?

Log in

No account? Create an account

Previous Entry | Next Entry

Originally published at Vel Anima. You can comment here or there.

[There we go again~~. Aparte, estoy frustrada con un dibujo *muy enfadado*

Edit: FUCK YOU LIVEJOURNAL]

El Secreto de los Dientes de León

Capítulo 9

Un pájaro cantaba. Una avifata, estaba segura. Reconocería a aquel pájaro maldito entre cientos de trinos. Intentó ignorarlo, tenía cosas que hacer, había pasado el día trabajando en el campo, estaba cansada y le dolía todo el cuerpo, y aún le quedaba recoger la ropa tendida y encerrar a los animales en el granero…

El avifata seguía cantando.

¿Por qué no podía callarse?, ¿por qué no la dejaba en paz? Estaba muy cansada…

-Deja…

Intentó mover un brazo, pero el dolor era horroroso.

Entonces empezó a darse cuenta que no estaba en su casa.

Abrió los ojos, seguía oyendo a aquel maldito pájaro y en un principio no entendía lo que pasaba.

Vio el juego de luces y sombras de las hojas de los árboles sobre ella. Estaba tirada en el bosque, y entonces empezó a recordar a la señora de la cabaña, la noche… ¿había llegado a ver amanecer?, no se acordaba, pero no se había quedado dormida, estaba segura que estaba allí tirada porque se había caído.

Respiró hondo.

Le daba miedo levantarse, tal como estaba tenía dolores, pero lo último que le hacía falta era descubrir que además se había roto una pierna.

Oyó movimiento cerca de ella y un suave resoplido. Así que no estaba sola.

Luchó por erguirse, los brazos estaban llenos de morados y cortes, y el izquierdo le producía horribles pinchazos en la espalda si lo movía hacia atrás, pero funcionaban al menos. También podía mover las piernas, pero temblaban y se quejaban cuando intentaba apoyarse sobre ellas, así que prefirió quedarse sentada.

Había una persona detrás de ella, un hombre joven acompañado de una yegua parda, estaba sentado en el suelo, mirándola con expresión ausente.

Gruñó para sí, ya que estaba allí podía molestarse en echarla una mano, ¿no?

-Uh… ¿hola?

El joven no contestó.

-Hace un día precioso, ¿eh?

-¿Estás bien?, ¿puedes ponerte en pie?

Aquel tipo era idiota o qué.

-Pues… no sé… creo que estoy un poco mareada…

Entonces el tipo decidió levantarse, se arrodilló junto a ella y le colocó una mano en la frente.

-¿Te has golpeado la cabeza?

-Euh… no estoy segura…-empezó a tocarle el cráneo, para su más absoluta sorpresa.

-No parece que tengas chichones.

-¿Eso es bueno?

-Espero. Intenta ponerte en pie otra vez.

Se apoyó en el brazo que tenía más sano y luchó de nuevo por levantarse, le dolía muchísimo un costado, se acordó de la roca en el río y temió que tendría alguna costilla rota. Las piernas seguían temblando, pero poco a poco parecían ganar fuerza.

-¿Puedes andar ahora?

Le miró con algo de recelo. Todo aquel proceso sería más fácil sin un mirón al lado, o al menos, menos vergonzoso.

Empezó a moverse y cada paso era menos difícil que el anterior. Respiró aliviada, al menos no tenía nada grave, no quería pensar que podría ser de ella si no podía valerse por sí misma para huir. Ni Menare ni Ildare estaban con ella aquella vez para echarla una mano.

Aunque estaba aquel mirón, que aún no tenía ni idea sobre qué hacía allí.

-Gracias por tu ayuda-le dijo, luchando porque no sonara como la gigantesca mentira que era-, creo que ya puedo arreglármelas sola.

-¿Vas a algún sitio?

-Eh… sí, a Bydona… ¿queda lejos?

-Como a dos días andando.

Era mucho. También se llevó mentalmente la mano a la cabeza, había sido una torpeza confesarle su destino. Si es que era tonta de remate, perdía a Menare un día y ya estaba metiendo la pata.

-Bueno, y… eeh… ¿un camino que salga de este bosque?

-Si vas a Bydona puedo llevarte.

-¿Eh?, no, gracias.

-No vas a llegar muy lejos como estás, puedo llevarte en el caballo.

-No, de verdad.

-No voy a hacerte nada, y tampoco voy a dejarte sola en este sitio tal cual estás.

Tenía una voz algo áspera, y en vez de intentar mostrarse inofensivo y amable parecía estar enfadado. Tenía que reconocer, al menos, que tenía una yegua preciosa, en aquellos momentos la miraba con unos grandes y cálidos ojos castaños…

-¿Vas a Bydona también entonces?

-Más o menos, antes tengo que hacer una pequeña parada en Tali, y aún así llegarías antes que andando.

Dudaba. Aunque pensándolo bien… podría escaparse con la yegua si decidía que aquel tipo era tan cretino como parecía.

-¿Sabes montar?

-Aah… un poquito…

Cogió a la yegua de las riendas y se la acercó.

-¿Te ayudo a subir?

-No, no hace falta…

-No está muy bien educada, no he tenido tiempo, pero es mansa así que no te preocupes.

-No estoy preocupada.

