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El Secreto de los Dientes de León

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[Última entrada :D . Pronto una entrada recopilación]

El Secreto de los Dientes de León

Capítulo 16

Dejó que su amiga la arrastrara hasta el atajo. Sus ojos tuvieron que enfocarse de nuevo a la oscuridad del camino de tierra y la vegetación que los cubría, sintió fuertes punzadas en la cabeza que tardaron en remitir. Prácticamente no veía por donde andaba, su atención estaba lejos de allí, la propia debilidad que sentía le impedía darse cuenta de lo enferma que se encontraba. Pasado un tiempo, se recobró lo suficiente como para pensar con seriedad en abandonar ella también, no sabía lo que le estaba pasando, posiblemente solo fuera víctima de un terrible cansancio, pero temía acabarse desmayando en el momento más inoportuno.

La tentación de entregarle el bolsito y su contenido a Menare, y luego acurrucarse bajo cualquier escondrijo, esperando a que las cosas se solucionaran solas, era demasiado tentador. Después de todo, si había alguien capaz de colarse inadvertidos hasta la capital en la oscuridad, eran Menare y su hermano.

Estaba sencillamente agotada y enferma… quería terminar con todo de una vez.

-¿A qué vino eso?

-¿El qué?

-La discusión de antes con Aídref…

-No era una discusión…

-Parecía una… te gusta el general, ¿verdad?

Hizo una mueca.

-No me apetece hablar de eso…

-Eso es un sí, si no hubieras dicho “no”, ¿verdad?

-Estoy muy cansada… y me duele todo… no quiero hablar de nada ahora…

-Ah, lo siento.

Menare bajó la cabeza y permanecieron un tiempo en silencio.

-¿Y desde cuando le conoces?… no lo pregunto por nada malo solo tengo curiosidad-lo último lo dijo sin tomar aire.

-No sé… tres…no, alrededor de una semana… no sé…

Los días se juntaban y sus ideas se nublaban, su mente palpitaba al esforzarse por recordar y ordenar el tiempo…

Subían por una colina despellejada con algunas rocas blanquecinas asomando aquí y allá y alzándose hasta varios metros de altura algunas de ellas. Había millones de estrellas en el cielo, y desde lo alto podían ver algunos edificios dispersos. La capital al Norte no quedaba lejos pero estaba aún algo escondida entre otras colinas para ser vista desde allí.

-No queda mucho-la animó Menare-, aunque este camino se me hizo algo más corto la última vez…

Surí se llevó una mano a la cara, la sentía húmeda, estaba segura de que empezaba a coger fiebre…Ponerse enferma en el último momento, era cruel.

Se detuvo para tomar algo del aire fresco de la noche, notando como su cabeza se despejaba un poco con la respiración. Al menos había más luz en aquellas colinas, y no necesitaba esforzarse tanto por ver.

Entonces una fugaz sombra blanca cruzó por el rabillo de su ojo. Volvió asustada la cabeza al instante, pero no dio con nada extraño, solo aquellas inocentes rocas claras, que se volvieron siniestras.

Le empezaban a recordar a Ukar.

Por si fuera poco también estaba segura de oír pasos, unos pasos huecos, más parecidos al sonido de unos cascos que de unos pies.

Y saliendo tras unas rocas justo frente a ellas apareció un caballo blanco.

Las dos reaccionaron antes de ver realmente de qué se trataba, pues saltaron hacia atrás al mismo tiempo. Tras un instante de desconcierto, Surí parpadeó varias veces, segura de que sus ojos la engañaban.

¿No era el caballo de Melyss?, ¿Nácar?

No llevaba ningún arreo, pero estaba casi segura que era el mismo animal.

-Yo de vosotras me mantendría donde estáis-dijo una voz en lo alto.

Levantaron el rostro hacia arriba. Subido en lo alto de la misma roca que había junto a ellas había un hombrecillo pelirrojo, con una perenne sonrisa en la boca.

Niseilat.

-¿Qué ocurre?-preguntó Surí, más confundida que asombrada.

-Verven os espera tras aquella roca de allí, si os alejáis de Nácar os tendrá a tiro.

Lo dijo con una sonrisa amable, como si no tuviera ninguna importancia. Surí abrió unos ojos como platos.

