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NaNoWrimo 2013: Los Reinos Solares 06

[EL CAPÍTULO DE HOY VA A SER MÁS LARGO QUE DE COSTUMBRE, ASÍ QUE PROBABLEMENTE MIS FEEDS VUELVAN A DEJARME TIRADA. SI ALGUIEN TIENE INTERÉS POR SABER LA INSPIRACIÓN PARA EMPERATRIZ, ES UNA ESPECIE DE CRUCE ENTRE UN FENEC Y KIRARA, PERO CON MÁS LABIA.]


Los Reinos Solares


6.Aullidos


En el interior de la gruta, aún quedaban residuos de calor saliendo de las paredes. Erëyre miró la piedra que le había entregado la Mujer del Rayo: marrón con motitas amarillentas, no era especialmente bonito. La guardó entre sus ropas, sin saber para qué podía servir.


‹‹Puede que para vigilarme›› pensó.


Y quizá tendría razones para hacerlo, tenía una idea de lo que quería hacer a continuación: encontrar la forma de enviar un mensaje al pasado, a su pueblo, y pedirles que se pusieran a salvo antes de la llegada de los Hechiceros. Podría salvarles, incluso estando tan lejos como a generaciones de tiempo.


Ese era su plan, ni siquiera quería dar prioridad a descubrir por qué estaba allí, seres más grandes y poderosos que ella ya lo estaban investigando, ¿qué ganaba metiéndose ella cuando tenía otras responsabilidades?


―Muy bien, y ni un hola para mí, que te he traído aquí―gruñó Emperatriz indignada, mientras correteaba por la habitación buscando la calidez que había dejado la Mujer del Rayo, cuando encontró un buen sitio, se sentó.


Erëyre sonrió a la zorrita. Tenía razón, la había llevado hasta allí.


―Gracias―dijo.


Emperatriz movió su cola a los lados, más satisfecha.


―Ah, bien, de nada.


―¿Cómo fuiste capaz de entenderla? Yo sentí una voz, pero no qué decía.


El animal aris movió visiblemente sus enormes orejas, probablemente preguntándose si los humanos eran tontos.


―Mis oídos son más finos que los tuyos, mi olfato también… puedo detectar magia con ellos.


Como para hacer una demostración levantó su hocico al aire y lo agitó, pero, súbitamente, se levantó con el rabo tieso.


―¿Qué ocurre?—preguntó Erëyre.


Emperatriz miraba hacia la grieta, permanecía completamente inmóvil.


―Avhar―dijo finalmente―, la noche cae, muchos avhar salen, pero…


Corrió hacia la grieta y dio un salto sobre un saliente para poder asomarse fuera.


―Oh, oh…


―¿Qué?


―Oh, oh… Eso no lo había visto nunca.


Saltó del saliente, correteó con nerviosismo alrededor de toda la caverna y regresó a la grieta.


―¿Qué pasa?—repitió Erëyre acercándose también a observar.


En el suelo, a cierta distancia de la caverna, veía deslizarse sombras de cuatro patas. Todas las sombras tenían un aura roja, eran avhares, sin duda, animales probablemente.


―Se dirigen hacia aquí…―dijo con voz queda, intentando no hacer ruido en caso de que aún no hubiera sido detectada.


―Vámonos―ordenó Emperatriz, con sus ojos negros completamente abiertos y el hocico temblando nerviosamente.


Saltó de nuevo del saliente y corrieron fuera. Erëyre la siguió, confiando en su nariz y en su instinto en la oscuridad de las grutas. Si al menos tuvieran los cristales de los Ancianos… pero los Ancianos estaban muertos… estaban muertos hacía siglos, incluso ellos, los humanos más vetustos y más sabios, desaparecidos del mundo como si nunca hubieran existido.


Pese a sus tiranteces con ellos, se dio cuenta que ya los echaba de menos.


Cogió aire con fuerza, intentando apartar aquellos pensamientos de su mente y centrarse en seguir al animalito que la guiaba.


En un momento, oyeron un tenebroso aullido que reverberó por todas las galerías, poco después fue seguido de algunos más.


―Lobos―dijo Emperatriz―. Lobos. Lobos. Lobos. Peores que los gatos.


Había empezado a correr y Erëyre tenía algunos problemas para seguirla.


―¡No!—gritó de pronto la aris― ¡Por aquí no!


