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[Voy a tener que dividir las entradas en más partes porque LJ es cansino y tiene límites muy particulares.

Y en la entrada de hoy... ¡cliffhanger!]

El Secreto de los Dientes de León

Capítulo 7

La vuelta se hizo con más ánimos que la ida, con más confianza y seguridad, y Surí sentía cargar con menos preocupaciones. Mantenerse escondida la disgustaba, estar lejos de su familia la entristecía, pero la costumbre hacía ver su situación mejor y su futuro un poco más brillante. ¿Quién sabe?, con lo que se movían quizá un día podrían acercarse a su pueblo… no mucho, para que nadie tuviera oportunidad de reconocerla, pero lo suficiente para enviar un mensaje sin levantar sospechas.

Pero antes, tenían que llegar allí.

Las montañas hacían una barrera natural entre una región y otra, y decidieron atravesarlas siguiendo sendas de caza, en vez de los caminos habituales, como habían hecho la ida. En general se tomaba que la capital estaba ligeramente al Suroeste del reino, en las zonas más ricas de las llanuras, donde estaban los grandes campos de cosechas. Las montañas, para colmo de males, eran bastante duras, hasta Ildare y Menare acabaron hartos y cansados de ellas al segundo día.

Decidieron acampar bajo unos inmensos pinos, el cielo estaba cubierto y el aire era denso, parecía que se avecinaría tormenta.

-¿No deberíamos buscar una cueva o algo más protegido?- preguntó Surí.

Ildare miró el cielo.

-Puede… creo que vi unas rocas asomando por allí abajo, es posible que haya algún hueco para refugiar…

No le dio tiempo a terminar la frase cuando se oyó un primer retumbo en el aire.
Menare puso las manos sobre su cabeza como cubriéndose de algún misterioso objeto que cayera del cielo.

-Está lejos todavía, quizá llegue por aquí en un par de horas, ¡Qué Primavera tan mala hemos tenido!, ¿Cuándo llegará el buen tiempo?, tengo agujeros en los zapatos, creía que aguantarían hasta el Otoño, ahora siempre me quedo con los pies húmedos cuando llueve… Ildare, necesito zapatos nuevos.

-Te he oído.

Surí no se sentía tranquila. El ambiente pareció enrarecerse, la temperatura bajó pero el aire se hizo aún más espeso.

El chico se levantó y ordenó a su hermana que se preparara para ir a buscar un refugio.

-¿En serio vamos a buscarlo ahora?-se quejó-, ¡eh!, si apagas el fuego no veremos nada.

Ildare había comenzado a echar tierra sobre la pequeña fogata.

-Deja de protestar, me ha parecido ver que alguien se movía allí abajo.

-¿Quién va a salir a estas horas y con este tiempo?

Las dos chicas se asomaron a mirar por el terraplén, pero ya no podían ver nada, todo a su alrededor estaba completamente a oscuras, las nubes cubrían el cielo de un espeso manto negro.

-La mano…

Surí se volvió. Hasta la silueta de Menare se había hecho difícil de distinguir, ésta parecía tratar de buscar su brazo a ciegas, entre las capas de ropa.

Decidieron dar la vuelta por donde habían venido, pero por otro lugar. Si les estaban buscando se cruzarían con su perseguidor y éste no se daría cuenta hasta el día siguiente, solo tenían que cuidar de no hacer ruido alguno. Después de todo, era imposible que su perseguidor les viera mejor que ellos a él.

El bosque era denso y silencioso, sobre sus cabezas los truenos retumbaban, con mayor frecuencia cada vez y más cercanos. Pero a nivel de suelo todo estaba atrapado en una espesa quietud, el único sonido parecían ser algunas ramas quebrándose a su paso y la respiración de sus compañeros.

Y, en medio de aquella oscuridad, apareció una luz. Se oyó un chasquido y parte del bosque frente a ellos fue iluminándose, la luz venía de una pequeña antorcha, pero antes de que tuvieran tiempo de darse cuenta de qué podría ser, la antorcha cayó sobre un montón de ramas y el fuego se extendió.

Estaban en medio de un pequeño claro, entre las sombras de los árboles frente a ellos se alzaba una pequeña figura, tenía en las manos un arco tenso y la brillante punta de metal de una flecha apuntando directamente a ellos.

Surí quedó completamente perpleja, por un momento no entendía qué podía significar aquello… entonces se dio cuenta que reconocía a aquella persona…

-¿Verven?…
La joven cazadora no dio muestras de haberla oído, parecía una estatua de piedra.

-¿Quién eres?- preguntó el chico. Surí le vio girar los brazos para desenfundar sus cuchillos, fue un movimiento casi imperceptible y estaba claro que Verven no se había fijado. Extendió el brazo para agarrar su chaqueta.

-No, por favor-susurró.

Pero Ildare no parecía por la labor de hacerla caso.

-Aparta-dijo la cazadora en tono lúgubre-, puedo cargar otra flecha antes de que tengáis tiempo de parpadear, si no os apartáis dispararé a los tres.

El chico volvió a moverse con cuidado, preparando sus puñales.

-¿Te acompaña alguien?