-¿Verven?, ¿está aquí Verven?-se llevó la mano al bolso-. Tengo algo que enseñarle algo importante…

Niseilat negó con la cabeza.

-No sé si querrá oírte, es una niña testaruda.

-Tengo una carta de su hermana, dice quién quería asesinarla, la escribió poco antes de morir, la escondió en el alfiletero.

El hombre parpadeó.

-¿Lo dices de verdad?

-¡Sí!

-¿Podría verla?… conozco su letra, Verven confiaría en mí si le hablo antes.

Surí dudó. Hacía mucho que no veía a aquel tipo, suficiente para ser más desconfiada de lo que había sido entonces, estaban jugándose demasiado como para dejar que fuera solo su instinto el que tomara las decisiones, pero si podían convencer a Verven de que eran inocentes… si podían ponerla de su lado…

Cogió el alfiletero tallado y lo abrió.

El domador de caballos bajó a echarle un vistazo, como si hubiera podido adivinar la razón de su desasosiego, dejó las manos a la espalda y la leyó permitiendo que Surí lo sostuviera. A cada letra que pasaba su expresión se iba volviendo más y más triste.

No había terminado cuando Verven se decidió a salir de su escondrijo, dándose cuenta que su presa estaba alertada.

-¿Qué hacéis ahí?-gritó, su voz sonó terriblemente fuerte viniendo de una chica tan pequeña.

Nácar volvió la cabeza y soltó un alegre relincho de reconocimiento, aunque permaneció en su sitio.

-Estamos leyendo, Verven-dijo Niseilat-. Es interesante, es de tu hermana antes de morir, dice quien puede querer matarla, y no son esta gente.

-¡Eso es una estupidez!, puede haberlo escrito cualquiera.

-Es la letra de Melyss, estoy seguro.

-¡Me da igual!

-¿De verdad?… ¿tanto te duele aceptar tu responsabilidad que prefieres asesinar a alguien inocente antes de reconsiderar tus acciones? Mira a Nácar, Verven, conoces a Nácar, también estuvo allí, ¿crees que permanecería tan cerca de quien asesinó a su señora?

Entonces dudó.

Verven llevaba un nuevo arco preparado y en alto, con la flecha dispuesta… en ese momento tembló y lo dejó caer unos centímetros.

-Yo… yo vi el collar, tío… me lo dijo…

-Eres una buena chica, Verven, no hagas algo de lo que puedas arrepentirte el resto de tus días… Ven a leer esto…

El hombre hizo un gesto a Surí con la mano, y ésta le entregó el alfiletero.

-Siento no tener buenas noticias, he venido a buscaros porque me he encontrado una gran perturbación cerca de la rivera hace un buen rato-les dijo en voz baja-, creo que es un amigo vuestro, podría tener problemas…

-¿Aídref?-preguntó Menare mirándola.

-Covan quedó atrás, no creo que haya sido capaz de adelantarnos.

-Entonces qu… ¡mi hermano!, idiota, idiota, maldito idiota… ¿por dónde está?

-Abajo, en la rivera, no muy lejos, Nácar podría llevaros… yo hablaré con Verven mientras.

-Gracias.

El hombre sonrió e inclinó la cabeza, deseándolas suerte. Tenía el alfiletero en la mano, lo sostenía con la palma abierta, dejando que en todo momento quedara a la vista, tenía sus vidas y libertad en su poder e intentaba dejar claro que no trataría de quitárselas.

Menare ignoró el detalle, estaba frenética, se había vuelto hacia el animal e intentaba descubrir cómo podía una subirse a un caballo sin arreos.

Surí se apoyó en una roca para tomar impulso y, una vez arriba, ayudó a su compañera a hacer lo mismo. Luego dejaron que el caballo volara sencillamente colina abajo, pasando de largo una Verven que no hizo nada por evitar su fuga.

Bajaron entre los árboles. Oían el rumor del río, pero aún no lo veían, entre la oscuridad y la vegetación en el margen. Surí creía que no podían estar lejos, Nácar había dejado de ir a su venia y ahora caminaba erráticamente, no sabía dirigirlo sin arreos, pero tampoco tenía un lugar donde ir. Le dejaron continuar mientras las dos buscaban entre los alrededores.
-¡Allí!-gritó Menare de pronto.