Se remangó con cuidado la falda al sentarse.

¿Por qué iba a preocuparse por el animal?, era del dueño del que no se fiaba.

Era un hombre joven, de pelo castaño, no precisamente alto, pero parecía fuerte. Iba vestido de una manera bastante sencilla, aunque la ropa era buena. ¿Un rico con ropa holgada para viajar o un poca cosa que intentaba ir apañadito a la ciudad? El resto de él tampoco decía mucho, su forma de hablar resultaba neutra, tenía gestos enérgicos y bruscos, y la voz grave para su edad. Entonces se dio cuenta que llevaba una espada a la cintura.

«Rico, tiene que ser alguien rico, quien no tiene miedo de que le puedan robar no va por ahí con espada, ni podría permitírsela tampoco».

-¿Cómo te llamas?-le preguntó.

El joven había cogido su bolsa y la estaba enganchando en la grupa de la yegua, giró la cabeza para mirarla antes de contestar.

-Covan.

-Ah, yo soy Surí.

Le vio hacer un casi imperceptible gesto de sorpresa con los ojos y aquella vez se llevó la mano a la cabeza de verdad. ¿Cómo se le ocurría darle su verdadero nombre?, seguro que lo había reconocido. Se palpó la cabeza, tenía que tener algún golpe en alguna parte, tanta estupidez de golpe no era propia ni de ella.

-Conocí a una chica que se llamaba Surí…

-¿Ah, sí?-exclamó con más alegría de la convenida, ¿por eso había puesto cara de sorpresa?

-Sí, criaba gallinas en una granja.

-A mí me gustan las gallinas.

-Qué bonito.

Habían comenzado a andar, el chico marchaba primero, dándole la espalda.

-Aunque me gustan más los caballos.

-¿Crías caballos?

Frunció el ceño. ¿Se estaba riendo de ella?

-No, pero me gustaría tener una granja algún día…-confesó, intentando mantenerse alejada del tema de su identidad.

-Son bastante complicadas.

-Bueno, he dicho algún día, no inmediatamente, puedo prepararme… ¿y cómo sabes eso?, ¿crías caballos?

-No, pero he tratado con algún que otro granjero. Son también grandes estafadores, por cierto.

-Bueno, más cosas para aprender. Cómo estafar a los catetos…-había sido una grosería, pero no estaba de humor para que nadie intentara reírse de ella en aquellos momentos, le dolía todo el cuerpo y estaba agotada.

Covan hizo un extraño ruido. ¿Se había reído?

Esperaba que no hiciera ninguna gracia más, de verdad que no estaba de humor.

El chico dirigía la marcha, llevando de las riendas a la yegua en la mano, mientras ella se agarraba a la silla o las crines. El animalito se desviaba y se paraba a veces, aunque a la mínima señal volvía a su camino. Surí no lamentaba aquellas pequeñas interrupciones, tenía más paciencia para con la yegua que para su amo, y se sentía cómoda allí arriba, pese a todas las lesiones. Casi podría cerrar los ojos y echarse a dormir.

Seguían un camino rodeado de árboles que les protegían del intenso Sol del verano, a veces pasaban lugareños u otra gente a caballo. En una ocasión se cruzaron con tres guardias, uno de ellos la miró más rato del que la hizo sentir cómoda, pero pasaron de largo sin decir nada.

A media tarde llegaron a una zona también muy arbolada, con algunas casas y establos que parecían haber caído allí según le resultara más conveniente al que las hizo. Más que un pueblo, parecía un gran lugar de paso temporal.

-Allí hay una venta-señaló Covan-, suelen tener una zona de baño, te convendría lavarte.

-… ¿gracias?

-Puedes pedir lo que quieras de comida o bebida, lo pagaré yo.

-Muy amable.

Bajó del caballo y le miró la cara, estaba hablando en serio. Nada podía sonar mejor en sus oídos que un buen baño caliente y un sitio donde tumbarse a descansar.

La venta era sorprendentemente limpia y acogedora, no lo hubiera adivinado viendo el exterior y sus contornos.

En el baño lavó sus heridas y comprobó cómo estaban las que no veía. Lo que más le preocupaba era un morado gigantesco en su cadera, hacía unos meses un golpe así la hubiera aterrorizado y se hubiera pasado una semana haciendo el vago o metida en la cama. Ahora daba gracias de que no la impidiera mucho moverse.

También tenía un par de arañazos feos en la cara, pero no se hubiera dado cuenta que estaban de no ser por el pequeño espejo de metal que había mal sujeto con cuerda en una pared. No le dolían nada, y tener la cara un poco desfigurada podía ser conveniente dadas las circunstancias.

Tras el aseo, corrió a su habitación, estaba en el último piso y quedaba lejos de la calle, más que suficiente como para mantenerse fuera del alcance de cualquiera. O eso esperaba, no había oído de Ukar, pero después de que la mujer de la caseta la denunciara (estaba bastante segura de eso), el ogro podía haber vuelto a dar con su pista. Estaba casi segura que “el mensajero” del que habían hablado los guardias del puente iba a ser Ukar, dijeron que la conocía, ¿quién más podía ser?

Entonces se acordó que quería hacerle algunas preguntas a su compañero.

