ¿leche o caldo?, esta gente tiene de todo…

-Ah… no sé… ¿leche?

Acercó una silla a su compañera y se sentó.

-He estado pensando en lo del bolso-empezó la niña mientras tragaba-. Si se lo enseñamos a alguien; igual reconoce algo, o igual acabamos en más problemas, piénsalo, era la prometida del príncipe, esto puede ser una de esas conspiraciones de palacio… Igual un duque celoso está amenazando al príncipe, y como no puede con el príncipe mata a su prometida… ¡oh!, o al general, ¡igual es el general!

Surí se masajeó las sienes.

-No sé si me apetece pensar en eso a estas horas.

Verven entró y las saludó lacónicamente. A continuación, se sentó, cogió una manzana y apoyó tranquilamente un pie en la mesa.

Se sintió escandalizada, su madre le hubiera dado dos bofetadas por hacer eso. Encima llevaba las botas sucias.

Continuaron hablando en voz baja.

-Bueno, piensa-insistía Menare-, el general estaba allí pero no había ido a una cita, ¿qué más puede ser?

-Tu hermano vio otra persona.

-Claro, al que había pagado para hacerlo, no se va a ensuciar él las manos, ¿verdad?, el general acudió después para comprobar que todo ocurrió según lo planeado. Estoy segura que el general está metido en esto.

-¿De qué general habláis?-interrumpió la recién llegada mientras masticaba con la boca abierta, súbitamente, ya no parecía tan noble.

-Ahhh…-dijo Surí sorprendida.

-Oh, Aídref… le hemos visto no muy lejos de aquí-respondió tranquilamente Menare.

-Ah, claro.

Verven bajó la cabeza y continuó con su manzana.

-¿Le conocéis?- preguntó la niña.

La cazadora se encogió de hombros.

-Un poco.

-¿De verdad?, ¿entonces sois noble o algo?, ¿cómo es?

-¿El general?… no sé… no es inútil, ni tonto, como a algunos dicen, pero es un poco aburrido…

-¿Y es guapo?

Surí no pudo evitar llevarse una mano a la cabeza. Verven la miró masticando lentamente.

-Depende, no es feo, tampoco diría que guapo, me da igual.

-Pero, ¿es más guapo que el príncipe?

La chica soltó una risa seca que dejó ver parte de lo que estaba comiendo.

-Muchos monos son más guapos que su hermano. Eso no es ningún mérito.

-¿Venís de muy lejos?-interrumpió Surí.

-Sí, bastante, llevo casi dos días galopando sin descanso.

-¿Váis a algún sitio?

-No, he quedado con alguien aquí. Aunque preferiría no hablar de eso.

-Oh, de acuerdo.

-Creo que voy a intentar tumbarme un rato antes de que llegue.

-¿No vais a comer más?

-No tengo hambre.

-Qué seca-observó Menare cuando se marchó.

-Nosotras deberíamos irnos también, ¿no te parece?

-Sí, claro, aunque la señora me ha pedido varias veces que nos quedemos.

-… ¿y?, pensaba que tendrías prisa por ver a tu hermano.

-Mmmm, eso es verdad… voy a ver si la convenzo de que nos deje ir.

Tras un poco de persuasión, y de aceptar muy a regañadientes llevar con ellas prácticamente su peso en comida, pudieron marcharse. Al salir vieron a Verven peinando a su caballo, un precioso y esbelto animal gris, no tan hermoso como Nácar pero muy similar.

-¿Tendrán todos los ricos caballos parecidos?, qué suerte…

Menare hizo un gesto raro que quería decir que a ella los caballos solo le interesaban lejos.

A Surí en cambio le encantaban, y una de sus ilusiones era convertir la granja de sus padres en una granja de caballos. No es que aquello importara mucho a nadie ahora.

Había una carretera que bajaba del caserío hasta otra carretera mayor. Menare ya había pedido suficientes indicaciones como para saber por donde ir y salieron de la misma antes de llegar, subieron un poco por el monte, siguiendo el valle desde lo alto. Según ella era un atajo, esperaba cruzar la montaña cuando esta descendiera antes de alcanzar el Camino Real, les dejaría más cerca del punto de encuentro que había en la zona.

El día era soleado, pero soplaba un viento fuerte y frío, y algunas nubes cruzaban rápidas el cielo.

-Va a llover por la tarde, seguro.

Surí se encogió, el viento silbaba con fuerza en sus oídos a aquella altura.

-¿Qué es eso?-dijo señalando a un punto en el fondo del valle. Menare miró y por un momento no entendió qué señalaba-. Hay algo moviéndose ahí abajo, en el camino, ¿qué crees que es?

-¿Una vaca?

-No parece una vaca.

-Bueno, es grande… diría que es un tipo enorme pero se mueve raro, y su ropa parece rara también.

Surí volvió a encogerse por otra ráfaga. La criatura del fondo del valle era de un color muy pálido, posiblemente de cerca se vería blanco, pero desde allí parecía amarillento. Volvió a acordarse de lo que vio en el bosque antes de la huida con Nácar. Empezaba a convencerse que ni aquella sombra ni esta eran casualidades. Algo parecía estar siguiendo sus pasos de cerca, y se alegró del refugio que daba la parte alta de la montaña, fuera lo que fuera, no podría verlas.

Capítulo 5

Continuaron su camino sin ningún contratiempo más, comieron algo al medio día y luego se internaron por los grandes campos de cultivos. La mayoría eran parcelas de cereales recién plantadas, no había crecido mucho aún. Avanzaban entre los estrechos caminitos de tierra entre una parcela y otra, y resultaba algo incómodo.

-¿No podríamos ir por la vía principal?-preguntó a su compañera.

-No, por aquí se ve mejor.