Primero vio lo que parecía el reflejo de la Luna en el agua, luego distinguió una curva donde había depositadas varias piedras redondeadas de un tamaño considerable… y, finalmente, una figura tendida.

-¡Es Ildare!

Menare saltó al suelo, y estuvieron a punto de caer las dos, pero sin detenerse, corrió hacia su hermano y se inclinó sobre él.

-Ildare… ¡Ildare!

Estaba cabeza abajo, y no se veía gran cosa, así que la niña empezó a palpar el cuerpo con la punta de los dedos para ver si estaba herido. Apenas le había rozado la espalda cuando se oyó un quejido.
-¡Ah!, ¡para!

-Perdón.

Menare retrocedió, con una inmensa sonrisa de alivió que fue disminuyendo al ver lo que tardaba su hermano en volver a reaccionar. El chico trató de incorporarse, tras caer de rodillas un par de veces, lo consiguió por fin.

-¿Qué tienes?-preguntó angustiada la pequeña.

-No sé, me duele todo el cuerpo… creo que caí al río… pero no recuerdo bien. Tengo una herida en el costado.

-¿Es grave?

-No, solo un roce.

Y teniendo en cuenta que Ildare era un consumado mentiroso aquello quería decir que probablemente se estuviera desangrando.

-He perdido uno de mis puñales-continuó diciendo, moviendo la mano en un claro gesto de apuñalar a alguien-. No recuerdo dónde…

-¿Qué ha sido de Ukar?, ¿porqué me has dejado sola?, ¿en qué estabas pensando idiota?

-No sé, no grites, haz el favor, intentaba acabar con ese bicho de una vez por todas… ¿dónde está el general?

-Ha quedado atrás para distraer a la guardia, estaba herido.
-¿Qué? ¿Ese tipo os ha dejado tiradas?

-Tú también-le acusó Menare, recibiendo una mirada hosca por parte de su hermano.
-¿Puedes andar?-preguntó Surí.

-Sí, sí, solo estoy un poco mareado… es este calor, podría llover un poco…
Hizo otro esfuerzo por ponerse a andar, esta vez lo consiguió a la primera, aunque Surí se dio cuenta que apretaba un brazo contra el costado.

-Entonces, ¿pudiste con el monstruo?-preguntó Menare esperanzada.
Ildare se volvió para mirar el río.

-Umm… no sé… creo que no, no me acuerdo bien, me llevó la corriente…
-Eso es que no-Menare se encogió y miró alrededor suyo con inquietud.
-Casi me ahogo, gracias por tu preocupación.

-Has dicho que no tenías nada.

-He dicho que me caí al río y que tengo un corte, ¿eso te parece nada?
-¿No deberíamos buscar el camino?-intervino Surí-. Tenemos que llegar a Byerne pronto…

Y recoger el alfiletero…

Nácar comenzó a andar hacia algún sitio y, recordando la última vez, decidieron seguirle.

Surí se sentía cada vez más mareada. Su atención volvía a desvanecerse por momentos, en ocasiones lo único que tenía en la cabeza era el resplandor blanquecino del caballo, lo demás desaparecía. Solo sabía que tenía que seguir al caballo…
Tropezó.
-¿Estás bien?-preguntó Menare dándose la vuelta y ayudándola a levantarse.
-Parece que ha bajado la temperatura de golpe ¿no?

Menare negó con la cabeza.

-No, no es normal tanto calor por la noche, ¡qué ahogo!

-Vaya…
Pues ella tenía frío.

-No estoy seguro que sea buena idea seguir a este animal. ¿De dónde lo habéis sacado?-intervino Ildare.
-Es el que nos salvó aquella vez, ¿te acuerdas?, te lo dije-dijo su hermana.
-No me fío, me gustaría más descansar por aquí y esperar que se haga de día.

Dicho esto, Ildare se apoyó contra un árbol y se sentó. En algún lugar remoto de su cabeza, Surí se daba cuenta que no podían permitirse descansar, pero hubiera dado cualquier cosa por seguir su ejemplo.
-¡No podemos esperar!-fue Menare la que habló-. Ya está, si no podéis seguir, iré yo sola a la capital y pediré ayuda, ¿vale?

Y se puso a andar, decidida.

Ildare bufó y trató de ponerse en pie otra vez.