Bajó al comedor y vio a Covan intentando ignorar un borracho que se había sentado a su lado e intentaba explicarle porque el hilo de esparto era mejor que el de cáñamo.

-¿Hay algún cuartel de la guardia por aquí cerca?-le preguntó, a Covan.

-¿Por qué quieres saberlo?

-Ah, curiosidad.

-No muy cerca, hay uno a medio día de aquí y otro en el siguiente pueblo.

-Bien.

-Parece que te molesta.

-Oh, no, no creas, quiero decir… este parece un sitio un poco rústico, ¿no?

-Es tranquilo, vivo cerca de aquí, nunca pasa nada interesante.

-Eso espero.

-¿Has dicho algo?

-No, nada.

-…porque cuando se humedece, la fibra no queda tan dura, a no ser que la untes con algún aceite…

-¿Tienes hambre?, voy a pedir algo de comer.

Le vio levantarse de la mesa, miró al hueco que había dejado entre ella y el borracho con algo de desconfianza.

-… ¿y este tipo?…

-Ese creo que ya ha comido.

-Por eso es mejor usar esparto…

Cuando subió de nuevo a su habitación, revisó varias veces su ventana para que cerrara bien y otras tantas veces la puerta. Puso la pequeña mesita de madera en medio para que no se pudiera abrir, luego pensó que, de la misma forma, si tenía que escapar se le complicaría la huida y la dejó donde estaba al principio. Tras otra pequeña deliberación mientras se sentaba en la cama, volvió a colocarla contra la puerta.

Más satisfecha se fue a dormir.

No tenía ningún plan para el día siguiente, mientras Covan no hiciera nada extraño, dejarse llevar le parecía la mejor idea, por el momento había salido bien, aunque podía ponerle pegas a su carácter, se había comportado correctamente. No tenía por qué desconfiar, y realmente era lo último que le apetecía hacer en aquel momento, buscar más enemigos. Ya había encontrado bastantes sin hacer nada.

Debía de contar, además, con que tal y como estaba no podría llegar a Bydona por sus propios medios, no sin tardar una eternidad y posiblemente pasar hambre o meterse en problemas.

Por la mañana se despertó asustada, por un momento creyó que no se podría mover por el dolor. Intentó tranquilizarse, respirar hondo, y lo intentó de nuevo, los dolores empezaron a desaparecer, y para cuando llegó a ponerse de pie solo quedaban molestias, se sentía mejor que el día anterior. El brazo izquierdo aún dolía, la cadera gritaba y sus pies parecían haberse hecho el doble de grandes y pesados, pero por lo demás, funcionaba todo bien.

Preparó sus cosas y bajó al recibidor. Covan se estaba riendo de algo que decía un tipo que esperaba allí también, parecía de buen humor.

-Buenos días-le dijo el joven.

-Buenos días… ¿ocurre algo?

-¿Tiene que ocurrir algo?

-Ah, no, se te ve alegre.

-¿Y tiene que ocurrir algo por eso?

-Ayer no parecías tan alegre.

-Ayer tuve un mal día.

Movió la cabeza, poco convencida.

-Estaba de mal humor, lo siento.

Lo decía con cierta mala gana, pero sonaba honesto.

-Oh, no, no importa, no pasa nada-respondió un poco sorprendida, ¿cuándo había sido la última vez que alguien le había pedido perdón por algo?

-¿Eso se lo has hecho tú entonces?-interrumpió el tipo que les acompañaba-. Eres un animal…

La estaba mirando la cara.

-¿Qué?, oh, yo no he sido, se cayó ayer en el bosque.

Surí asintió con la cabeza, pero el tipo se limitó a encogerse de hombros y salir a por su caballo.

-La gente que no sabe de lo que habla me irrita-se rascó un brazo-, ¿a ti no?

Se limitó a dedicarle una vaga sonrisa. Tenía cierta idea de lo que era que la juzgaran sin conocerla.

-Por cierto, ¿cómo estás?, ¿te duele algo?-continuó él.

-Oh, mejor que ayer, aunque me ha costado un poco levantarme.

-¿Tienes hambre?, creo que están sirviendo el desayuno ahora.

-Bien.

-Hoy llegaremos hasta un pueblo no lejos de Bydona y pasaremos la noche allí, y mañana llegaremos a la ciudad.

-Muy bien.

-¿Tienes algún problema?

Parpadeó.

-¿Debería?

-No lo sé, solo quiero saber qué te parece.

-No puedo quejarme, llegaré antes que si voy sola andando. Así que está bien.

-Me alegro. Creo que había olvidado lo que es que la gente no te ponga pegas continuamente a lo que haces.

-¿En qué trabajas?

-Ah, soy militar-Surí dio un respingo, entraban en el comedor y él le daba la espalda, así que esperó que no se hubiera dado cuenta-. Estoy de permiso para variar.

-Oh, militar, qué bien, ¿por eso llevas espada?, creía que llevabas mucho dinero o algo.

-Ja, ja, sí, dinero, ojalá, me gasté la mayoría de mis ahorros en una casa por la que apenas voy.

-¿No vas?

-Vivo en Byerne prácticamente, pero no me arrepiento de comprarla, es bueno alejarse de la capital de vez en cuando, puede triturar los nervios.