-¿Ver qué?

-Ya verás-respondió misteriosamente.

Surí suspiró, esperando que la sorpresa no incluyera caer a una de las parcelas embarradas, y miró a su alrededor. Vio que un trozo del terreno estaba sin plantar, tenía algunos agujeros y la tierra removida.

-Oh, vaya, topos… Mi padre tuvo un problema de topos en sus tierras hace unos cinco años. Se comían las legumbres… los hicieron salir con humo y luego destruyeron las toperas.

Menare se volvió.

-¿Tienes tierras propias?

-Yo no, mi padre.

-Pero tú las heredarás, ¿no?

-Somos tres hermanas, no me va a tocar mucho, la granja no es tan grande.
-A mí me gustaría tener una granja, y criar animales, ¿has dicho que tenías hermanas?, ¿vives con tus hermanas en la misma casa?, sería divertido tener una hermana…

-Están las dos casadas, yo soy la pequeña.

-¿En serio?, ¿eres tía?

-Sí… Tengo dos sobrinitos, la mayor se casó muy joven, poco más que mi edad ahora…
-Qué suerte, ¿juegas con ellos?

-No… viven lejos… ¿sabes seguro por dónde nos estamos metiendo?

La vio reír y dar un par de brincos.

-¡Claro!, allí está.

Miró al frente. Sobresaliendo por encima de la planicie de plantaciones, vio un árbol solitario y medio seco. Sentado en una gruesa rama baja, con las piernas estiradas cuan largo era, estaba Ildare.

Menare brincó varias veces más y corrió hacia él, no muy preocupada por la precariedad del caminito.

Surí en cambio tuvo un mal presentimiento. No le gustaba nada aquello. Ildare sentado en aquel árbol solitario en medio de la plantación le había recordado al queso que ponía su madre en medio de la cocina, bien visible, encima de una trampa para ratones.

Cuando llegó a su altura, el hermano mayor terminaba sus reproches por su tardanza y empezaba a contar sus propias aventuras.

-Sí, lo reconozco, no pude hacer nada, el malnacido me tiró al suelo de una patada y me dejó ahí tirado… estaba más interesado en ir tras vosotras, hubiera debido salir huyendo entonces, pero me sentó mal que me diera la espalda tan alegremente, ¿te puedes creer?…

-¿Eres idiota?, ¿te deja e intentas atacarle otra vez?

-Nah, solo fui a por su caballo y le corté una correa de la silla,… luego salí corriendo, a ver si era capaz de atraparme sin caballo…. ¿llevas comida en tu bolsa?, a mí se me ha terminado…

-Ummm… ¿crees que podría verte alguien desde allí arriba?-interrumpió Surí señalando al árbol.
Ildare movió su largo brazo alrededor.

-¿Quién me va a ver?, no hay nadie… además no es a mí a quién buscan…
Dio un respingo. Menare le dio un pellizco, el chico movió la cabeza disgustado.
-Solo digo que os preocupáis por nada. ¿Qué tal si nos vamos?, si no nos damos prisa se hará de noche antes de que encontremos un refugio.

¿Cambiaba de tema? Podía no enfadarse con Menare, incluso podía comprender la situación en la que estaba, pero empezaba a encontrar el cinismo de Ildare muy, muy molesto. Le hubiera gustado oír algunas disculpas o una explicación.

Y aquel sitio seguía poniéndola nerviosa. Estaba completamente abierto a todas partes, el único punto que rompía la línea del horizonte era una colina pelada por la que el camino se perdía, y algunos matorrales y algunas casas a lo lejos. Al menos verían de lejos si alguien se acercaba.

Vigilando donde pisaban se dirigieron hacia la carretera, Surí no podía evitar parar cada poco tiempo y echar un vistazo alrededor mientras los hermanos parloteaban.

El cielo estaba completamente nublado, se oyó un fuerte trueno pero no consiguió ver el rayo. La temperatura había caído y el viento soplaba con fuerza.

-Va a ser buena idea ir un poco más rápido-dijo Ildare.

Hizo como si no lo hubiera oído y permaneció quieta donde estaba, prestando atención. Estaba segura que había oído algo más que el retumbo de un trueno.

-¡Surí, vamos!-gritó Menare desde la carretera.

Esperó otro trueno, y aquella vez pudo oír con toda claridad como le acompañaba el resuello nervioso de un caballo.

Tras la colina. No había otro sitio donde esconderse, estaba tras la colina. Y ella tampoco tenía donde ocultarse.

-Surí, ¿qué…?

Comprendiendo que algo iba mal, la oscura figura de un jinete apareció de súbito tras la colina y, doblando la curva de la carretera, se lanzó a galope hacia las parcelas.

Oyó como Menare gritaba pero no prestó atención. Se había girado y corría sin dirección entre los campos de tierra revuelta.

Era consciente de que no habría forma humana en la que podría ganar a un caballo en aquel terreno, con caminos minúsculos, suelo suelto y quebradizo, y ningún sitio donde esquivarlo o esconderse a la vista, pero no podía dejar de correr.

En un momento en que la tierra se desmigó amenazante bajo ella, su cabeza se iluminó de golpe con una idea. No se atrevía a volverse, sus pies cansados y doloridos estaban a punto de abandonarla, pero volvió a darles vida, esperaba que su persecutor aún estuviera a suficiente distancia para que su plan tuviera éxito.

Le dolía respirar y el suelo se desdibujaba ante sus ojos, la tierra parecía sacudirse cuando la pisaba y se deshacía bajo sus pies.

Oyó los cascos golpeando el suelo a poca distancia, se estaba acercando por la izquierda, se acercaba…

Tuvo visiones del jinete a caballo desenfundando su espada, un solo golpe certero desde lo alto y estaría muerta.