-Solo quería descansar un poco-le oyó murmurar Surí entre gruñidos.
Pero Menare ya había desaparecido.

-Grrrr… maldita cría… ¡Menare, vuelve aquí!

-No creo que sea buena idea gritar-sugirió Surí, pero como si le hablara a las ranas del río, para el caso que la hizo-. Esperadme…

El chico también se internó en la oscuridad, Surí sufrió un mareó y tuvo que recostarse en un árbol. Para cuando se recuperó fue incapaz de recordar por dónde se habían ido.

-Vaya…
Comenzó a andar, sin estar segura de su dirección.

Un escalofrío la sacudió. Se tocó la frente, pero tenía las manos y la cara cubiertas de sudor.

Entonces le pareció ver la figura clara del caballo moviéndose delante.
«Menos mal…»

Fue a acercarse pero vio que algo no encajaba, la figura era demasiado alta para ser Nácar.

Se alzó una suave ráfaga de viento fresco, titiritó.

La luz lunar hizo brillar la empuñadura de metal del cuchillo perdido de Ildare, firmemente clavada en la espalda de Ukar, justo frente a ella.

Surí contuvo un grito. El espanto consiguió que parte de las telarañas de su cabeza desaparecieran, pero su estómago se contrajo y sus pies quedaron clavados al suelo.

«No me ha visto, no me ha visto».

Tragó saliva e intentó tranquilizarse. A ella aún no la había visto.

Pero a Ildare sí.

El chico estaba justo enfrente de Ukar, encorvado sobre su herida y completamente ajeno a la presencia del gigantesco monstruo a su espalda.

-¡Ildare!-gritó.
El joven se volvió.

Ukar gruñó y desenfundó su arma. El chico lo esquivó pero manteniéndose lejos de su habitual agilidad, prácticamente se arrastró por la tierra.

Ambos contendientes estaban cansados de toda la violencia del día, ambos estaban heridos, pero resultaba patente que Ildare llevaba todas las de perder. A duras penas parecía aguantar en pie.
Surí quería hacer algo, las manos le temblaban. Podría lanzarle piedras, era lo único que su mente enfebrecida podía pensar. De cualquier manera, al agacharse sus dedos solo encontraron hierba, hojas y tierra, nada más duro que una rama. Necesitaba algo que usar como arma, o iban a estar perdidos los dos.

Ildare se inclinó y evitó un golpe. Ukar volvió a descargar su espada, el joven tropezó. Surí soltó una exclamación y se acercó más, el ogro seguía sin prestarla atención.

Entonces una pequeña sombra saltó hacia la enorme mole que era Ukar. Menare había llegado a la carrera al oír el alboroto y se precipitó contra el ogro con todo su peso.
Solo logró que perdiera un poco de estabilidad y que, afortunadamente, no pudiera dar el golpe de gracia. Pero en cambio, se volvió hacia ella, sujetó a la chiquilla por el hombro y la arrojó contra un árbol. Menare gritó y cayó al suelo, gimoteando. Surí llegó a su lado corriendo y trató de levantarla, parecía tener el hombro dislocado.
Mientras, Ildare había conseguido erguirse de nuevo, al bajar la guardia el ogro, vio una oportunidad, un último esfuerzo. Y lo aprovechó.
Aunque no lo suficiente.

Ukar sintió el frío del acero atravesándole la piel del pecho y clavándose en su carne, y el dolor….

Miró la cara del joven, a pocos centímetros de la suya e hizo una mueca de desprecio.
Las fuerzas estaban abandonando a Ildare por momentos. Era su último puñal.
Con su mano libre, Ukar sujetó con fuerza el cuello del chico, y con la espada, atravesó su cuerpo.

Surí palideció.

Menare gritó hasta que su cabeza se inclinó hacia atrás, desvanecida.
Al caer al suelo, Ildare no hizo un solo ruido, desmayado, o quizá muerto.
Ukar se volvió hacia ellas.

Aunque hubiese querido abandonar a Menare, Surí sabía que sus fuerzas le hubieran impedido huir lo suficientemente rápido de allí. Iba a matarla.