-¿En serio?, yo he ido a la capital un par de veces con mis padres, me pareció muy alegre.

-Es alegre, pero también es complicada.

-Supongo que con tanta gente los soldados tendréis muchos problemas, ¿no?

-Muchos.

-¿Y no has estado en ninguna otra parte?

-Sí, claro, imagina los peores destinos que hay en este reino, pues yo he estado en todos.

Se rió.

-Ya será menos.

-No, lo reconocieron mis propios superiores, “chiquitín, no sé a quien has cabreado para que te manden aquí, pero me alegro, ahora ve a partir leña congelada, eres el único de de la región que aún conserva todos sus dedos”.

-Qué horror-seguía riendo, Covan había bajado el tono de su voz, imitando un oficial mayor.

-En realidad había más gente con dedos, y nadie parte leña congelada, pero les gusta tomar el pelo a los bisoños, a veces, es el único pasatiempo que hay.

-Nunca he visto congelarse la leña.

-Por tu bien, espero que nunca lo veas.

Salieron de la venta poco después y cogieron los caballos. Covan había decidido alquilar uno para él y dejarle a Surí las riendas de la yegua. Era un poquito más difícil de controlar que si se la llevaba pero a Surí le hacia gracia.

-No dejes que se vaya hacia los lados, luego se acostumbra mal, dirígela hacia delante.

-Solo quiere comerse unas violetas silvestres.

-Si vas a dedicarte a criar caballos vas a tener que aprender a ser más dura con ellos.

-Yo los crío, no los educo-dijo como si supiera de qué estaba hablando.

Con aquellas pequeñas paradas como únicos contratiempos llegaron al pueblo donde iban a pasar la noche. Más grande que el anterior y más lúgubre.

Había otra garita abandonada llena de carteles en la entrada, Covan se detuvo a leer un momento y ella encogió un poco en su montura hasta que volvió a proseguir la marcha. Su cartel de aviso estaba allí, era el nuevo, sin su dibujo, y pareció no darse cuenta.

La venta también era más catastrófica que la anterior; para colmo, le dieron una habitación en la primera planta. Lo que no le gustó nada. Repasaba continuamente todos los puntos entre el suelo, la fachada y el marco de la ventana.

-Alguien puede subir fácilmente por aquí-dijo sin darse cuenta que su acompañante estaba detrás de ella.

-¿Quién iba a querer subir?-preguntó extrañado.

Dio un respingo.

-Aaah, no sé, cualquiera, ¡ladrones!

-¿Ladrones?, ¿tienes algo de valor que debería saber?

-Puf, no.

-Los ladrones no roban si no tienen qué robar, no te preocupes.

-Bien.

-Mi amigo está en las afueras, así que saldré un momento… puedes atar juntos los pomos de la ventana si eso te hace sentir mejor.

-Atar los pomos… buena idea…

-No salgas fuera, esta zona no es agradable de noche.

-No, no, me quedo aquí.

-Muy bien.

Covan estaba plantado en la puerta, mirando a un lado y otro del pasillo.

-Euh, ¿te vas ahora?

-Eh, sí, ahora me voy, solo venía a comprobar que todo estuviera en orden.

-Lo está, gracias.

-Bien… cierra la puerta con llave también. Buenas noches.

-Sí. Buenas noches.

Aquello era muy raro.

Se sentó en la cama confundida. Intentó recordar si en algún momento Covan había mencionado quién era a quien iba a ver (aparte de que fuera, “un amigo”) y para qué, pero no recordó nada. Empezaba a encontrarlo todo sospechoso, y le picaba la curiosidad. Algo no iba bien…

Finalmente saltó de la cama, cogió sus zapatos y su mantón oscuro y fue tras él.

El pueblo estaba algo animado, las tabernas cerraban, y la gente, con variables cantidades de alcohol en el cuerpo, volvían a sus hogares. No le costó descubrir a Covan hacia el final de la calle, era uno de los pocos que aún caminaba derecho.

Se escurrió entre las sombras sin que los transeúntes repararan en ella.

Covan se alejó de la calle principal, con ella detrás, y todo se volvió súbitamente oscuro y silencioso.

El pueblo estaba pobremente adoquinado y despejado, crecían hierbajos por todas partes y tuvo que andarse con cuidado para no pisar nada que hiciera un ruido delator. Podía permitirse darle ventaja pues no parecía sospechar ser seguido y ponía poco cuidado por donde se movía.

Tuvo un pequeño pinchazo de culpa durante un momento, intentó tranquilizarse pensando que si no tenía nada que esconder no pasaría nada, y si lo tenía… a quién le importaba lo que pensara.

Covan se detuvo de golpe y se giró. Surí tuvo problemas para ocultarse tras un árbol, pero estaba segura que no le había visto.

El chico llamó a una puerta y vio como alguien salía un rato después, estaba en ropa interior y parecía nervioso. Surí intentó acercarse para oír mejor lo que decían. Se agachó tras unos matorrales y se acercó poco a poco. El desconocido lanzaba frecuentes miradas a la casa y parecía pedir algo, entonces se movieron. Hacia ella.