Como Melyss.

Apretó los dientes.

Un poco más, un poco más…

Ya no oía el trote, pero seguía sin el valor de girarse a mirar, tampoco oía nada más que sus propias pisadas golpeando el suelo pesadamente, y estaba confundida.

Menare volvía a gritar de lejos, vio por el rabillo del ojo que venía corriendo hacia ella y decidió girar la cabeza por fin.

El general no estaba.

Se detuvo, tan asustada aún como incrédula. Respiraba tan rápido que el aire casi no tenía tiempo de llenar sus necesitados pulmones.

¿Lo había conseguido?

Alguien tiró de la manga de su camisa.

-Vámonos, vámonos ahora-le pidió Menare.

Con la respiración aún agitada dio algunos pasos atrás para comprobar el fruto de su idea. El caballo se levantó de un brinco frente a ella, dándola un susto de muerte, pero el jinete seguía en el suelo. Estaba quieto.

-Surí, por favor…-la niña le sujetaba el brazo.

El cuerpo del general se movió por fin. Oyeron algunos gemidos mientras luchaba por ponerse en pie, le costaba. Se paró para tomar aliento y volvió su cabeza un momento hacia sus presas. El casco seguía en su sitio, ocultando su cara, pero sus dientes y su mandíbula tensa no dejaban dudas de lo que podía estar pasando por su cabeza.

Surí trago saliva.

-Sí, vámonos-dijo.

Se dirigieron de nuevo a la carretera todo lo aprisa que pudieron. Lanzaban frecuentes miradas hacia atrás, asegurándose que el general aún estuviera en el suelo o, al menos, cerca del mismo. El nervioso caballo daba vueltas corriendo, e incluso coceando, a su alrededor, ya parecía un animal arisco por naturaleza y la caída parecía haberlo asustado bien. Cuando el general pudiera volver a andar iba a pasarlo mal para poder controlar su montura. Eso era algo que habían ganado.

El problema resultaba que una vez lo hubiera conseguido podría alcanzarlos rápidamente.

-Ha sido una buena idea eso de las toperas-le felicitó Ildare-, ¿cómo sabías que iba a funcionar?

-Conozco a un hombre al que se le hundió medio carro y no había manera de sacarlo, aunque no esperaba que funcionara tan bien.

-¿Y a quién se le ocurrió traerle hasta aquí?-preguntó Menare en un tono irritado, dirigiéndose claramente hacia su hermano.

Se movían rápido, ya habían doblado la esquina por la que el general les había sorprendido y continuaban por la carretera, pues sencillamente era por donde podían huir más rápido. Surí veía con cierto desaliento que cualquier lugar protegido quedaba en la distancia.

-No es culpa mía, estaba convencido de que andaría dando vueltas por el bosque buscándoos a vosotras. Hasta me quedé por allí un rato para comprobar que os habíais marchado.

-Podías haber vigilado tu espalda, no cuesta tanto, ¿has visto en el lío que casi nos metes?

-No llores tan pronto que aún no nos hemos librado, te recuerdo que hay un puesto de la guardia justo ahí delante, antes de llegar al pueblo.

-Bien, genio, ¿qué hacemos?

Ildare paró un momento y se rascó la cabeza.

-No podemos pasar por medio del puesto, tendremos que rodearlo. El problema es que, a no ser que hayan desbrozado la zona desde la última vez que estuve aquí, el lugar estaba lleno de matorrales, algunos bastante espinosos.

Se quedaron un momento en silencio. Surí decidió romperlo.

-¿Y no hay alternativa mejor?, si no, no creo que tengamos demasiado tiempo para perder.

El chico se encogió de hombros.

-Lo que queráis, pero luego no me vengáis llorando si os hacéis daño.

-¡Quien te va a ir llorando!-protestó Menare-. Ven, Surí, vamos a taparnos con la capucha y a subirnos bien los calcetines, y lleva estos trapos en la mano.

-¿Has huido antes entre pinchos?

-No, pero una vez tuve que esconderme en unas zarzas. No fue divertido.

El paisaje cambió de pelado a estar cubierto por aquellos matorrales de los que hablaba Ildare. Pronto descubrió que el mayor problema no era que tuvieran pinchos, era que solo los tenían algunos, y sus ramas solían colarse entre las hojas y tallos de otras plantas más inofensivas.

-Y ten cuidado con las culebras, también.

Dejó escapar un gemido. ¿Faltaba algo más?, podía ponerse a llover. El cielo se iluminó y se oyó un trueno, como un oportuno presagio de lo que podría pasar.

Se acercaban al pueblo cuando oyeron de nuevo el galope de un caballo.

Surí se volvió y se agazaparon aún más entre los matorrales. El general se acercaba por el camino.

Estaban casi a tiro de piedra del puesto de la guardia. Podía ver a los soldados con sus uniformes azules y amarillos de la Guardia Común.

El general parecía tener problemas con su montura, no corría tan rápido como podía, o quizá tenía problemas con sus heridas. Vio cómo se acercaba al puesto y los guardias corrieron hacia él para recibirle.

No podían oír nada, pero estaban muy agitados y pronto todo el puesto parecía correr en todas direcciones.

-Será mejor que nos movamos con cuidado-dijo Ildare.

-Creo que van a perseguirnos, están sacando los caballos-observó Surí.

-Pero no saben donde estamos, y se está haciendo tarde y el cielo está cubierto. Si conseguimos ocultarnos hasta que oscurezca podremos librarnos.

-¿Y luego?, toda la guardia de esta región va a estar avisada.