La herida en el pecho de Ukar sangraba en abundancia, manchando la ropa y la piel de toro blanco de un rojo oscuro, pesado. El olor intenso de la sangre se unía a aquel de cuero mal tratado. Sintió fuertes náuseas.
El monstruo sonreía, aunque había perdido su brillo sarcástico, seguía sonriendo.
La espada que portaba era grande y pesada, pero entonces, por primera vez desde que le conociera, parecía pesarle de verdad. Surí trataba de buscar en alguna parte perdida y recóndita de su cabeza algo que la ayudara a salir de allí. Ukar estaba débil.
Pero el monstruo no se iba a andar con más dilaciones, se acercaba balanceando amenazadoramente la espada, no estaba lejos, pero para Surí estaban pasando eternidades ante sus ojos. Se encontraba casi sobre ellas, el hedor que desprendía embotaba sus sentidos, cuando se oyó un chasquido, y, al instante, un golpecito seco.

Ukar gruño de dolor y retrocedió de un brinco, como alguien que se hubiera acercado mucho al fuego.

Verven preparaba una segunda flecha.

El peso de Menare desapareció de entre los brazos de Surí. Se había recuperado y se acercaba medio a rastras hacia su hermano, la oyó llamarle lastimosamente por su nombre.

Por un instante, Ukar pareció dudar sobre qué hacer, y Surí volvió a ver relumbrar aquel puñal en su espalda, tan hundido y de difícil alcance que el monstruo había sido incapaz de deshacerse de el.

El ogro decidió que Verven era un peligro más apremiante.
Una segunda flecha salió disparada, la esquivó por muy poco, rozó su garganta.
Surí trató de ponerse en pie, las piernas le temblaron, sus rodillas cayeron al suelo, pero volvió a intentarlo. No quería pensar más que no había nada que hacer, no ahora que habían llegado tan lejos. No había pasado por todo aquel miedo y dolor para dejar sin más que aquel ogro les matara a todos.
Su mente perseguía el brillo del metal con fija fascinación.
Una tercera flecha salió silbando, Ukar no pudo hacer mucho aquella vez, estaba demasiado cerca y sus movimientos eran cada vez más lentos y pesados, se clavó en su hombro, cerca del cuello, pero era una victoria para él.

Verven tragó saliva, preparó la cuarta flecha, el monstruo estaba muy cerca, dudó en sacar el puñal de su bota, el tiempo apremiaba, si había comenzado a mover la última flecha debía llevarlo hasta el final, no había tiempo para dudas.

Pero estaba muy cerca.

La luz reflejada de la Luna parpadeó en el filo de metal cuando levantó la pesada espada.

Surí le había seguido, corriendo con las últimas fuerzas que tenía, alargó el brazo, sus ojos se nublaban y temía no calcular bien, pero en cuanto sus dedos tocaron la empuñadura del cuchillo de inmediato se crisparon, agarrándolo con fuerza. Movió el otro brazo, alzándolo hasta rodear su propia mano y empujó hacia abajo con todas sus fuerzas, cargando su peso y apretando los dientes. Si aún quedaban energías en ella, las puso todas en aquel puñal.
El arma apenas se movió, pero el grito de dolor que desgarró el aire atormentaría a cualquier criatura que estuviese cerca durante todas las noches del resto de su vida.
Terminó con brusquedad, un gorgoteo agónico y un temblor.

Surí sintió algo cálido cayendo sobre su mano; sangre, espesa y oscura. Se dio cuenta que no venía de la herida de puñal.

Al mirar hacia arriba vio la punta de una flecha sobresaliendo a varios centímetros por encima de su cabeza.

Atravesando la garganta del monstruo.

Se apartó y cayó al suelo, con el estómago revuelto y las piernas temblorosas.
Ukar permanecía en pie, aunque muerto. Durante un instante eterno permaneció estático, hasta que las rodillas se doblaron y su peso cayó sobre ellas y así quedó, de nuevo, inmóvil.

Y solo se oía el silencio, Surí no sentía ni su propia respiración. Todo envuelto en una abrumadora paz…
Alguien la sujetó del hombro.

-¿Estás bien?, mi tío ha ido a buscar ayuda, ¿podéis aguantar?

Se volvió para mirar a Verven a la cara.

-¿Tienes el alfiletero?

La cazadora asintió.

-Toma-metió la mano en el petate y sacó el bolsito bordado-. Contiene el broche de la nota, llévalo a Byerne… dáselo a… a…

Se le nublaba la cabeza.

