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NaNoWrimo 2013: Los Reinos Solares 05

[EN EL CAPÍTULO DE HOY APARECE MI PERSONAJE FAVORITO. ¿ABUELAS? NO, NO TENGO. ¡ESPERO QUE OS GUSTE!]


Los Reinos Solares


Entra la Emperatriz


Volvió a salir fuera, incrédula y desorientada. Había comenzado a caminar de nuevo hacia el norte, hasta que recordó que no había nadie allí tampoco.


Estaba sola, se había quedado sola y no sabía cómo.


Recordó vagamente la noche anterior, al avhar del fuego rojo. Había olvidado el nombre que le había dado, le daba igual. ¿Era culpa suya aquello? ¿Había hecho él desaparecer a su gente? ¿Por qué?


Se dejó caer junto un afloramiento de rocas ligeramente curvado, donde pudo cobijarse hecha un ovillo.


‹‹No hay nadie. Nadie más, ni mi familia, ni mi pueblo, ni los Ancianos… Bien podría morirme, sí, probablemente esta noche muera con el frío››.


Sus pensamientos vagaban desamparados, mientras viento aullaba en aquella desolada llanura.


Fue en un momento, entre las manchas borrosas de sus lágrimas, que vio una minúscula figura a cierta distancia de ella, la figura tenía un aura azul, un asir.


La figura se acercó, apenas levantaba un palmo del suelo, tenía orejas más grandes que su cabeza, un pelaje color arena pálido y tres marquitas negras en la cara: dos ojos y una nariz.


El animal asir se detuvo, poco después se volvió a acercar, con el hocico pegado al suelo, y se detuvo otra vez.


Finalmente, llegó tan cerca que podía oler su aliento.


―¿Qué eres?—preguntó la zorrita, olisqueando alrededor de su cara.


―Déjame―dijo Erëyre, dándole un manotazo.


El pequeño aris soltó un gruñido agudo y sacudió sus enormes orejas con irritación.


―Estás en mi Imperio, invasora, soy Emperatriz de Rocaburrida, este es mi territorio, no es muy espectacular, pero los gatos grandes siempre se quedan con lo mejor. Lárgate antes de que descargue mi furia sobre ti. Grrrrr.


Le enseñó los dientes, minúsculos como agujas de bordar. Erëyre se hubiera reído en otras circunstancias.


―Déjame―repitió―, quiero morir.


―¿Ah, sí?―Emperatriz levantó sus dos orejas bien alto―, ¿y piensas hacerlo pronto?


―Yo que sé…


―¿Te importa que yo vaya empezando?—preguntó, mordisqueando sus dedos.


Erëyre volvió a darle un manotazo.


―Sí, déjame…


Emperatriz soltó un gañido indignado, pero, ignorando completamente sus palabras, continuó olisqueando a su alrededor, subiéndose sobre su hombro y su cabeza.


Finalmente, encontró la bolsa que había llevado con ella.


―Huelo a comida aquí… ¡Tienes comida!


―¿Puedes callarte?


―¿Quién piensa en morirse cuando se tiene comida?


Se había vuelto a subir a su cabeza y la miraba desde lo alto.


―¿No me escuchas cuando te hablo?


―Sí, pero este es mi Imperio y hago lo que me da la gana. Ahora exijo que me entregues parte de tu comida, como súbdita de mi país.


Erëyre suspiró y se incorporó para sentarse, temiendo que iba a perder aquella batalla.


―De acuerdo, te daré un poco…


Tenía pan, queso, bolitas de miel y almendras y carne de cabra seca.


Ella también decidió comer, no había probado bocado en todo el día e ignoró el hambre a causa de su miseria, pero con la entrometida zorra bailoteando a su alrededor, decidió posponer un poco sus lamentos y comer algo.


Emperatriz engulló los trozos de carne como si su especie no conociera el uso de los molares, luego se subió en su regazo y metió la cabeza debajo de su pelliza.


―¡Eh!


―Se está calentito aquí…


La sintió trepar por dentro de su camisa de lana y sacar la cabeza por la abertura del cuello.


―Me gustas, das calor, bicho extraño lo que seas.


―Me llamo Erëyre y soy humana.


―¿Y eso qué es?


―…¿no sabes lo que es un humano?


―No.


―¿No has visto nunca uno?


―Si lo hubiera hecho, no te preguntaría.


―¿Has vivido siempre aquí? ¿Cuántos años tienes?


―Tengo cien años, crecí al otro lado de las montañas hasta que la Emperatriz Madre me echó para que buscara mi propio territorio, vivo aquí desde entonces.


―¿Cien años? ¿No has visto a ningún humano por aquí, ni en las montañas, en cien años?


―No, ni he oído que existierais.


Erëyre no daba crédito. Sabía que los aris podían vivir muchos años, eso no le extrañaba, pero que no hubiera visto ningún humano antes… ¿qué sentido tenía aquello?


El avhar era el culpable, estaba segura, había hecho algo.


¿Podría deshacerse? ¿Habría alguna forma de regresar con su pueblo?


‹‹Si la hay, pienso encontrarla…››


Frunció el ceño y clavó su mirada en la llanura frente a ella, decidida, aunque sin tener si quiera una idea de por dónde empezar a indagar.


El día terminaba, el Sol Cálido se inclinaba hacia el oeste del mundo. Entonces, comenzó a oír algo, una voz, venía de todas partes, pero las palabras eran incomprensibles.


Emperatriz se estiró, aún acurrucada dentro de su pelliza, asomó la cabeza fuera y movió las orejas en todas direcciones.


―¿Oyes eso?—preguntó la asir.


―Oigo voces… pero no sé qué dicen…


La vio saltar al suelo.


―Sígueme, rápido.