-Ya se nos ocurrirá algo…

Los caballos de la guardia salieron en todas direcciones, algunos por donde habían venido, otros en dirección al pueblo, buscando entre las casas, y alguno incluso por los campos. Y a Surí se le cayó el mundo a los pies cuando vio que era precisamente el general, acompañado de un par de hombres, el que se decidía a saltar hacia la colina de maleza en la que se escondían.

-Si os pincháis con algo, ni se os ocurra gritar-advirtió Ildare en voz baja como si creyera que fuera necesario el aviso. Ni Menare se atrevió a rechistar nada.

Se iban marchando de allí, poco a poco. Cuidando siempre que no hubiera nadie mirando en su dirección. Por cada metro que se alejaban, los soldados ganaban dos.

Su mayor seguridad era sencillamente no ser vistos. Aunque los caballos no pudieran atravesar algunas zonas, si les localizaban podrían rodearles y ya no tendrían escapatoria posible.

Contuvo la respiración cuando el general, ante una barrera complicada de arbusto y espino, consiguió hacer saltar a su caballo, galopar un tramo en línea recta y luego hacer lo mismo una zona ligeramente más arriba.

Se estaban acercando.

Entonces se puso a llover.

-Acabaremos perdidos de barro-se lamentó Menare, aún en voz baja.

Surí mantenía su mirada fija en la figura oscura que se recortaba entre hojas y ramas.

-Mejor, pringaos un poco con barro, así les costará más distinguirnos.

-Eujj, ¿qué?

-Calla y obedece.

El general estaba muy cerca. ¿Podría verlos si miraba hacia allí? Ella podía ver lo suficiente como para notar que su respiración resultaba muy pesada, también se sujetaba a menudo uno de sus brazos.

Un guardia llegó a su altura y podía oír sus voces, aunque a duras penas lo que decían. Parecía tener que ver con la luz y la lluvia.

Alzó la vista hacia las nubes de un pesado gris que se oscurecía por momentos. Pronto no verían nada.

Entonces de alguna parte alguien sacó algunas lámparas de aceite con asas y protegidas por un cristal.

-Maldita sea-maldijo Ildare-. Da igual, no verán mucho y no habrá para todos, seguiremos huyendo igual… vamos…

Surí volvió a mirar atrás. El general se mantenía en el mismo sitio, su cabeza se había vuelto hacia abajo mientras esperaba que alguien trajera su lámpara.

Aprovecharon para desaparecer lo más rápido que pudieron entre las sombras y las espinas.

Aquella noche fue sin lugar a dudas la más horrible y confusa de su vida, y eso que las noches anteriores ya habían sido extraordinariamente penosas; huir de las luces había sido una pesadilla, arrastrándose durante horas, quedándose inmóviles cuando oían espantados voces y pasos de gente, que no podían ver, cerca de ellos, esperando no haber caído en ninguna trampa. Y cuando las luces se esfumaron solo había lluvia, barro, oscuridad, frío, pinchos y ramas que cortaban, atravesaban y golpeaban la piel. Cada única herida dejó de doler para convertirse un solo e intenso dolor que se extendía por todo su cuerpo.

No tenía ni la menor idea de adónde iba y tuvo que pedir que se dieran la mano para poder estar segura de que no se acabarían perdiendo.

Al amanecer, nunca había sentido tanta alegría de ver iluminarse el cielo, empezaba a creer que había caído en alguna maldición y aquella noche sería eterna. Apenas podía mantenerse de pie, tenía la humedad metida hasta los huesos y estaba cubierta de barro hasta las orejas. Sus compañeros no estaban mejor, y tras orientarse de nuevo, fueron en busca de algún arroyo donde lavarse y descansar.

El día era nublado, pero no llovía y la temperatura era agradable. Entraron en un bosque, dieron rápidamente con un alegre arroyo y Menare echó a su hermano de allí para que se buscase su propio lavadero.

Surí metió los brazos en el agua y los dejó al compás de la corriente. Las heridas escocían una barbaridad.

-A faltado muy poco…-dijo con un hondo suspiro, nacido de lo más hondo de sus pulmones. El agua fría de montaña aliviaba dulcemente el dolor de las llagas.

-Creo que no me voy a molestar ni en quitarme la ropa-dijo Menare-. Quiero deshacerme todo este asco de barro.

Surí sonrió con pereza al comentario.

-Dejarás el zurrón fuera al menos, la comida se estropeará si se moja… más.

-Beh… luego nos la comeremos esté como esté, fuera barro fuera…

Contempló su reflejo mientras escuchaba el agua del arroyo moverse entre piedras y raíces; no veía más que una mancha informe amarillenta y grisácea, pero sus ojos perseguían hipnotizados las ondas que hacían sus brazos.

Se sentía tan cansada.

-¿Se te ha ocurrido qué haremos ahora?-preguntó a Menare, notaba su voz cascada.

-Um, no, posiblemente huir al Norte, es a donde van la mayoría de malos bichos.

-¿Somos malos bichos ahora?

-No, sencillamente vamos allí porque las comunicaciones son malas, y las guardias pocas y desastrosas, por eso está lleno de criminales.

Suspiró moviendo los brazos.

-Supongo que nos toca ser criminales involuntarios.

La niña soltó una risita floja.

-Criminales involuntarios, suena divertido… aunque no lo es, claro.

Huir. Huir como fugitivos. Era todo lo que podían hacer, ¿verdad? Marcharse al Norte, lejos de su familia y de todo lo que conocía.

-Me pesa la cabeza…-sus brazos empezaban a entumecerse con el agua, pero su cabeza ardía-, creo que voy a meterla aquí dentro.

-Vale, pero acuérdate de sacarla de vez en cuando para respirar.