Miró atrás, pero no había escapatoria posible, si intentaba huir en aquel momento la verían. Intentó encontrar un escondite mejor más próximo pero era tarde, los tenía encima, cualquier movimiento podría delatarla. En el último instante, se tapó la cara con la capucha, para evitar que el reflejo de cualquier luz le diera en el rostro y llamase su atención.

Pararon a apenas dos metros de ella.

No se atrevía ni a respirar.

-… pero entienda cómo estoy, señor-hablaba el desconocido, y por un momento creyó que se refería a sus paños menores-. A mi madre le dará un infarto si se entera que nos vigilan.

-Nadie va a vigilarte, solo necesito que les entregues este mensaje.

Surí parpadeó, la voz de Covan se había vuelto aún más grave de lo que era.

-Sí, señor-el pobre hombre suspiró-, si me pillan con esto podrían acusarme de traición, ¿verdad señor?

-Sí.

-Qué bien, señor.

-Ve a ver únicamente a mis capitanes o a mi hermano, nadie más, ¿entendido?, no hables con nadie más, no digas quién te envía. Búscate una excusa para ir a la capital… que sea buena esta vez.

-Le juro por la toquilla de mi madre que lo de las fulanas no fue idea mía, general, fue el enchufado de Dierto que siempre me carga a mí sus follones.

-Si esto sale bien, te daré el sueldo de Dierto.

-Sí, señor.

-Ahora ve a Byerne lo más rápido que puedas.

-Sí, señor.

El hombre salió corriendo hacia su casa dando saltos sobre la hierba. Covan comenzó a andar de vuelta hacia el camino.

Surí permaneció clavada donde estaba.

No podía haber oído mal a aquella distancia; había dicho “general”.

Capítulo 10

En torno suyo, todo estaba oscuro, más allá aún podían entreverse algunas luces que salían del pueblo. Pero junto a ella, solo había pequeños arbustos, mustios y secos, que soltaban débiles chasquidos al soplar el viento.

Covan no podía ser el general Aídref, ¿verdad?

Se puso en pie transcurrido un tiempo prudencial, después de que los dos hombres desaparecieran cada uno por su lado, y su aliento hubiera vuelto a tomar un ritmo regular. Dio algunos saltitos, se le habían dormido las piernas, miró desorientada a su alrededor, pensando cuál sería el mejor camino para salir de allí.

Trató de localizar las entradas y salidas del pueblo, deshaciendo sus pasos. En la oscuridad todo parecía igual; torpes casas de piedra mal puestas, callejuelas llenas de tierra aplastada que la vegetación intentaba recuperar con avidez. Dio por fin con la calle principal, en un pueblo tan sencillo la salida al bosque y el camino estaba justo frente a ella.

Tenía que huir, incluso podía oír al río desde allí.  Pero en un momento de duda volvió la cabeza hacia atrás, para asegurarse que nadie la observaba.

Había un hombre sólo en medio de la calle.

Reconoció a Covan, sintió tanto miedo como rabia creciendo en su estómago, en el escaso tiempo en que le dedicó al reconocerle, vio como uno de sus brazos se acercaba a la espada colgada del cinturón, y echó a correr hacia el río. No había hecho falta aquel último gesto, pero al menos, las dudas volaron como ella, hacia la espesura.

Había gran cantidad de árboles y arbustos,  y la luz era escasa. Estaba acostumbrándose a huir en aquellas condiciones, pero Covan posiblemente correría más que ella, así que necesitaba buscar un sitio donde esconderse. Parecía extraño que en un bosquecillo lleno de arbustos y de noche fuera tan complicado encontrar un lugar en donde podría pasar desapercibida, pero en su carrera no tenía tiempo de observar su entorno con atención y todos los pequeños huecos que pasaba de vista no le resultaban seguros. A cada momento se sentía más asustada.

Le llamó la atención un súbito cambio de forma en las sombras frente a ella, paró en seco antes de encontrarse con el terraplén que daba al río. Se felicitó mentalmente por haberlo visto antes de caerse, para variar, pero ahora que el camino por allí estaba cortado, necesitaba otro urgentemente.

Oía a Covan a sus espaldas, pero no podía verle, con un poco de suerte él tampoco la vería.

Inclinado de manera extraña sobre el terraplén había un grueso tronco de roble, con grandes raíces asomándose y agarrándose desesperadas a la tierra en un intento de mantener el enorme árbol anclado al sitio.

Saltando por encima de las raíces cayó al otro lado y se cobijó todo lo que pudo entre ellas.

Esperó mientras intentaba controlar la respiración, tapándose la boca con las manos. Su corazón latía a toda velocidad, el ruido que hacía era una locura y estaba segura que podría ser oído a varios metros, pero no tenía manera de hacerlo callar.

Vio a Covan. Había llegado al borde del terraplén en un par de saltos y miró hacia abajo.

-¿Surí?

Si no hubiera estado tan asustada, se hubiera reído.

Se quedó quieto donde estaba, parecía pasar una eternidad. Surí peleaba porque su aliento no la delatase. Cuando volvió a moverse se fue por donde había venido, ¿le había engañado?, ¿creería que la había perdido antes?

Decidió quedarse donde estaba por si regresaba pronto, no quería que ningún movimiento la delatara.

Miró hacia abajo, hacia la cuenca del río.