Verven se mordió el labio.

-¡Qué te importa!-apretó los dientes-¡Dispararé!

-¿Puedes decirnos qué está pasando?, ¿qué estás haciendo?-pidió Surí, los ojos de la cazadora volvieron a clavarse como agujas sobre ella.

-¡Qué pregunta!

Estaba tan completamente confusa por lo que ocurría, que apenas notó como Menare se había agarrado a ella hasta que un momento después la empujó y acabaron las dos de bruces en el suelo.

Ildare había esperado aquello y lanzó una de sus armas.

El cuchillo había herido a Verven en el brazo, su fuerza sobre el arco se debilitó; lo recuperó casi en el acto, antes de que este cayera completamente al suelo, pero el chico tuvo tiempo suficiente para llegar hasta ella y darle una patada en el costado.

Verven cayó de lado y, gruñendo de rabia, sacó un cuchillo de caza de su bota.

Surí se levantó pensando en la manera de detener aquella locura.

-¿Qué estás haciendo?, no lo entiendo, ¿porqué haces esto?, ¿buscas una recompensa?

-¡Recompensa!-graznó de pronto-¡Tú cabeza es mi recompensa!, ¡tú asesinaste a mi hermana!

Aquella era toda su razón.

Verven y Melyss eran hermanas…

Sintió un terrible frío creciendo en la boca de su estómago, pero no tuvo tiempo de digerir la noticia. Llegó hasta ella un desagradable olor a rancio, y súbitamente Ildare salía despedido hacia los árboles.

Menare gritó.

Verven se quedó un momento paralizada por la sorpresa.

Mientras, el ogro se giró lentamente hacia Surí.

Lo que recordaba del callejón defraudaba al compararse con verlo frente a ella en medio de la noche, con solo unos fuegos lanzando formas fantasmagóricas sobre él. Era gigantesco, con brazos largos, y manos grandes y nudosas, la anchura de sus hombros quedaba desproporcionada en relación a la ridícula cabeza de ojos saltones que salía de los mismos, si apenas distinción de un cuello. Su cara tenía dibujada una sonrisa sardónica que dejaba ver unos dientes grandes y marrones.

-Ukar…-Verven parecía querer decir algo, pero el monstruo la ignoró. Llevó una de sus manos al enorme espadón que colgaba de su cinto, sin apartar la vista de Surí, que era incapaz de moverse.

La espada produjo un silbido frío al rozar contra su funda.

Aquel ruido la sacó de su trance. Dio un paso hacia atrás, buscando con la mirada algo que le sirviera para protegerse, no veía más que trozos de madera y algunas piedras, pero la idea de intentar defenderse con eso era absurda. Y el monstruo alzaba su arma…

Ukar hizo un gesto brusco, comenzó a quejarse y rugir. Surí saltó de nuevo hacia atrás y cogió un trozo de roca caída.

Ildare se había levantado y había conseguido lanzar otro cuchillo con la suficiente fuerza como para clavarlo en el costado de la enorme criatura. Parecía medio atontado por el golpe pero consiguió correr hasta su otro puñal antes que Ukar consiguiera arrancarse el arma.

Verven se dio cuenta y trató de impedírselo. Aprovechando que la atención de todo el mundo estaba en otra parte, Menare había conseguido acercarse a la cazadora, saltó sobre ella por la espalda e intentó sujetarla rodeándole los hombros con los brazos. Las dos cayeron al suelo peleando por intentar sujetar a la otra.

El monstruo abandonó sus intentos de coger el arma, aún incrustada, al ver a Ildare acercarse con el otro puñal en la mano. Casi con desgana le soltó un terrible mandoble que el joven solo pudo esquivar, intentar detenerlo le hubiera podido costar el brazo. Sin embargo, las piernas le fallaron, aún no estaba recuperado del golpe previo contra el árbol, y cayó sobre una rodilla.
Ukar consiguió por fin arrancarse el puñal y lo lanzó contra el chico. Para sorpresa de todos, consiguió cogerlo al vuelo antes de que le golpeara.

Surí había echado a correr hacia donde estaba Menare y entre las dos trataban de contener a la cazadora, intentaba hablar con ella y hacerla entrar en razón, pero Verven parecía sencillamente histérica.

-Escúchame, por favor, Verven…

-¡Soltadme, perras!, ¡en cuanto me libre de vosotras os destrozaré!, ¡pienso descuartizaros!, ¡¿habéis oído?!…

-Sí, seguro que así te vamos a soltar…-comentó Menare entre dientes.

-Verven, por favor, hazme caso, por favor, yo no hice nada…

La lucha de Ildare marchaba mal. Aún algo torpe, podía esquivar bien los ataques de Ukar, incluso intentó acuchillarle un par de veces, pero conseguir vencer a aquel monstruo y su mandoble, usando los dos pequeños puñales, era como intentar matar un toro con una aguja de costura.

El chico estaba rojo de rabia, Surí sabía que tenían que escapar de allí de alguna manera, no habría forma de que ganaran en aquellas circunstancias. Miró a su compañera, que había cargado todo su peso sobre la cazadora para inmovilizarla, pero Menare estaba tan confundida como ella.