Sintiéndose seguros bosque adentro, descansaron aquel día mientras trazaban planes e ideas sobre lo que hacer a continuación. El Norte era la mejor opción, y Surí no pudo si no aceptarla, ella no tenía ni idea de lo que podía haber fuera y tenía que confiar en sus nuevos mejores amigos. Solo podía mantener la vaga esperanza de que su fuga sería breve, que alguien capturara al auténtico culpable.

Capítulo 6

En el Norte la noticia de la muerte de la doncella de Varosé y la búsqueda del culpable, se hizo un poco de rogar, pero llegó con ganas. La mayoría gente vivía algo apartada del resto del reino, y aquellas noticias eran absorbidas como el aire e hinchadas como un globo.

Pocos días después de andar por la región vieron carteles por los que daban una recompensa por su cabeza.

Para susto de Surí, había una imagen suya con la descripción. A los hermanos les hizo gracia y la aseguraron que con un par de cambios de aspecto nadie notaría nada, había cientos de jóvenes como ella por toda la región, y millares por todo el país. Su mayor preocupación se encontraba, en realidad, que se incluía una referencia a los dos hermanos como “cómplices”, junto con otras dos pequeñas descripciones. Esto les hacía las cosas un poco más difíciles.

-Podemos contar con que la mayoría de la gente de por aquí sea analfabeta y solo se quede con el dibujo, ¿no?-observó Menare.

-Lo dice quien aún confunde “i” con “l”.

-Bleee-le sacó la lengua-, no es culpa mía que se parezcan.

Para disimular, Surí se cambió de peinado y se puso trenzas, aparentaba ser más joven e inocente. Nadie en su sano juicio sospecharía que tras aquel par de trenzas rubias y sus aterrorizados ojos castaños iba a esconderse una malvada asesina, o eso esperaba. Evitaban mostrarse en público los tres a la vez, aunque nunca andaban muy lejos los unos de los otros, procuraban moverse mucho de un pueblo a otro, sin establecerse en ningún sitio ni familiarizar con nadie. Y tuvo que aprender de memoria tres nuevas identidades, con pelos y señales, para cada vez que a Menare se le ocurría contarle a alguien su vida ficticia.

En todas ellas acababa siendo la prima tarada de una manera u otra.

El Norte no era como se lo había imaginado. Por la forma en la que se habían referido los hermanos al lugar, y la fama que tenía, esperaba verlo como un lugar pobre, lleno de criminales y gente desagradable, pero en realidad no era muy diferente del resto de Láudonun. Los pueblos eran más pequeños y algo más austeros, más cerca unos de los otros, con colinas peladas entre medias y grandes montañas boscosas al fondo, y la gente era como en todas partes.

Aún así, los grupos de bandidos y bandoleros eran reales, y había que tener cuidado. Hasta el mismísimo general que ahora les perseguía tuvo problemas graves en una ocasión, a los pocos meses de recibir su puesto: en el primer viaje real al Norte en muchos años, un grupo enorme de asaltantes atacó la caravana. Algo inhóspito, por su número, no se había contado una banda tan grande de ladrones en Láudonun en tiempos de paz. No hubo muertos entre el séquito real, pero se robaron muchas cosas; esto fue el primer éxito o la primera catástrofe del bastardo como general, dependiendo de quién lo contara.

Por ello, las mayores diferencias entre el Norte y el resto de Láudonun se apreciaban de noche, casi cada pueblo tenía murallas de madera con puertas que cerraban todas al atardecer, para refugiar a la gente, y sus ganados, de los asaltantes.

Si se quedaban fuera después de cerrar, tenían que pasar la noche en la intemperie, y no era agradable.

Precisamente, una noche acabaron refugiándose en un granero derruido por culpa de Ildare: tuvieron que salir huyendo del pueblo en el que estaban porque se había metido en algún problema con alguien que quería romperle las piernas; o algo así, nunca daba demasiados detalles de lo que hacía. Con la mala suerte de que no llegaron a tiempo al pueblo más cercano antes de que cerrara sus puertas.

Surí procuraba mantener una actitud templada y abierta respecto al modo de vida de los dos hermanos, después de todo, era muy posible que no siguiera viva de no ser por ellos. Pero aquella noche no pudo evitar reprocharle a Ildare un par de cosas respecto a sus “oficios” y su actitud, lo hizo con toda la calma y la diplomacia que era capaz, pero el chico se lo tomó terriblemente mal.

-No nos conviene llamar la atención, ¿sabes?

-Solo era un payaso, no va a avisar a la guardia, tiene sus propios problemas con ellos.

-¿Y?, ¿eso es bueno?, si se monta jaleo la guardia se inmiscuirá de todas formas, y podría hacerte daño y tendríamos que cargar contigo, o peor, podría haber hecho daño a Menare…

Le oyó soltar un bufido, no veía bien la expresión de su cara, pues estaba oscuro, pero debía de dar miedo.

-¡Menare está estupendamente!, ¿crees que no sé lo que hago?, lo sé muy bien, ¡no tienes ni idea de cómo funciona el mundo y no me vengas a dar lecciones!

Con eso se levantó, dio una patada a algo y salió del granero con un portazo.

La niña se había quedado dormida y se incorporó preguntando qué había pasado. Surí le dijo que se volviera a dormir.

Aquella reacción la había sorprendido, e incluso asustado, ni siquiera estaba segura qué era lo que le había enfadado tanto, no comprendía qué podía pasarle por la cabeza. Se preocupaba y protegía a su hermana hasta extremos absurdos, la mitad de las veces la pobre parecía estar viviendo una especie de juego y era increíblemente cándida (o fingía ignorancia con mucha convicción) respecto a muchos temas pese a que su modo de vida no era especialmente protegido. Así que encontraba hipócrita que Ildare continuara llevándola por aquel camino sin querer reconocer el mucho daño que podría hacerla.