-Lo sé, dámelo, yo lo llevaré.

-Date prisa, lo buscan.

-Sí…

Verven se quedó un momento frente a ella. Parecía buscar decir algo más pero finalmente se dio la vuelta y marchó corriendo.

Surí se acercó hacia Menare, que seguía llamando tristemente a su hermano y parecía ajena a lo que pasaba a su alrededor. Vio que Ildare soltaba una débil tos y movía lentamente una mano. Aún estaba vivo.

Aún.

Observó con extraña curiosidad cómo daba la impresión de que sus dos compañeros se alejaban de ella, poco a poco, y se hacían más y más borrosos.

No supo cuándo se desmayó.

Su mente se despejó unos segundos cuando llegaron las luces.
El bosque se iluminó, varios jinetes portaban lámparas. Su luz era suave, casi dulce. Algunos bajaron de sus caballos, eran pequeños, de movimientos ligeros, y Surí no pudo oír que hicieran apenas ruido alguno al andar sobre el suelo del bosque, parecían deslizarse como cisnes sobre un estanque.

Los vio acercarse a los dos hermanos, y sintió como unos suaves brazos la sujetaban.

Cuando volvió a desmayarse las luces aún bailaron un momento tras sus párpados cerrados.

Capítulo 17

Algo le hacia cosquillas en la nariz.

Picaba.
Picaba mucho.

Estornudó. Y fue horrible.
-¡Hola!
Surí parpadeó, sentía un inmenso dolor de cabeza. Y la luz le hacía daño en los ojos. Agh, la luz…

-¿Qué… haces…?

La cara de Menare estaba a pocos centímetros de la suya, movía un cachito de tela enrollado sobre su nariz.

-¡Has despertado! ¡Qué bien! Eres la última.

-¿Última?…-miró con desgana a su alrededor, le dolía el cuello.
No reconocía aquel lugar, era una habitación bastante grande, con techos de piedra y paredes cubiertas de madera, a un lado había una gran ventana por donde entraba la dichosa luz a raudales, y al otro reconocía en una esquina la parte superior de una chimenea. Su espalda se negó a revelarle nada más.
-¿Dónde estoy?-preguntó.

Menare sonrió con cierto aire conspirador, como si hubiera estado preparando aquella respuesta durante mucho tiempo.

-Es el castillo de Byerne, estamos en la capital, ¿sabes que dos pisos encima de mi habitación duerme el príncipe heredero?

Surí abrió la boca.

-Q… Có… ¿Qué pasó?…

-Ukar murió, ¿recuerdas?

En realidad no se quería acordar de nada, pero asintió.

-¿Recuerdas a las hadas?

Surí parpadeó.

-¿Recuerdas las luces?-volvió a preguntar Menare.

-Vagamente… ¿qué…?-tragó saliva-, ¿qué ha pasado con tu hermano?

-…murió.
El sobresalto hizo que estuviera a punto de conseguir levantarse.
Entonces Menare sonrió.

-No bromees con eso-se quejó Surí, todo su cuerpo se quejaba por la súbita tensión.
-Está bien, está bien, si ellos no hubieran llegado… probablemente sí hubiera muerto, estaba muy mal…-perdió la sonrisa y miró un punto indefinido de la pared-, y sigue fastidiado, todo el mundo me dice que sobrevivirá… pero no me dicen cómo…

Menare había apoyado la cabeza sobre las sábanas, estiró la mano y se la acarició.
-Bueno-dijo la niña alzándola de nuevo-, al menos recupera fuerzas, se pasa el día quejándose porque la enfermera que le han puesto es fea y le toca el culo más de lo necesario.

Surí soltó una carcajada.

-¡Ay!-le dolían hasta las orejas- ¿Y qué pasó con… la nota y el broche…?

-Que yo sepa, lo trajo Verven, creo que fue una suerte que fuera así, ¿sabes?, cuando nos trajeron estaba todo el sitio pastas arriba, la tía había despertado a medio palacio, menudo genio tiene… A nosotras no sé si nos hubieran hecho tanto caso… Tenías que haberles visto correr…

-Pero… ¿está bien todo?, ¿somos inocentes?