No estaba tan lejana, bien mirado. Y las plantas del borde del terraplén podían mantenerla oculta si se pegaba a la pared.

Volvió la cabeza varias veces para comprobar que no había nada sospechoso moviéndose cerca.

Había algunas piedras sobresaliendo, si se descolgaba agarrándose a las raíces del árbol y se apoyaba en ellas podría llegar abajo sin demasiados problemas. O eso esperaba.

Aguantó un tiempo más en el sitio, hasta que se decidió.

Dejó que su cuerpo cayera por el borde mientras se sujetaba a las raíces, éstas estaban llenas de tierra y sus manos se patinaban y arañaban con la corteza, cuando todo su peso cayó sobre sus brazos sintió un dolor intenso por todo el torso y se mordió el labio para evitar soltar sonido alguno. Pataleó un poco buscando donde agarrarse, el primer apoyo con el que dio se aflojó y patinó hacia abajo, la fortuna quiso que cayera en blando y no hiciera mucho ruido.

¿Por qué esta idea le había parecido más fácil antes?

Volvió a buscar y esta vez dio con una piedra que pudo sujetarla. Con precaución y aún agarrada a las raíces con un brazo, giró medio cuerpo para ver el suelo. No estaba tan lejos y parecía algo inclinado, apoyó un tacón, patinó y consiguió darse suficiente impulso al tocar suelo para ponerse en pie y acabar su descenso con cierta elegancia.

Y seguir huyendo.

Estaba convencida de que aquel río sería el Fendrí, así que imaginaba que solo tendría que seguirlo para llegar a Bydona… y que en algún momento encontraría un puente para cruzar. No quería repetir la experiencia de nadar contra aquella corriente.

Según andaba intentó recordar cuánta distancia podría haber hasta la ciudad, estaba segura que más de un día. Las aguas estaban bajas y al principio era sencillo caminar por la orilla. Pero también acabó encontrando cañas y arbustos, incluso árboles raquíticos que se inclinaban patéticamente río abajo.

El terraplén a su izquierda en ocasiones crecía, con la pared enladrillada torpemente, le pareció ver un hito en lo alto e imaginó que aquellas zonas eran el lugar por donde el río se juntaba con el camino y habían reforzado la pared para evitar desprendimientos.

Según pasaba la noche, y el susto y la sorpresa se esfumaban, empezó a pensar con más claridad.

No tenía comida, el agua podía conseguirla en el río, pero la comida podía ser un problema si no llegaba a Bydona rápido. Podía aguantar un día, igual dos, pero en tres acabaría asaltando a los viajeros. También se había quedado sin ropa y…

Se llevó una mano a la cara, sobresaltada.

El bolso. El bolsito bordado. Se había quedado atrás. Se había quedado atrás junto con todas sus cosas, junto con el general Aídref.

Quería gritar.

Lo único en lo que tenía una vaga esperanza de que podría exculparla y lo dejaba atrás junto con uno de sus más tenaces perseguidores, y más que posible culpable.

Intentó ponerse en marcha de nuevo, pensando en quitarle hierro. Después de todo, aún no había podido dar con nadie que le dijera nada, y no sabía seguro que fuera realmente importante, en lo que tenía que concentrarse era en huir.

Y, sin embargo, algo tiraba de ella hacia atrás.

Se sentó sobre un tronco abandonado por las aguas y apoyó la cabeza sobre las manos.

¿Qué hacer?, ¿qué podía hacer?

Lo único que le respondía era el ruido de la corriente.

Seguro que aún no sabía que ella tenía el bolso, podía volver e intentar hablar con él, podía ganar tiempo y hacer un pacto… él no sabía lo que ella sabía, podía intentar ganar tiempo, parecía un hombre dialogante… ¿o solo había estado actuando aquellos días?, ¿había intentado ser amable para ganarse su confianza y que le contara lo que sabía?

Suspiró y se volvió para mirar el río. El ruido de la corriente resultaba relajante, y extrañamente fuerte…

Se le puso la piel de gallina.

Solo el río. Pájaros e insectos, todo parecía en completo silencio.

Poniéndose lentamente en pie, miró a un lado y al otro de la cuenca, las orillas de grava y juncos estaban desiertas. Caminó hacia la pared del terraplén y se colocó de espaldas a ella.

Ukar estaba allí.

Su garganta empezó a picar y sintió las primeras lágrimas asomando.

¿Qué significaba aquello?, ¿perdía a Covan y aparecía Ukar?, ¿si él no podía con ella enviaba a su sicario?, ¿y dónde estaba?, sabía que estaba allí, pero ¿dónde? Su forma pálida debería destacar entre las sombras, y no había tantos lugares río arriba y abajo donde pudiera esconderse. ¿Por qué no podía verlo?

Los reflejos plateados de la Luna navegaban inocentemente sobre las aguas, sus ojos habían ignorado su brillo considerándolo inofensivo, pero algo empezó a perturbar el movimiento del río, y tardó casi demasiado en comprender lo que lo que era.