Con el pasar de algunas semanas, terminó por acostumbrarse a aquellos ataques de furia. En general, aunque no muy extrovertido, Ildare podía ser un chico interesante y entretenido cuando estaba de humor; cuando no, solo tenía que mencionar que Menare no estaba bien viviendo de aquella manera, para verlo estallar. Y si no tenía ganas de pelea, lo único que tenía que hacer era callarse, pero a veces ella misma estaba tan irritada con él que no podía evitar dejarle claro lo que pensaba.

La niña, por su parte, solía encogerse de hombros con cierta indiferencia, verlo gruñir era habitual, gritarse de vez en cuando también, y que se enfadara de vez en cuando, nada de lo que preocuparse, aunque en aquellos casos solía hacerse la loca y mirar para otro lado, en vez de participar de la discusión como hacía habitualmente.

-Es así, déjale-le pedía a Surí cuando veía que las cosas estaban más tensas de lo que le gustaba-. Está mal criado-sonreía al decirlo-, la familia decía que era un malcriado así que se enfada cuando le llevan la contraria, ja, ja… Hay que tratarlo como a un niño mimado y no hacerle caso cuando se pone así.

Entonces empezó a atar cabos. Menare tenía razón, sorprendentemente, solo era un mimado; bien criado y educado de pequeño, posiblemente esperaba haber seguido los pasos de su padre y haber estudiado, pero al morir antes, y quitándole el resto de su familia lo que le pertenecía, decidió buscarse la vida por su cuenta, y sin ningún tipo de interés y ganas de matarse trabajando de Sol a Sol en el campo, dio con el juego y la picaresca una salida fácil, la mayoría de brutos de las tabernas no eran rival para un chico de su inteligencia. Cuando Menare se unió a él, sencillamente no sabía hacer otra cosa.

Y eso era lo que le molestaba, y por lo que se sentía eternamente irritado. Quería dar una vida decente a su hermana, pero no sabía cómo. Y Surí, como buena y honrada campesina, parecía venir para atormentarle por su torpeza y estupidez.

Pese a todo, tenía que darle la razón a Menare y admitir que el chico no tenía malicia, y seguía aguantándola, después de todo, cuando hubiera podido abandonarla por ahí (aunque su hermana gritaría mucho y muy alto durante varios días si llegaba a hacer algo así). Y era precisamente toda aquella experiencia que tenían buscándose la vida en lugares oscuros, y escabulléndose de cualquier sitio sin ser vistos, lo que la estaba manteniendo a salvo.

Por el momento.

Había algo irónico que no podía precisar en todo aquel problema.

Mientras se acercaban a un pueblo pequeño y sin murallas, un día cualquiera, después de una larga jornada de viaje, recibieron una noticia que les impactó.

La Reina venía al Norte.

Lo ponían en los tablones junto a sus carteles de búsqueda. La Reina, destrozada por la muerte de la dama Melyss, a la que había querido y protegido como una hija, había tomado personalmente la dirección de su búsqueda e iba a viajar por todo el abandonado Norte en busca de ayuda y guía por parte de sus habitantes.

-¿El Norte?, ¿porqué tenía que ser el Norte?-chilló Menare.

-Bueno, tú lo dijiste, ¿a dónde van los criminales?, además, si hay tanto canalla suelto es más fácil que alguien decida vendernos. La recompensa es enorme…

Podía empezar su propia granja con aquel dinero.

-Me cabrea… de verdad que… uuuuuuugh…

-Yo creo que podríamos aprovecharnos de esto.

-¿Sí?, ¿cómo?

Se llevó una mano a su nuevo zurrón de cuero. Lo había escogido resistente a arañazos, tirones y toda la humedad posible, además era bonito. Y dentro mantenía siempre bien guardado entre su manta el bolsito bordado.

-He oído que fue la Reina la que insistió para que su hijo se casara con Melyss, era su favorita desde hacía tiempo y preparó todo el enlace, así que imagino que debía conocerla bien, y si la conocía bien seguro que sabe qué ha podido esconder en el bolso.

-Ummm… no sé… ¿qué vamos a hacer?, ¿plantarnos ante la Reina y decirle que nos lo encontramos por casualidad?

-No, pero no perdemos nada por pensar algo, no quiero vivir escondida eternamente, podría ser nuestra oportunidad.

-Sí, podríamos…

Ildare no estaba de acuerdo. Cuando se encontraron con él más tarde se negó en redondo.

-No, ¿sabéis cómo viaja esa gente?, no, habrá un centenar de guardias como osos custodiándola, por no hablar de la guardia de la región que estarán atentos como búhos. Nos cogerían del pescuezo antes de poder siquiera llegar a respirar el mismo aire que ella.

-Podríamos ir a uno de sus destinos antes que llegue el cortejo, no nos esperarían y si ya estamos allí disimularemos más, ¿no?, podríamos vestirte de mujer Ildare, seguro que eso confunde a cualquier guardia.

-No.

-He visto unas pelucas muy baratas, y como eres tan delgado solo habría que ponerte algo de relleno aquí y allá y listo.

-¡Qué no!

Menare se había doblado sobre sí misma de la risa en la parte de “confundir a los guardias”.

-Vengaaaa, hermanitoo…

Ildare lanzó una mirada asesina a su hermana, luego cambió de postura y se volvió a Surí, estirándose e intentando sonar a algo similar entre responsable y razonable, sin conseguirlo bien.

-… podríamos observar un poco, igual conseguimos más información sobre qué saben de nosotros.

-Bieeeeeeeeeen.

-Pero no voy a vestirme de mujer.