Ukar bajó su espada, con la fuerza del golpe, parte de su enorme cuerpo se inclinó, Ildare lo aprovechó e intentó golpearle en la cara con el puño cerrado y el puñal en la mano, pero en el último momento, su adversario consiguió apartarse lo suficiente como para solo recibir un desagradable corte en la nariz y bajo su ojo izquierdo, que lo dejó confuso y parpadeando durante un breve instante.

Que Ildare no iba a quedarse para ver.

Corrió hacia donde Menare y Surí esperaban. Intentaron huir hacia los bosques, y en un momento de furia desesperada, Verven cambió las tornas y sujetó a Menare con fuerza, agarrándose a ella con toda la rabia que tenía. Ildare la golpeó en la cabeza sin demasiados miramientos, dejando a la cazadora inconsciente y a su hermana libre.

Corrieron montaña abajo, volando en la oscuridad y sobre piedra y madera resbaladiza.

Surí volvió la cabeza solo una vez.

Ukar no les seguía. Al contraluz del fuego le vio mirando a su compañera caída y luego mover amenazadoramente la espada hacia ellos, dejando claro cuáles eran sus intenciones para la próxima vez que se encontraran.

La tormenta se desató cuando perdieron de vista los fuegos utilizados en la emboscada, pero ninguno pensó ni por un segundo en detenerse para buscar un refugio. Hasta los rayos eran bienvenidos, así podían ver por donde pisaban.

-¿Crees que nos siguen?- preguntó a gritos, para oírse sobre el ruido de su alrededor.
-No-respondió Ildare-, no creo que se atreva a dejar sola a su nueva amiga con este tiempo.

Menare y ella se movían sujetándose la una en la otra, intentando no separarse entre la oscuridad y el frío. Se dio cuenta que su compañera temblaba mucho, parecía que estaba llorando.

-No, no… que no vengan…-la oyó decir en voz baja.

El camino era lento y pesado, tropezaban en la oscuridad y sus pies se hundían entre las hojas y el barro.

Surí no podía dejarle de dar vueltas a la cabeza a lo que había pasado.

¿Qué hacía Verven allí?, ¿qué hacía Verven con el asesino?, ¿qué sentido tenía aquello?

La cazadora no parecía hacer teatro, estaba enfurecida, estaba… descontrolada. Realmente creía estar llevando a cabo una venganza… eso podía entenderlo, ¿pero qué hacía con Ukar?, ¿igual no era el asesino?, lo había oído todo por Ildare, él era el único que lo había visto y su reputación no era buena…

Sacudió la cabeza.

¿Qué estaba pensando?, ni Ildare la mentiría en algo así, ¿empezaba a volverse loca ella también?

El asesino había conseguido engañar a Verven para ponerla de su lado, de alguna forma, esto tendría más sentido; su hermana podía ser útil en sus planes, si ellos morían en una venganza por alguien conocido sería más cómodo y fácil de explicar. Pero, ¿cómo podía haber engañado a Verven?, ¿y por qué el asesino quería verlos muertos?

¿Por qué no conseguía encontrarle sentido a nada?

El nuevo día solo trajo un poco más de luz. Salieron del bosque y buscaron un camino más transitable. Completamente empapados y ateridos de frío solo consiguieron encontrar techo en un viejo refugio para leñadores.

Capítulo 8

Continuaron el viaje al Sur en cuanto el tiempo mejoró. Surí con el convencimiento de que ser atrapados por la guardia parecía un destino menos horrible que ser asesinados, así que los caminos que escogieron fueron más seguros y vigilados de lo que habían sido hasta entonces.

Aún así, siempre mantenían algunas precauciones, tampoco era necesario ponérselo demasiado fácil a la guardia.

Ildare solía abrir paso andando solo. Cuando marchaba así procuraba parecer honrado y decente, bien peinado y con las mangas de la camisa subidas, ya que los guardias tenían la mala costumbre de pararle a menudo si iba con su aspecto habitual. Los malditos guardias y sus prejuicios.

Ellas solían ir juntas, detrás de él, y normalmente sin perderse mucho de vista.

El mismo día que salieron de los bosques, poco después del ataque en las montañas, vieron como su compañero se paraba frente a la pared de una vieja garita de la guardia abandonada, que marcaba el principio y final de dos provincias. Se quedó quieto hasta que llegaron a su altura y se aproximaron a ver qué era lo que había llamado su atención.

-¿Otro cartel nuestro?-observó Menare-¿es nuevo?

-Lee…

-Oh, no somos nosotros, General… de la… Guardia Real Al… Aídref… bla bla bla… en adres… arres…-la niña se calló para leerlo con más detenimiento.

La mandíbula de Surí se abrió de golpe.

-¿Qué?, ¿qué pasa?, no entiendo nada-gritó Menare, había perdido la paciencia por su propia torpeza al intentar leer y esperaba que sus compañeros se lo explicaran.

-Han detenido al general por el asesinato de Melyss.