-Sí-sonrió-, todo bien, creo. Eres la última en despertar, llevas más de dos días inconsciente.
-Bromeas…
-No, no, tenías una fiebre horrible, cuando te trajeron te pasabas el día delirando.
-¿En serio?

-Sí, pero decías cosas muy aburridas “Mamá, no queda pan”, “¿Cuándo me voy a ir a casa?”, “Cerrad la ventana que hace mucho frío fuera”, esas cosas.
-¿Y qué esperabas que dijera?

-“Qué guapo está hoy, mi general”, “¿Quiere acompañarme al festival, mi general?”, “Tiene las manos muy frías, mi general, venga que se las caliento”…
-…deja de tomarme el pelo, me duele la cabeza…
-Pero es verdad que has estado más de dos días inconsciente, ¿verdad, general?
Surí se incorporó ligeramente para verificar que Covan estaba realmente allí. Luego volvió a hundir la cabeza en los almohadones, esperando que fueran antropófagos y se la tragaran.

-Voy a ver cómo está mi hermano, creo que la fea tenía intención de bañarle con esponjas esta mañana-la vio agitar la mano-. Hasta luego, sigue cogiendo fuerzas, tienes que acompañarme a visitar este sitio, ¡tienen unos tapices como casas enteras de grandes!
Oyó cómo se cerraba la puerta y luego unos pasos que se acercaban a la cama.
-Me alegro que estés despierta al fin-dijo Covan- ¿Cómo te encuentras?
-Confundida.
-Hablaba de tu salud.

-Confundida también.

El general sonrió.

-¿Qué tal el brazo?-preguntó Surí. Lo llevaba sujeto con una tira de cuero.
-Bien, de momento se quedará conmigo, aunque creo que estaré un tiempo de baja, otra vez.

-¿Es verdad lo que ha dicho Menare?, ¿está todo bien?, ¿podría volver a casa?

-Sí y no. Verven y su familia están haciendo un buen trabajo, era la hermana de Melyss, los Varosé son muy fuertes y están muy enfadados, por otro lado la Reina también tiene muchos apoyos que lo están… agitando todo. No creo que sea buena idea que te marches aunque te dejasen.

-¿Me dejasen?

-En cuanto te recuperes te ordenarán hablar con los jueces. Son nuevos, elegidos por varias familias importantes y mi padre, tienen una reputación intachable, pero también son bastante duros, han conseguido hacérmelo pasar mal a mí… Te quieren aquí y vigilada, me temo que pasarás un tiempo en la capital hasta que todo se enderece.

Hizo un gesto de cansancio.

-Por otro lado-continuó el general-. Envié un mensaje a tus padres diciéndoles que estabas enferma y que querías verlos… aún no me ha llegado respuesta, no sé si se habrá retrasado o vienen directamente ellos aquí.

Sus ojos se volvieron a iluminar.

-¿En serio?, ¿has hecho eso?… gracias, muchas gracias…

-Eh, no llores… te va a doler la cabeza…

-Lo siento… gracias…

-Deberías descansar para poder estar mejor cuando lleguen.

-Sí… oh, espera, ¿qué paso contigo cuando te dejamos?

-No mucho, tuve un par de escaramuzas, me cogieron y antes de que decidieran qué hacer conmigo les detuvieron… llegó a ser hasta divertido ver llegar a mi guardia con órdenes de arrestarles a todos.

-Me alegro… me alegro por ti.

-Yo no me siento muy feliz…

-¿Por qué?, lo conseguimos, ¿no?, no han podido con nosotros…

-…se te están cerrando los ojos, debería irme.

-No, no… bueno, igual sí… Creo que voy a descansar un ratito más…

Ladeó la cabeza.

-Te dejo entonces.

-Espera, avísame si vienen mis padres, quiero verles enseguida…

-Está bien.

-No, en serio, quiero que me despierten si hace falta, ¿de acuerdo?

Le oyó reírse.

-Claro… ahora descansa.

Hundió la cabeza en las almohadas, realmente estaba agotada.

Había muchas cosas aún que la confundían, otras muchas que la asustaban y otras que no quería conocer.

Pero parecía que todo había acabado; estaba a salvo, su familia vendría, volvería a casa y todo estaría bien.

Un pájaro trinó fuera.

Solo era un pájaro común.

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