-Ooooooh…

Todo el recorrido oficial de la Reina era público, por si alguien con noticias quería salir a encontrarse con ella. Así, llegaron al pueblo que habían escogido con un par de días de adelanto. Ya había varios preparativos en marcha, con gente limpiando el exterior de sus viviendas y murmurando animados por todas las esquinas. El ambiente resultaba sorprendentemente bueno para ellos, no solo parecían completamente más centrados en la Reina que en su auténtico propósito allí, si no que además les salieron varios trabajos temporales con los que ganar algo de dinero y comida de forma honrada.

-Es como un festival-observó Menare- ¡Guau!, la gente del Norte de verdad se aburre un montón, ¿eh?.

Tomaron como dormitorio un cuarto sobre un establo de mulas. No era un sitio agradable, pero era discreto y podían juntarse allí sin tener que pasar por delante de ningún posadero u hostelera cotilla.

Surí había encontrado un trabajo fregando platos en una venta, le destrozaba las manos, y la encargada era una tirana que gritaba, decía muchas palabrotas y era capaz de meter sus dos brazos en agua hirviendo sin parpadear. Eran los brazos más duros que había visto en su vida.

Pero pagaban bien.

El día antes de la llegada de la Reina tenían muchísimo trabajo, el lugar estaba completamente lleno de gente, gente en la cocina, gente en las habitaciones, gente en las cuadras, gente por las calles…

Tanta agitación por la visita de paso de una sola persona parecía increíble.

Salió un momento a tirar el agua sucia por una callejuela trasera y aprovechó para apoyarse un momento en la pared y descansar, la tirana ni siquiera les dejaba hablar.

Alguien se paró al otro lado de la calle y le captó por el rabillo del ojo, levantó la cabeza.

Era un tipo enorme, sus hombros casi pasaban de lado a lado la callejuela, estaba calvo y su piel era pálida y gris, dejaba ver con claridad, incluso a aquella distancia, los caminitos azules de algunas de sus venas cruzando el cráneo. Tenía los ojos claros y ligeramente saltones. En el estrecho callejón bailaban varios olores, pero súbitamente le golpeó uno rancio y desagradable.

¿Qué era?

El hombre comenzó a caminar hacia ella, por precaución se dirigió hacia la puerta de la venta.

Y entonces cayó. Era el olor de la piel mal tratada… Aquel tipo llevaba encima una enorme piel de animal blanco.

En el último momento cambió de dirección y salió corriendo hacia el otro extremo de la calle. Pudo oír como los pasos de aquello que fuera que venía detrás aceleraban también, llegó a la calle principal y se chocó con varias personas, abriéndose paso como podía se escurrió entre de gente, mirando hacia atrás repetidamente. No veía a aquel tipo monstruoso, parecía no seguirla hasta allí, aunque podía estar observando entre los callejones y debía tener cuidado, necesitaba llegar a su habitación lo más deprisa que pudiera.

Se deshizo de su capucha y tomó prestada disimuladamente una chaqueta larga que colgaba de una ventana, con la esperanza desviar mejor la atención de su perseguidor.

Una vez relativamente convencida de que nadie la observaba, se escabulló entre la zona de establos y almacenes, mirando constantemente a su espalda, hasta llegar a su habitación.

-Ildare, Ildare, despierta…

-¿Eh?…

El chico dijo haber encontrado un trabajo nocturno como vigilante de ganado, Menare le creía, Surí no tanto. A aquellas horas aún estaba dormido.

-Despierta, dime, ¿cómo era el tipo que asesinó a Melyss?

-¿Qué?

-No me vengas con tonterías ahora, por favor, tú le viste, ¿cómo era?

El joven jugador miró con cierta irritación al brillante sol que entraba por la ventana, se incorporó un poco y se rascó la cabeza.

-Pues un bruto, grande, fuerte…

-¿Qué llevaba puesto?

-No… ¡ah!, tenía una especie de piel de toro blanca por encima, el resto no recuerdo, gris claro o algo así… ¿pasa algo?

Surí había empezado a recoger las cosas.

-Lo he visto, estaba en el callejón tras la venta, lo he visto ¡y ha intentado cogerme!, ¡tenemos que irnos!

-¿Qué?, espera… ¿cómo estás tan segura?

-Porque lo he visto antes, nos ha estado siguiendo la pista.

-¿Y lo dices ahora?

-¡No sabía qué era!, ni siquiera estaba segura si estaba viendo una persona, es enorme.

-Parecía un ogro… ¿dónde está Menare?

-No sé, creía que estaría contigo…

-Voy a buscarla.

-Espera, casi he terminado, coge tu bolsa.

Dejaron la habitación vacía y salieron fuera.

Menare no había encontrado trabajo para aquel día, aunque había dicho que intentaría buscar otra vez por la mañana. Surí tuvo la horrible premonición de una vez desaparecida ella, aquel monstruo había ido a por su compañera.

Buscaron por las zonas más transitadas, cuando empezaron a temer que tendrían que ir a las más apartadas y peligrosas, oyeron a alguien cantar.

-¡Menare!-gritó.

-No puede estar nunca callada, ¿eh?-dijo Ildare, aunque se le veía aliviado y contento.

La niña estaba dentro del portón de entrada de una gran casa, cantando para un pequeño público compuesto por un par de adolescentes un poco mayores que ella y una pequeña cuadrilla de críos.

-¡Ah!, Ildare, Surí, hola. No he encontrado nada al final, ¿qué hacéis aquí?, ¿a dónde vais con las bolsas?

-Nos vamos-dijo su hermano sujetándola del brazo.

-Oye, ¿pasa algo?-preguntó inocentemente uno de los adolescentes.

Ildare les miró como un búho a un ratón.

-No, no pasa nada. Vámonos.

Los niños protestaron un poco mientras Menare se despedía de ellos.

-Bueno, qué, ¿ya me podéis contar qué pasa?

-He visto al asesino.