-¿De verdad?, ¿lo dices en serio?, ¿pone ahí eso?, pero es bueno, ¿no?, entonces ahora somos libres, yo siempre sabía que había algo raro en ese tipo, somos libres, ¿no?…

-No cantes tanto-le advirtió su hermano.

Surí lo leyó un par de veces más en silencio. No eran tan buenas noticias, solo tomaban algunas precauciones ya que no tenían nada lo suficientemente fuerte contra alguien de su poder, solo querían mantener al general vigilado y le habían detenido en su casa, sin posibilidades de salir hasta los juicios… y a ellos los seguían buscando, como “cómplices”. Lo que había que oír.

¿Cómo podían ser compinches de aquel hombre con lo que les había hecho pasar?, ¿en qué pensaba esa gente?, ¿les habría acusado él para aparentar desviar sus culpas?, ¿por qué no?, todo el mundo lo hacía…

Apoyó la frente contra la pared llena de viejos papeles, dando un sonoro suspiro.

No, podía, más.

-Míralo, por el lado bueno, ya no ponen ese retrato horrible tuyo… -Menare le daba palmaditas en la espalda-, algo es algo…

Algo era algo.

Estando ya en las cercanías de la capital de nuevo, Surí no pudo evitar pensar que su casa estaba a menos de un día a caballo de allí.

Por el lado malo, en la región había puestos de soldados casi en cada curva del Camino Real, no podían permitirse hacer muchas tonterías y procuraban coger vías alternativas en cuanto tenían ocasión.

Habían decidido dirigirse a Bydona, era un pueblo grande y con mucha gente, rodeado de bosques y montañas, también era parada casi obligatoria para quien viajara a la capital, así que estaban acostumbrados a ver desconocidos. Era un buen sitio para esconderse un tiempo.

Tomarían una ruta por el Sur del río Fendrí, lo que quería decir que tendrían que cruzar un puente, y, como no podía ser de otra forma, había vigilancia en todos ellos; al menos los legales, los lugareños siempre hacían sus propios pasos, aunque los mantenían en secreto.

Se prepararon como siempre, con Ildare abriendo camino y ellas dos detrás a poca distancia, como si no tuvieran que ver entre ellos.

El chico pasó sin problema, un guarda escondió un bostezo y se rascó la mandíbula, el resto ni se inmutaron, una buena señal, pero cuando las chicas se acercaron, Surí se dio cuenta que algo iba mal.

Había cinco guardas fuera, cuatro de ellos parecían aburridos, pero uno se quedó mirando fijamente en su dirección. Intentó no prestarle atención, pero no podía evitar mirar de vez en cuando para comprobar que seguía con su vista clavada en ella. Se lo dijo a Menare y ésta se rió como si le hubieran contado un chiste muy divertido. La niña era mejor actriz que ella.

Estaban llegando a la mitad del puente cuando alguien les llamó.

-¿Sí?-respondió Menare alegremente-¿Pasa algo?

-Venid un momentito al cuartel, por favor, van a ser solo unas preguntas de control.

-¡Oh, bien!

El tipo que hablaba era uno de los guardas que parecían aburridos, pero tras él seguía el que no dejaba de mirarla. Surí intentó analizar su cara por si podía reconocerle de alguna parte, y así mismo, él podría reconocerla a ella, o solo estaba siguiendo algunas sospechas. Pero el soldado no le sonaba de nada, claro que el casco de algunos uniformes tapaban media cara, y no lo reconocería aunque lo hubiera tenido toda la vida a medio metro.

El cuartel estaba justo al otro lado del río, entraron y las acompañaron a una habitación en la primera planta, donde se sentaron. Había un hombre tras una mesa, con varios papeles y aspecto de ser alguna especie de secretario. Las miró con algo de confusión hasta que el soldado sospechoso se acercó a él y le dijo algo al oído, entonces el secretario se encogió de hombros y se marchó. Al poco apareció otro soldado, de mayor graduación que el primero, algún sargento, probablemente.

A Surí no le estaba gustando nada aquello.

-¿Pasa algo?-preguntó Menare, repetía la pregunta a cada soldado nuevo que veía.

El sargento se sentó en la mesa con aire grave.

-Son solo unas preguntas rutinarias, ¿no sois de por aquí?, ninguno de mis soldados os reconoce.

-No, no somos de por aquí, vamos a ver a nuestra prima en Grundil que se casa esta semana, toda la familia estaba preocupada porque nunca encontraría marido… cosas de unas desagradables manchas en la piel y eso, aunque ella es una buena mujer, ¡pero ya ve!, que alegría más grande tenemos…

-¿No sois muy jóvenes para viajar hasta allí solas?

-¿Qué?, nooo, ya soy muy mayor, además estos caminos están bien vigilados, ¿verdad?, y nuestro tío vendrá a recogernos en cuanto lleguemos a Bergamon.

-¿La que te acompaña es tu hermana?, parece mayor que tú, ¿por qué no habla?

-¿Quién?, ¿Drinulda?, es otra prima… -empezó a susurrar-, no muy lista, ¿sabe?, es cosa de la familia de mi tío Ebruncí, nunca han estado muy bien de aquí… y ella de pequeña se les debió de caer de cabeza además… ha aprendido ha hablar hace apenas un par de años y aún así, créame no quiere orla, una vez pasaba un burro cerca cuando…

-Ya, ya… ¿Nos disculpan un momento, por favor? No se muevan de aquí.