Gritó cuando vio a Ukar saliendo apenas unos pocos metros de distancia río arriba, desplazándose entre las aguas para no llamar la atención, o atravesando la fuerte corriente desde la otra orilla; no importaba, estaba allí. Comenzó a correr hacia el lado contrario, a sabiendas de que no había ninguna salida en aquella dirección, solo podía pensar en alejarse del monstruo, sus brazos rozaban contra ladrillos y salientes de la pared de piedra en la carrera y sintió el dolor. Al mirar hacia arriba decidió que podía hacer un intento desesperado de llegar hasta lo alto. Allí había un camino, en los caminos podía haber gente, podía haber una casa, incluso a aquellas horas de la noche, podría haber alguien.

Paró y giró la cabeza. El ogro ya había salido del agua y ganaba terreno hacia ella a pasos agigantados. Volvió a gritar hacia arriba, todo lo alto que pudo, sintiendo dolor en la garganta, pidiendo ayuda, y comenzó a subir.

Pánico y terror dieron alas a sus pies que empezaron a trepar por la pared. Subía apoyándose sobre piedras y débiles raíces, forzando a su aún dolorido cuerpo, sin apenas poder usar la mano izquierda, sujetándose a las ramas con los dientes si hacía falta.

El monstruo quedó unos segundos parado junto al muro, quizá encontrando divertido la patética resistencia de su presa, quizá preguntándose cómo podría escalar él mismo por allí y si no habría otra solución. Quizá ambas cosas.

Surí paró un momento también a tomar aire, la fuerza de su respiración hacía volar el polvo y la tierra de la muralla y se metían en sus pulmones, haciéndola toser. Ukar había decidido seguirle la corriente y comenzó su ascensión.

Al verlo volvió a gritar a lo alto desesperada, y de nuevo no hubo más sonido de respuesta que el de los latidos de su propio corazón golpeando su cabeza y un amargo dolor en la garganta.

Levantó el brazo buscando un nuevo asidero, el brazo pesaba y temblaba, débil como ella. No sabía si podría llegar arriba si quiera, ¿qué iba a hacer?

Ukar, sin embargo, tenía sus propios problemas, la mayoría de plantas y arbustos que crecían no aguantaban bien su peso y daba rodeos, incapaz de seguir los pasos de la joven. Tampoco podía afianzarse lo suficiente como para sacar su espada y atacar, aunque en ocasiones llegó a suficiente distancia como para acabar con ella de un mandoble. Solo quedaba acercarse aún más y arrancarla de la pared para arrojarla al suelo.

Surí comprendió sus problemas y sus intenciones mientras intentaba mantenerlo continuamente a distancia. Arrancó varias raíces y lanzó piedras con los pies en su dirección, una le acertó en la rodilla y pudo sentir el vago placer de oírle gruñir de dolor.

Continuó ascendiendo, animada al contemplar cada vez más cerca la línea oscura que señalaba la hierba del límite de la pared.

Ukar seguía manteniendo una lucha consigo mismo para poder subir, la escapatoria le resultaba tan próxima…

Tosió y parpadeó varias veces cuando consiguió llegar a lo alto. Tan incrédula como asustada. Miró hacia lo bajo y vio a su perseguidor a una distancia considerable aún y con problemas para continuar, pero estaba claro que la carrera no había terminado.

Intentó echar a correr pero las piernas fallaron y cayó de bruces. Luchó por levantarse de nuevo, andar solo ya se convirtió en una proeza, no sentía dolor, pero sus piernas no aguantaban más, se sacudían y se doblaban cada pocos pasos.

¿Cómo podría huir lejos así?, Ukar la cazaría con la facilidad con la que se atrapaba un gusano.

Siguió por el camino buscando desesperada un lugar donde esconderse, o señales de gente cercana.

No encontraba nada.

Sollozó y siguió buscando, tras un recodo vio un cúmulo de piedras que podría servirle.

Cogió aire, pero antes de que pudiera mover sus atrofiadas piernas hacia allí algo le sujetó dolorosamente del pelo, tirando de ella salvajemente hacia atrás. Gritó de dolor y sus ojos solo pudieron ver la luna en lo alto del cielo y, pronto, el brillo frío del metal de una espada que caería sobre ella. En un último y vago intento de resistencia se dejó caer del todo al suelo, cargando su peso hacia abajo, esperando escabullirse de aquella firme tenaza que la sujetaba.

Con la garganta seca por la tierra y los gritos, Surí fue incapaz de articular ningún sonido más, dándose cuenta en aquel último momento lo inútil y estúpido que había sido todo y lo espantosamente cansada que se sentía.

Un horrible chirrido de metal resonó en el aire y retumbó en sus huesos. El golpe no había sido contra ella, aún podía moverse y patalear, sus ojos se cerraron instintivamente, y entonces los abrió con desconfianza. Había alguien más allí con ellos.

Su vista estaba desenfocada por el polvo y las lágrimas, no veía bien, pero fuera quien fuere, había conseguido detener uno de los golpes de Ukar. Notó cómo la mano que le sujetaba el pelo cedía y se escabulló de inmediato de ella.

Entonces pudo girar la cabeza y ver al recién llegado. Era Covan.

Mordiéndose el labio, se empujó con las manos hasta encogerse en una esquina entre las rocas, esperando a lo que fuese.

El general permanecía tranquilo, pero el ogro estaba a las claras sorprendido, había perdido su sonrisa cáustica y su expresión paseaba entre la confusión y el… ¿miedo?

