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NaNoWrimo 2013: Los Reinos Solares 03

[AYER NO ESCRIBÍ NADA. CARNAVAL~. PERO TENGO AÚN VENTAJA, ASÍ QUE NO PASA NADA, EN SEGUIDA ME PONGO A TONO OTRA VEZ =P TERCER CAPÍTULO, MUCHAS COSAS SE TUERCEN Y SI NO ENTENDÉIS ALGO PREGUNTAR, ESTOY HACIENDO UN ESQUEMA DE ESTE MUNDO PARA QUE TENGA UN POCO MÁS DE SENTIDO, LO SUBIRÉ LA PRÓXIMA VEZ]


Los Reinos Solares


 


3. Viaje por la niebla


―¡Atacan! ¡Atacan!—gritó―¡Los Hechiceros van hacia el norte! ¡Van a atacar el poblado! ¡Ayuda!


Entró en el salón grande, donde la mayoría de Ancianos meditaba, rodeados de grandes cristales luminiscentes. Ninguno se movió, ninguno abrió la boca, muchos, ni siquiera la miraron.


―¡Van a atacar el poblado! ¡Son Hechiceros! ¡Magia avhar! ¡Lo he visto! ¡Ayudadme!


Continuó sin recibir reacciones. Solo Avellana se acercó a ella, poniendo su mejor cara conciliadora.


―No sabes seguro si van a atacar a nadie…


―¡¿Por qué va a haber Hechiceros tan al norte entonces?!—se llevó las manos a la cabeza―. Verán el poblado y lo atacarán. Va a atacar a mi familia. ¿¡Esto tampoco os parece lo suficientemente importante!?


Entonces, se ganó algunas miradas de reprobación, pero ninguna reacción más. Erëyre comenzó a llorar por la frustración, dándose cuenta en aquel momento de lo sola que estaba, y de lo que estaría, si le quitaban a su familia fuera.


Dio media vuelta, saliendo de la gruta. Avellana la siguió.


―¿A dónde vas?


―Voy a avisarles, si corro igual tendrán tiempo de esconderse sin que les vean, siendo de noche.


―No puedes hacerlo, no puedes cruzar el Brumal sola, con niebla y en la oscuridad.


Intentó limpiarse las lágrimas de la cara.


―¿Es que vas a ayudarme tú a pasar?


Avellana mantuvo su sonrisa dulce en el rostro, a Erëyre le horrorizó lo fría que aquella amable expresión podía ser. Sabía que la Anciana intentaba mostrar solidaridad con ella, pero no la ayudaría.


Se dio cuenta entonces, que los Ancianos no entendían la situación. No lo entendían, ni siquiera los ‹‹jóvenes›› como Avellana, habían pasado tanto tiempo aislados, con la cabeza entre los misterios del Entremundo, que las vidas individuales de los que caminaban bajo el Sol Cálido carecían de valor y sentido. Lo había sospechado siempre, pero entonces lo veía con claridad.


No lo entendían.


Corrió para coger algunas pertenencias de su habitación y salió al exterior con una lámpara de aceite. No solo iba a avisar a su familia, no tenía intención de volver con los Ancianos, no quería aprender nada de lo que quisieran enseñarle si iba a ser tan inútil.


Avellana la siguió unos metros, intentando convencerla de que volviera, pero no haría nada para impedírselo a la fuerza. Durante toda su vida, solían castigarla mandándola a su habitación cuando se portaba mal, pero era un castigo inútil, ya que ninguno la obligaba, ni la vigilaba, y su habitación ni siquiera tenía puertas que se pudieran cerrar. Erëyre iba, pero salía fuera en cuanto se aburría y tenía hambre, no es que estuviera desafiando las órdenes de los Ancianos,  sencillamente no veía razón en obedecer si prefería hacer otras cosas.


En el exterior, el viento era gélido, tuvo que cubrirse hasta que solo veía a través de rendijas en su gorro de piel. Con la lámpara en alto, se adentró en la gris opacidad del Brumal, apenas veía nada frente a ella y comenzó a temer que quizá sí estaba cometiendo un horrible error.


Entre las brumas, podía ver sombras, algunas estaban quietas, quizá rocas, pero otras se movían de forma sinuosa, siguiendo los vientos o contra ellos. Las había minúsculas, y las había gigantescas. En ocasiones resplandecían con algo de luz azul, ¿algún aris quizá?, pero también las había rojas, criaturas avhar que salían por la noche, libres del ojo cálido del Sol del Cielo Azul.


Intentó reunir valor para seguir adelante y no salir corriendo de vuelta al Refugio. Las sombras parecían seguir sus propios caminos, y esperaba que continuase así hasta el final.


Pero, ¿cuál era el final? Solo había atravesado el Brumal una vez en su vida, y era demasiado pequeña para recordarlo. Su familia le había dicho que se tardaba casi un día con buen tiempo. ¿Tendría que enfrentarse a aquel terror toda una noche?


Pero si no llegaba hasta el poblado, perdería a su familia. No podía consentirlo, no podía aguantarlo. Tendría que haberles visto a todos en su ceremonia de Maduración, si no llegaba a tiempo, no los vería nunca.


La única razón por la que había dejado de llorar era por el miedo de dejar de ver completamente, y que se le helara la piel en la cara por la humedad.


Luchó por seguir avanzando, apretando los dientes, ignorando el dolor del frío y apartando su concentración de las sombras cambiantes que se deslizaban entre la niebla.


En varias ocasiones, tropezó con obstáculos que no veía con claridad. En una de ellas, su lámpara cayó al suelo y vio cómo el aceite se derramaba. Corrió para intentar detenerlo, pero la sorprendió un súbito fogonazo, y el fuego se hizo alto e intenso, de un extraño tono rojo sangre, en vez de amarillo.


El fuego la rodeó, se dio cuenta que no quemaba, ni aportaba apenas luz. Y, de algún lugar que sonaba remoto, llegó hasta ella una tétrica carcajada.


―Mira lo que he encontrado por fin, una humana, una humana, cuánto tiempo… Y ya está aquí, es la que me hace falta…


Se oyeron más carcajadas. Erëyre miraba en todas direcciones, desconcertada, solo veía aquel fuego rojo, la horrible voz parecía venir de algún lugar más allá de la niebla, como si el sonido tuviera que atravesar cortinas de piel.


―¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Quién eres?


―Soy Ormenakus el Custodio de las Barreras, el Defensor de las Puertas del Reino Rojo. Y estoy muy, muy, aburrido.


Volvió a oír risas, aquella criatura terrible se estaba divirtiendo, y ella no entendía nada de lo que ocurría.


―¿Qué quieres? ¡Déjame en paz!


―Ah, sí, te dejaré, te dejaré… pronto tendrás toda la paz que quieras.


Las horrorosas carcajadas se fueron apagando, el fuego también, reduciéndose a ascuas y, pronto, a nada. A su alrededor todo era frío y oscuridad. Erëyre temblaba, desconcertada y perdida.




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