-No, tranquilo.

Los dos soldados salieron y les dejaron solas. Surí no se aguantaba los nervios, había aprendido a disimular algo, pero había veces que lo mejor era sencillamente dejar hablar a Menare. Si no les convencía, al menos la cabeza les daría vueltas durante una hora.

Se inclinó sobre ella y le preguntó qué podían hacer ahora, pero la niña la hizo callar y corrió hacia la puerta.

Fue tras ella y salieron al pasillo, no había nadie, Menare pegó la oreja en todas las puertas de alrededor hasta que dio con la que buscaba. Le hizo un gesto de silencio mientras se acercaba, su expresión pasó de la concentración al puro pánico.

-Quieren matarte, quieren matarte…-le dijo en una voz que intentaba ser baja.

Palideció.

-¿Qué?-respondió en el mismo tono y puso también la oreja contra la puerta.

Las voces venían distorsionadas y a veces tenía que imaginarse las palabras, pero su sentido dejaba pocas confusiones.

-…si viene… pronto estaremos seguros…

-No me apetece cargar con el cadáver de una cría… el mensajero la conoce, que se encargue él…

-¿Y con qué excusa la retenemos hasta entonces?, va a ser peor…

-Nada… las dejamos ir y fingimos un secuestro en cuanto dejen atrás el puente, puedes ir… Bergamon, conozco a algunos tipos que servirían…

-No me fío…

-No hace… solo diles… y págales….

Surí se apartó, incapaz de oír más. Corrió hasta una ventana, era un primer piso, y estaban rodeados de guardias. Menare la agarró de la camisa, la hizo volver a la habitación y cerró la puerta tal y como estaba.

-¿Has oído?, ¿has oído?-la niña parecía tan frenética como ella.

-Sí, ¿qué hacemos?… ¿porqué quieren matarme?…

Se le agolpaban las ideas… ¿quién demonios era “el mensajero”?… ¿Por qué la guardia quería matarla?… ¿Habían dicho una emboscada?, podrían evitarla, no pasaba nada, podrían evitarla, pero, ¿quién era “el mensajero” que decía conocerla?… ¿y por qué parecía todo el mundo quería matarla?

Estaba a un segundo de ponerse a gritar.

-Creo que vienen, disimula.

Surí corrió hacia la ventana del cuarto, fingía mirar el paisaje con atención y evitaba mirarles a la cara.

Solo entró el sargento.

-Podéis iros, gracias por vuestra ayuda.

-Gracias a ustedes por su atención, nos sentimos tan seguras con guardias tan entregados y digerentes, vamos Drinulda, tenemos que seguir el viaje, te daré una golosina si andas rapidito…

Escondía las manos bajo sus mangas, temblaban. Menare tiraba de ella, se dio cuenta que su rostro estaba rojo y tenso, hasta la pobre niña tenía problemas para disimular.

Salir a la calle les hizo sentir mucho mejor. Surí casi podía respirar, ahora tendrían que huir y esconderse en el bosque para evitar la emboscada, era tan sencillo como eso.

-¡Un momento!

Las dos brincaron al unísono, el sargento se acercaba de nuevo a ellas, por lo visto, no muy confiado.

-No puedo dejar que dos jovencitas vayan solas hasta Bergamon a estas horas. Os acompañará uno de mis soldados.

Palidecieron.

-N… no, de verdad, no es ne… necesario…

-Por su puesto que sí, en seguida llamo a uno de mis hombres.

Hizo un gesto a un soldado, el soldado se acercó y le dijo algo al oído, a continuación entró en el cuartel. Salió otro soldado y el sargento se alejó un poco para hablar con él.

Entonces aprovecharon para echar a correr.

Surí oyó algunos gritos a sus espaldas, ya conocía aquello; lo siguiente serían los caballos y tenían que ganar terreno antes, así que ni se molestó en girarse. Abandonaron el camino y bajaron hacia el río, donde la vegetación era más espesa y sería más complicado seguirlas. Ninguna de las dos jóvenes intercambió una palabra mientras se lanzaban precipitadamente hacia la maleza.

Su respiración empezaba a dolerle en el pecho cuando oyó algo que la puso más nerviosa que los cascos de caballo.

-¡Perros!-exclamó Menare-¿van a lanzar perros contra nosotras?, ¿creen que somos asesinos o algo?, no me gustan los perros…

Surí estaba tan asustada como ella. ¿Serían sabuesos o perros de caza?, cualquiera de las dos opciones era mala, pero los sabuesos al menos no eran famosos por despedazar a sus presas antes de que llegaran los soldados…

-Vamos a hacer una cosa-dijo mientras continuaba huyendo, aunque el cansancio, y la complicación del terreno, hacía más que su paso pareciera una dolorosa marcha que una huida-, vamos a separarnos, va a despistarles-o eso esperaba-, tú sigue hacia el camino, yo seguiré hacia el río… Si tenemos problemas, tú podrás pedir ayuda y yo podré tirarme al agua.