Erëyre se puso en pie y siguió a su compañera. Ésta corría como una exhalación, aventajándola con facilidad pese a su pequeño tamaño, sin embargo, abandonaba la carrera con frecuencia, haciendo extraños zig-zags cuando algún insecto la distraía. En una ocasión, hasta le vio cazar una pequeña cucaracha y volver a la carrera con ella aún en la boca.


Se dirigían al Refugio, Emperatriz la guió por una zona al oeste con la que solo estaba familiarizada por vagabundeos aburridos.


Entraron en unas grutas llenas de grietas, que permitían que aún se filtrara algo de luz, y, finalmente, se detuvieron en una casi circular.


La zorra olisqueó todo el suelo a su alrededor y se plantó en medio de la sala.


―Sí, aquí es―dijo, convencida, mientras se quedaba mirando a una de las paredes.


Erëyre no estaba segura de a qué se refería, la gruta estaba bastante oscura, con solo una pequeña grieta iluminando desde el oeste. En ese momento, el Sol Cálido comenzó a asomar entre la grieta y todo se iluminó, de una forma súbita e intensa. Parpadeó, casi cegada por la luz, entonces vio a una mujer alzándose en el centro de la sala, todo a su alrededor resplandecía con un brillo dorado.


Llevaba extrañas ropas de color amarillo, cubiertas con protecciones de bronce bien lustrado, portaba una larga lanza y un escudo, ambos de oro. Su cabeza estaba cubierta por un casco y una máscara de bronce, pero largos y gruesos bucles de pelo negro caían a su espalda, adornados de un brillo rojizo, como si estuvieran hechos de carbón ardiendo.


―¿Qué…? ¿Quién eres?


La máscara de bronce solo tenía rendijas para los ojos, pero, a través de las mismas, salía un brillo que le resultaba imposible contemplar fijamente.


―Soy una Guardiana de la Luz, soy una Mujer del Rayo… He venido porque ha ocurrido una incongruencia en el equilibrio del mundo.


―¿Incongruencia?


―Tú.


―¿Yo? ¿Qué incongruencia soy yo?


―Eres una humana cuyo tiempo ya pasó, sin embargo, estás aquí. Has saltado varias eras hacia un momento que no te corresponde, eres un pequeño desequilibrio en el mundo.


Erëyre parpadeó, confundida, ¿la habían transportado al futuro?, ¿el avhar le había llevado a otro momento en el tiempo?, ¿era eso?, ¿no que había desaparecido su familia…?


‹‹Espera›› se dijo, al considerar todas las palabras que la Mujer del Rayo había pronunciado‹‹, ¿está insinuando también que yo soy un problema en el equilibrio del mundo? ¿Qué quiere decir? ¿Es una amenaza?››


Sabía quienes eran las Mujeres del Rayo, las protectoras del Rey Sol Cálido, que le acompañaban continuamente, a todas partes. Eran los rayos de luz del alba y del atardecer, las leyendas de su familia decían que eran trece, los Ancianos, que eran infinitas. Además de proteger al Astro Real, debían mantener el equilibrio del mundo.


―¿Cómo de pequeño?—preguntó, incómoda―. ¿Cómo de pequeño es mi desequilibrio?


―Indiferente―su voz sonaba profunda, pero neutra―, un simple grano de arena en el aire no altera el curso de una tormenta, pero nos cuestionamos cómo y por qué estás aquí, nos preguntamos quién ha cruzado el sendero que no se debe atravesar y ha levantado la arena al pasar.


Frunció el ceño, pero pronto entendió de qué estaba hablando.


―¿El avhar? ¿El que me ha hecho esto? ¿Preguntas por él? No sé su nombre, lo dijo y lo he olvidado, pero hizo un extraño fuego rojo y aparecí aquí. No sé de dónde vino, yo no le llamé.


―¿Sabes por qué te envió aquí?


―No―se esforzó en recordar―, estoy segura que no dijo nada al respecto, me acuerdo que reía, me dio un nombre que se ha esfumado de mi memoria… y nada más. ¿Podría deshacerse su magia? ¿Podría volver a dónde pertenezco?


―No, las galerías del tiempo solo tienen una dirección para los vivos, hacia el frente, nunca hacia atrás.


Intentó mirar a través de las rendijas de la máscara de bronce, era imposible.


―¿Por qué solo para los vivos? ¿Qué hay que sí se pueda cruzar?


No estaba segura, pero le pareció que algo chisporroteó detrás de la máscara, ignoraba qué podía significar.


―Hay cosas que pueden moverse hacia atrás… pero no se puede deshacer lo que quien te trajera aquí hizo.


―Pero, ¿podría intentar enviar algo inanimado, por ejemplo?


La Mujer tardó un momento en contestar, su voz perdió parte del tono neutro, sonaba extraña, entre amenazante y dubitativa.


―Ya eres una incidencia en el equilibrio, es responsabilidad de las Mujeres del Rayo guardar ese equilibrio de los Reinos, considera bien si crees prudente agitar las corrientes del orden en el mundo más de lo que te conviene―movió su brazo izquierdo, el que portaba el escudo, y le mostró la palma de la mano, que sostenía una piedra redondeada―. Toma, esto podría servirte de ayuda en algún momento, ya que ni tú sabes si quiera por qué estás aquí. La noche se acerca, y solo me queda advertirte una cosa: las Guardianas de la Luz vigilamos siempre. Ten cuidado.


Erëyre parpadeó, intentando entender si había sido otra vez una amenaza, pero la Mujer del Rayo se desdibujó y desapareció tal como había aparecido, al mirar hacia la grieta en la pared, se dio cuenta que el Sol Cálido ya había cruzado al otro lado, estaba hundiéndose ya en el horizonte y el cielo de la noche se cubría de estrellas.




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