-¿Quién…?-empezó a decir Covan, pero Ukar no le permitió continuar, atacó de nuevo asestando varios mandobles seguidos, el joven tenía que usar sus dos manos para pararlos pero era más rápido. El monstruo desde el principio había decidido que no iba a vencer así, y como último toque en su sarta de ataques, le propinó una fuerte patada en la rodilla. Su adversario dejó escapar un pequeño grito de dolor y estuvo a punto de caer al suelo, pero consiguió mantenerse en pie. Ukar aprovechó para salir huyendo.

Confundido, Covan le persiguió unos metros, pero pronto decidió abandonar y volver con Surí.

-¿Quién era ese?-le preguntó-, ¿qué quería?

Surí estaba sollozando, se miraba las manos, estaban llenas de tierra y astillas; tenía tres uñas rotas, no había sentido nada de aquello mientras subía por la pared.

-Surí… -se detuvo-, ¿estás bien?

Continuó ignorándole y él se acuclilló frente a ella.

-Escúchame… vamos a volver a la posada, ¿de acuerdo?, y hablaremos un rato… hablamos por la mañana si lo prefieres… no quiero hacerte daño, ¿de acuerdo?, solo quiero hablar…

Por lo visto, Covan había decidido que ella ya estaba al corriente de todo y era estúpido seguir fingiendo. Le había cogido las manos y se las estaba mirando, Surí las apartó y se las escondió en el regazo.

El general suspiró.

-¿Conocías a ese tipo?

Entonces levantó la vista y le miró a los ojos.

-¿Es que tú no?

Le vio fruncir el ceño.

-¿Debería?, estoy seguro que no se hubiera pasado por alto alguien así de haberlo visto antes…

Continuó mirándole a los ojos. ¿Mentía?, ¿no mentía?

-…es el asesino-murmuró.

-¿Qué asesino?

-¿Qué qué asesino?-hubiera gritado si no le fallara la voz-¡El que mató a Melyss!, ¡era ése!

Covan reaccionó como si le hubiera golpeado. Primero se quedó mirándola incrédulo, luego saltó para ponerse en pie como si fiera a echar a correr de nuevo tras él, pero se quedó quieto.

-¿Estás segura?, ¿estás segura que era él?, ¿cómo lo sabes?

-Alguien le vio, me lo dijeron… y me ha estado persiguiendo desde entonces…

Hubo un silencio. Surí intentaba dejar de sollozar y quitarse las lágrimas de la cara, pero había polvo y tierra por todas partes, y los ojos escocían. El general volvió a acuclillarse frente a ella.

-Volvamos a la posada, ¿de acuerdo?… ¿puedes moverte?

Lo intentó. Las piernas le temblaban.

-Da igual-dijo el chico-. Mantente quieta un momento… alé.

Surí se sobresaltó. La había cogido en brazos, el mundo dio media vuelta de golpe.

-Ahh…

-¿Qué?

-Nada.

Continuó mirándose las manos por no mirarle a la cara.

-Entonces… ¿eres el general Aídref de verdad?

-Sí.

-¿Y Covan?

-Mi segundo nombre, no lo conoce mucha gente.

-Ya…

Sentía alivio, y podía alegrarse de que había vuelto a salvar la vida, pero por alguna misteriosa razón, también se sentía tremendamente infeliz y desdichada.

-No pongas esa cara-le dijo Covan-. Soy yo el que debería estar furioso…

-¿Sí?, ¿por qué?

-Me habéis dejado en ridículo, os escapasteis varias veces delante de mis narices, habéis tirado mi reputación por los suelos, por no hablar literalmente a mí y a mi caballo, y me rompiste un brazo en la caída, por cierto.

-¿Lo siento?

-No te veo muy arrepentida.

-No lo estoy, tú querías atraparnos, mala suerte.

Le oyó reírse. Aquel tipo estaba loco.

-Está bien, no es no me haya roto más de un hueso con anterioridad, más de una vez…

-No te veo muy enfadado.

-Siento frustración más bien, ya no estoy enfadado, supongo que visto lo visto, a la larga ha sido mejor así, y como tampoco ha conseguido capturarte nadie más, aún puedo salvar mi reputación.

-¿Vas a entregarme?

-No si puedo evitarlo.

-No entiendo.

-Ya hablaremos, es una historia muy larga.

-¿Es por lo que tú también estás detenido?

-Sí, para empezar.

-… ¿y por qué no estás detenido?

-Porque mi hermano tiene buenos contactos y sabe cubrirme.

-Ah…

Su hermano. Él era hijo bastardo, su hermano era hijo de su padre, que es el Rey y por tanto su hermano es el príncipe heredero. Todo tenía lógica. Pero era una lógica que le estaba dando dolor de cabeza. ¿Estaba hablando de verdad con el príncipe bastardo?, ¿de verdad era el general con el uniforme negro y el casco aquel con la plumita?, ¿no era un poco bajito para ser el general?

Le dolía la cabeza, todo su cuerpo temblaba. No quería hablar más, no quería pensar. Que la llevara a la posada o la dejara bajo un fresno, solo quería dormir un poco.

Latest Month

June 2016
S M T W T F S
   1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

Tags

Powered by LiveJournal.com
Designed by Tiffany Chow