Menare no estaba segura, no le gustaba nada la idea y se le notaba, pero no podía pensar nada mejor en aquel tiempo y bajo aquella presión, hacia el camino estaba Ildare, a su hermano seguro que se le ocurría cómo ayudarla… pero separarse de Surí…

El alboroto de los perros, acompañados de voces, llegó hasta ellas desde peligrosamente cerca y no tuvieron tiempo de pensar más, Menare se echó a llorar y continuaron la huída, una por cada lado.

Surí siguió corriendo. Lo malo de la persecución no era el dolor, no era el cansancio, ni tan siquiera los golpes contra troncos y ramas que fustigaban el cuerpo al pasar, era la frustración. Respirar cuando el terror se metía en los pulmones y amenazaba con hacerlos estallar, cuando la garganta parecía encogerse hasta el punto que parecía que el aire no quería entrar, y las lágrimas saltaban por la frustración. La frustración, la frustración de no poder, de que pese a todo su esfuerzo no valía la pena, era horrible. Y aún así tenía que seguir corriendo.

Si su plan había funcionado Menare tenía que estar a salvo, porque la maldita jauría iba definitivamente tras ella.

Llegó a sentir pánico, a cada latido más convencida de que su única salida sería intentar cruzar el río.

El Fendrí venía bajo, y su superficie era tranquila, pero seguía siendo un río importante y ella no sabía nadar bien.

Pero no le quedaban más opciones, el agua o los perros.

Solo esperaba que no la vieran. O que tampoco supieran nadar.

Se acercó a la rivera, llena de piedrecitas y medioarbustos arrancados por las últimas riadas y corrió hasta la orilla. El agua estaba muy fría, boqueó notando que le costaba respirar, aunque solo estaba sumergida hasta las caderas, y terminó zambulléndose de golpe cuando no pudo caminar más.

Agua de las montañas. Completamente helada.

Lo único que sabía de nadar se limitaba a un pequeño pantano cerca de su pueblo, solo necesitaba mantenerse a flote y bracear un poco para ir a donde quisiera. Aquello era completamente distinto.

La fuerza con que el agua le arrastraba era brutal, la placidez de la superficie engañaba sobre el inmenso poder que llevaban las corrientes bajo la misma. Era como un muñequito de paja, no controlaba para nada hacia donde ir, lo único que hacía era luchar para no ahogarse y mantener la cabeza fuera.

Aquella sensación de absoluta impotencia era aterradora, sin embargo, no había ningún bache o recodo peligroso en aquel trayecto y pudo acostumbrarse a aquella impresión lo suficiente como para centrar su mente en la idea de llegar al otro lado y no sucumbir al pánico. Sin atreverse a mover los brazos apenas, para no hundirse, pateaba el agua con una patética desesperación, le parecía viajar a una tremenda velocidad con la corriente, pero más bien poco hacia la orilla; se hacía eterno, y estaba agotada.

Finalmente chocó contra algo. Su cuerpo se ladeó y acabó hundiéndose y tragando agua, y volvió a chocar. Agitó los brazos tratando de encontrar aire y llevar la cabeza hacia allí, estaba atascada contra algo y el agua pasaba a toda velocidad sobre ella. Consiguió tomar una bocanada antes de volver a hundirse.

Era la orilla, había pegado contra una roca que sobresalía de la orilla, ahora solo tenía que buscar suficiente apoyo y dirigirse hacia allí. Cogió aire otra vez e intentó impulsarse contra la piedra, el agua hacia que chocara contra ella continuamente, a medida que intentaba avanzar, poco a poco, pero la corriente ya no era tan fuerte allí. Pronto pudo caminar y en cuanto tocó suelo seco se dejó caer de rodillas.

Se quedó allí varios minutos, maravillada por lo hermoso que era respirar y extrañada de que el mundo estuviera quieto.

Cuando se puso en pie temblaba como una hoja. El sol se estaba ocultando y el día refrescaba, el viento no era frío pero se le clavaba en los huesos, iba a tardar una eternidad en secarse en aquellas condiciones.

Miró hacia la orilla opuesta, no había rastro de perseguidores. No estaba segura cuánto habría bajado por el río, se le antojaban kilómetros y kilómetros, pero puede que solo hubiera sido cosa del miedo. Fuera la distancia que fuera, no había nadie por allí… y tampoco sabía donde estaba.

Cuando quiso andar las piernas protestaron, estaba agotada pero no podía quedarse quieta, sacando fuerzas de donde apenas quedaban empezó a moverse.

Inició su camino muy desorientada, imaginando que si se alejaba del río, sencillamente encontraría algún pueblo o vía, estaba segura que tenía que haber alguna no muy lejos, pero lo único que hacía era subir por pendientes rodeadas de árboles, no encontraba ningún camino ni señales de gente, y acabó perdiendo la noción del tiempo

Era casi noche cerrada cuando oyó un relincho. Quedó clavada en el sitio, esperando oír más, pero solo fue uno… y no estaba lejos.