-¿Qué asesino?

-¡Qué asesino va a ser!-exclamó irritado Ildare.

-Estaba en el callejón tras la venta, vi la piel de toro blanco y estoy segura que lo he visto antes, ha intentado cogerme-explicó Surí.

-¿De verdad?, no puede ser… ¿para qué querría cogerte si ya estás cargando con sus culpas?

-Puede intentar entregarla a la guardia y llevarse su recompensa también-aventuró el chico.

-Eso solo se te puede ocurrir a ti-le acusó su hermana.

-La verdad es que no sé que quiere, pero no me gusta-reprimió un escalofrío-, si el bolso es importante, igual es lo que anda buscando.

-No importa, tenemos que salir de aquí.

Fue más fácil decirlo que hacerlo. Por un momento se olvidaron por completo de la visita de la Reina y, apenas habían salido del pueblo, cuando dieron casi de bruces contra todo un ejército.

-¿No se suponía que venía mañana?

-Este será su avance, mañana irá al pueblo a dar un discurso o algo así, pero ella posiblemente se quede acampando por aquí o en la casa de alguien muy rico cercano esta noche.

-¿Nos damos la vuelta?-sugirió Surí.

-Qué remedio, intentaremos ocultarnos en el pueblo hasta la noche… aunque esos soldados llevan la nariz tan levantada que no creo que nos vean… por cierto, no veo al general, ¿no debería estar por aquí también?

Sintió un estremecimiento y miró con desasosiego a la guardia que avanzaba por el camino.

-No pertenecen a la Guardia Real… llevan otros colores-respondió aliviada al fijarse en el añil y plata, la Guardia Real era negro y oro, y no había nadie así.

-Creo que la Reina tiene su propia guardia-dijo Ildare-. Tengo entendido que no le gusta mucho el pequeño bastardo…

-Bueno, el verano pasado dicen que estuvo mucho tiempo con él…

-Claro, porque su amadísima Melyss se lo pidió-explicó Menare con algo de sorna.

Surí volvió a fruncir el ceño. Definitivamente empezaba a sentirse incómoda con los cotilleos. ¿La pobre chica muerta y era lo único que podían decir de ella? No volvería a chismorrear de nadie jamás; había tenido la desagradable oportunidad de oír hablar a la gente ella, y creían con tal vehemencia que era culpable que hubiera terminado por creérselo si hubiera escuchado diez minutos más.

Tenía un magro consuelo de saber que la gente tendía a decir cosas malas de todo el mundo por norma: de ella primero, por supuesto y por asesina; del general después, por desviar a la dulce doncella de Varosé de los brazos de su prometido; del príncipe, por no haberla prestado más atención y haber impedido que se encontrara con otro por ahí; y, finalmente, de Melyss, porque todo el mundo sabe que cuando uno aparece asesinado de golpe una mañana, es que algo malo andaría haciendo.

Era tan horrible todo que ya no sabía que pensar ni de ella misma, ¿había dicho antes cosas tan crueles de otra gente sin saber?, no era capaz de recordar nada en concreto, pero estaba casi segura de que sí.

Volvieron tras sus pasos y una horda alterada se abalanzó sobre ellos. La gente aparecía por todas partes para ver el espectáculo de la guardia de la Reina.

Tras algunos esfuerzos, mientras intentaban no separarse ni llamar demasiado la atención, lograron subir a una casa alta junto a los muros; la parte superior era un palomar, apestaba y estaba lleno de todo tipo de deshechos de pájaro, pero podrían esconderse mientras la gente se arremolinaba debajo suyo.

La Reina, al parecer, no se había conformado con esperar a pasar la noche. Aunque visitaría el pueblo al día siguiente, salió un momento a hablar con la gente que se había acercado a curiosear, dejándoles en éxtasis con su mera presencia: montando su caballo a lo amazona y subida a una pequeña colina frente a las puertas, que su guardia había despejado, les dedicó algunas palabras.

-Oh, qué guapa es-exclamó Menare.

-¿Cómo lo sabes?, ¿ahora ves mejor que yo?

-Puede, tú estás viejo, yo tengo mejor vista que tú.

-Yo lo único que sé es que monta un caballo blanco, y lleva un vestido amarillo muy largo, pero es elegante-intentó mediar Surí.

-Bueno, ahí tienes, creo que esto es lo más que podremos acercarnos.

Ildare hizo un gesto hacia la colina alrededor de la gente que se arremolinaba. Incluso sin el susto de aquella mañana, empezaba a darse cuenta que no podrían acercarse a la Reina así, tendrían que pensar otra cosa…

Y seguir huyendo mientras.

Nadie tuvo el mal sentido de subir al palomar para ver a la Reina, por alguna misteriosa razón, estuvieron a salvo hasta que la gente empezó a marcharse, el Sol a ocultarse y las puertas a cerrarse. Ni siquiera en aquella ocasión querían mantenerlas abiertas.

En silencio bajaron del edificio, oliendo mal pero con las narices acostumbradas, así que, para su alivio, no se dieron cuenta.

Ya habían tomado una decisión sobre lo que hacer a continuación, fue bastante unánime para variar y a Surí le hacía más feliz de lo que quería reconocer.

El Norte era incómodo ahora, además de la Reina, el asesino había dado con ellos, y no tenían ganas de volverse a cruzar con él. Pensaban que si le habían dado esquinazo tanto tiempo sin saber siquiera de que iba tras ellos, podrían evitarlo durante más tiempo aún ahora que sabían que les seguía.

El Sur era más familiar para todos, y más seguro, ya que había pasado un tiempo prudencial y, de todas formas, parecía que su búsqueda se había dirigido al Norte.

Así que tras seis semanas lejos, decidieron emprender el camino de regreso al Sur.

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