Se dirigió hacia el sonido, vio una cabaña y lo que parecía un corral pequeño. El caballo estaba atado cerca de la entrada. Salía luz de la casa, había alguien dentro. Por un momento, la idea de un fuego y un lugar donde sentarse ocupó toda su mente, divagando por regiones en las que no tendría que estar. Luchando contra aquellas ideas intentó volver a centrarse en el caballo. Si pudiera hacerse con él…

No oía nada viniendo de la cabaña, se acercó al animal lentamente, casi podía tocarlo cuando estuvo a punto de chocar contra alguien.

-¡Ah!, ¡madre mía, ¿de dónde sales?!-exclamó la figura.

Surí tartamudeó. No era miedo, seguía temblando como una hoja.

-¿Qué dices?… no te entiendo… ¿quién eres…?, ¿y que ha pasado con tu ropa?

-…caí al río…-acertó a decir finalmente.

Su interlocutora era una mujer pequeña de mediana edad y gesto severo, la miró con cierta extrañeza, la ropa ya no goteaba pero seguía bastante empapada.

-Vaya… pobrecita… ven, entra al fuego para calentarte y que te vea mejor…

-Gr… gracias…

La casa era pequeña, incluso para una sola persona, había algo cocinándose en el fuego y su estómago no tardó en recordarle que tenía hambre.

-Ven, siéntate… no, no tienes buen aspecto, acércate más al fuego…

Obedeció, la mujer le miró largo rato, hasta que empezó a ponerse nerviosa.

-¿Tienes hambre?-le preguntó finalmente-. Seguro que sí, solo es sopa, pero te sentará bien, está caliente.

-Gracias, pero no hace falta…

-No te preocupes, tengo más comida.

-Ah…entonces, gracias.

La mujer se levantó a poner algo parecido a una mesa y Surí aprovechó para adecentarse un poco. Su bolsa había permanecido con ella gran parte del trayecto, pero algunas cosas, sobre todo comida, habría que tirarlas… su cambio de ropa parecía estar bien… mojado, pero bien, y el bolsito bordado solo estaba húmedo…

La señora le tendió un enorme cuenco humeante con caldo, Surí volvió a guardar bien sus cosas.

-Gracias-repitió-… ¿vive aquí sola?

La mujer rió.

-No, vivo en el pueblo, no está muy lejos, solo subo aquí una o dos veces por semana para cuidar de los cerdos.

-Ah… tiene cerdos en el corral, entonces.

-Sí.

-¿Y salen fuera?

-No estos, cuando se hacen muy grandes es mejor tenerlos bien cerrados, pueden ser peligrosos.

-Ah, no lo sabía, mi familia solo tiene gallinas, y conejos, y vacas… y caballos…

-¿Vive lejos tu familia?

-No mucho-respondió, dándose cuenta que realmente no estaba tan lejos, menos aún si contaba todo lo que hubiera podido viajar por el río.

-No tienes buena cara… ¿has terminado la sopa?, ¿quieres dormir un rato? Hay una cama en la habitación pequeña de allí…

-Umm… ¿está segura?, si me dice el camino preferiría marcharme…

-No, niña, ¿cómo te vas a ir a estas horas?, y mira la mala cara que tienes, ve a acostarte anda…

La cogió con suavidad de la muñeca y la llevó hasta el cuartito. No era más que una cama con una puerta, cuatro paredes y un techo, pero era lo más acogedor que había visto en mucho tiempo.

-Lo siento, pero, ¿y usted?

-Oh, tengo mantas…

-Pero…

-Vas a ofenderme, ¿crees que soy tan vieja que no puedo pasar una noche durmiendo en el suelo?

-Oh, no…

-Pues ala, quítate lo que aún esté mojado y échate. Yo salgo un momento a cerrar bien a los puercos y vuelvo en seguida, ¿eh?

-Bien… gracias.

La mujer le sonrió y cerró la puertecita del cuarto.

Surí miró a la cama, estaba cansada y confundida, lo único que realmente le apetecía era dormir, pero no se sentía bien. “En esta casa no se duerme mientras falte algo que hacer”, solía decirle su madre, en su casa nunca se dejaba ninguna labor que pudiera hacerse en el día para el día siguiente. Le hacía gracia que se sintiera culpable por no ayudar cuando hacía un momento había estado planeando robarle el caballo a la señora.

Decidió salir para preguntar si había algo en que pudiera echar una mano antes de ir a dormir.

Cuando se dirigió a la puerta de salida estaba cerrada.

La sacudió un par de veces, confundida. Cerrada.

-¿Oiga?-llamó, acercándose a una de las ventanas. El fuego que había en el hogar estaba casi apagado, apenas veía nada del exterior-¡¿Oiga?!

Las ventanas eran simplemente un par de estrechas ranuras, ni siquiera podía sacar la cabeza por ellas. Entonces se dio cuenta que el caballo que estaba frente a la entrada se había ido.

Volvió a correr a la puerta y la pateó, frustrada.

-Maldita sea, ¡oiga!-esperaba que fuera una confusión. ¿Por qué aquella señora la había encerrado después de haber sido tan amable?

…porque sospechaba de ella e iba a entregarla a la guardia, qué pregunta tan tonta.

Golpeó varias veces la puerta de nuevo y luego empezó a dar vueltas para intentar dar con la forma de huir. Aquella casa no era más que una caja de madera, los únicos huecos al exterior que tenía eran la chimenea y las ventanas, y no entraba por ellos. Buscó entre los pocos arcones y cajones que había en la casa, pero no encontraba nada útil.

¿Cuánto tiempo podría tardar aquella mujer en volver con los soldados?

Se acercó de nuevo a la puerta intentando buscar un punto débil. Era una puerta simple, sin ningún tipo de pomo o manilla, solo con una gran cerradura metálica por fuera y un trozo horizontal de madera en el interior para abrirla. Tenía grandes bisagras de metal, muy oxidadas pero aún fuertes.

Entonces se acordó de la lumbre. Intentó avivar los restos para no quedarse a oscuras, no encontraba madera para quemar, así que directamente echó el mismo tazón con el que le había servido la sopa y unos trapos. Mientras atizaba las ascuas reparó en el atizador metálico y se le ocurrieron un par de maneras en que podía serle útil.

Lo llevó hasta la puerta e intentó hacer palanca, tiró hasta que le ardieron las manos y el atizador terminó por escaparse de ellas, acabando contra un montón de cestas. Cambió de táctica y se dedicó a golpear con la punta el lugar donde debía estar la cerradura. La madera era firme, pero vieja y seca, las astillas volaban a cada golpe y Surí sintió el golpear metal contra metal como un canto de victoria. Podría reventar la cerradura, lo que no sabía era si lo haría antes de que llegaran los soldados.

Siguió golpeando.

Entregarse a la guardia siempre le había dado miedo, todos estaban contra ella, nadie creía que era inocente; pero ante la posición de enfrentarse a gente que quería sencillamente matarla… había supuesto que, si se entregaba, igual tenía una oportunidad de salir con vida, igual la protegerían, hasta un juicio al menos, y con un poco más de suerte, podría demostrar que no había hecho nada para merecer aquello.

¿Pero qué iba a ser de ella ahora?

Después de lo que había ocurrido no podía fiarse de nadie en la guardia. Aunque aquel sargento y sus soldados eran los únicos interesados en ella del lugar y habían intentado disimular su muerte… ¿Qué importaba?, ¿cómo iba a fiarse de nadie?

La puerta gimió, la cerradura estaba ladeada, aún evitaba que la puerta se abriera, pero le faltaba poco para romperse del todo.

Faltaba poco, faltaba poco.

No, no podía dejarse caer en manos de los soldados. Querían matarla, todos querían matarla. Hasta aquella maldita señora que la había encerrado allí seguro que quería verla muerta.

La puerta se abrió con suavidad, la cerradura colgaba aún de algunos trozos de madera, pero estaba abierta.

Surí sintió deseos de llorar al verse libre. Volvió a la casa y cogió una pequeña lámpara con una vela, no iba a durar mucho pero no andaría a oscuras durante un buen trecho.

Dudó hacia donde dirigirse, suponiendo que cualquier sendero sería igual de malo que otro, decidió continuar en dirección hacia donde creía debía bajar el río y, desde allí, quizá conseguirá encontrar la forma de llegar a Byerne.

Teniendo en cuenta que la luz de la vela a lo justo servía para ver delante de sus narices no creyó que fuera a delatarla y la echó de menos cuando se terminó. Aún así, no se detuvo en toda la noche.

Palpando, más que viendo, el camino que seguía, anduvo sin tratar de pensar en nada más que seguir adelante. Empezó a ver sombras extrañas entre los árboles y a convencerse que había alguien persiguiéndola. Hasta creía oír caballos. Un extraño reflejo de la Luna le hizo pensar en Ukar, el viento golpeando las ramas de algunos espinos era el cabalgar de la guardia…

-Dejadme en paz, dejadme en paz… no he hecho nada… dejadme en paz…

A veces lloraba, a veces hasta gritaba a las sombras.

-¿Quiénes sois?, ¿por qué queréis matarme?, no he hecho nada… dejadme por favor… solo quiero irme a casa… ¡¿Por qué queréis matarme?!

Se cayó un par de veces, y se volvía a levantar asustada en cuanto oía un ruido.

El amanecer consiguió tranquilizarla, un poco. Empezó a sentirse más a salvo… Ya veía por donde caminaba, sin embargo, a aquellas alturas solo podía pensar en descansar.

El terreno clareaba hacia abajo, supuso que se trataría de un pueblo. Avanzó para asegurarse pero perdió pie, intentó agarrarse a algo pero el suelo se escurría bajo ella, hierbajos y arbustos habían tejido allí un engañoso suelo.

Gritó asustada al verse incapaz de detener la caída. Las zarzas se enganchaban a su ropa y tiraban de ella, se agarró a una pequeña raíz pero quebró. La caída no era vertical pero era incapaz de hacer pie, patinaba cada vez más rápido, finalmente perdió el control y terminó rodando ladera abajo, golpeándose con cada piedra y saliente en su camino, hasta que solo sintió un silencioso vacío bajo ella y un golpe súbito y contundente.

Luego nada.

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