Dio un brusco giro y se internó en una nueva galería, pero volvió a detenerse de golpe.


Al fondo de la misma, prácticamente fundida con el fondo, podía ver una gran sombra oscura, vagamente definida por un aura rojiza, unos ojos brillantes inyectados en sangre y unos colmillos blancos que atraían toda la luz nocturna que llegaba entre las grietas.


―Oh, oh…―dijo Emperatriz―. Oh, oh…


Erëyre había visto lobos antes, a veces aparecían en la parte baja de las montañas, donde estaba el hogar de los Ancianos. Nunca se acercaban mucho a ellos, le parecían bastante inofensivos, aunque sabía que sería mala idea intentar aproximarse a ellos.


Aquella criatura solo le recordaba a aquellos lobos en la forma, era mayor y más cruel, irradiaba una siniestra voluntad que no pertenecía a ningún animal normal.


―¡Vete!—ordenó Emperatriz, gruñendo de forma patética a la enorme forma que se cernía sobre ella, ésta pareció sonreír―. ¡No me obligues a descargar mi furia sobre ti!


El lobo, definitivamente, empezó a reírse.


De pronto, sin embargo, toda la galería se iluminó. Emperatriz creció hasta ser mayor aún que el lobo, iluminada por una peculiar luz dorada, abrió sus mandíbulas y salió un torrente de fuego que hizo que la sombra de su enemigo se retorciera y desaparecida, seguida por lastimeros gemidos de dolor, entre las galerías.


Y, tras aquel ataque, volvió a convertirse en una minúscula aris zorro.


―Corre, corre―le ordenó, echando a correr ella misma por la galería como una exhalación―. Solo puedo hacer eso una vez al día, así que será mejor que salgamos de aquí.


Erëyre comenzó a sentir un viento frío en la cara y, pronto, estaba fuera de las galerías, pero aún en el interior de las montañas. Emperatriz la estaba guiando hacia arriba, por algunos estrechos caminos, quizá esperando un lugar donde poder cortar el paso a los lobos.


Corría siguiendo la tenue luz azulada del aura de su compañera y las estrellas del cielo. Su aliento salía blanco de sus labios y se pegaba a su piel con un cosquilleo. A medida que subía sentía más y más frío, una gran parte de las montañas estaba nevada todo el año, incluso en aquella peculiar edad, fuera la que fuera, podía ver el resplandor de la nieve en la distancia.


Tras un débil traspiés, se tomó un momento para coger aire y mirar hacia atrás. Veía los lobos siguiéndolas por el camino, no estaban logrando detenerlas, aunque no se movían con demasiada rapidez e iban en fila. Haciendo un esfuerzo, se dio cuenta que había algo más que lobos en la oscuridad, había otra sombra casi al final, una sombra aún mayor y con forma casi humana. No estaba segura de qué podía ser, y no quería descubrirlo.


―¡Vamos!—le animó Emperatriz, y comenzaron a correr otra vez.


―No les estamos despistando.


―Buscaré un bosque, donde haya olores… igual eso les distrae.


Erëyre gimió, no sonaba como un buen plan.


―No puedo correr toda la noche―protestó, sintiendo un fuerte dolor en sus piernas.


―Bueno, explícaselo a los de ahí abajo, cuando te canses.


Estaban llegando a una zona donde la nieve se comenzaba acumular, aquello iba a representar más dolor para sus piernas.


―Busca una pequeña caverna, o algo así―pidió―, y nos taparemos con nieve, quizá así no nos huelan.


―Busca tú también, mis ojos no son mejores que los tuyos.


Delante había un bosque de pinos de agujas negras y corteza oscura, los árboles se elevaban hacia lo alto destacando sobre la blancura de la nieve.


Erëyre revisó desesperadamente cualquier afloramiento de rocas donde pudiera haber un escondite adecuado. De no muy lejos, se oyeron aullidos, y el pánico comenzó a apoderarse de ella, ya no sabía qué hacer.


Por si fuera poco, oyeron un rugido del interior del bosque.


―Oh, oh…


―¿Ahora qué?


―Mierda, los gatos.


―Un gato no ruge así.


―Puede que sean tigres, entonces.


‹‹Mucho mejor››, pensó cínicamente‹‹voy a morir sola en este mundo, devorada por tigres. No quiero. No es justo››.


Y, de entre la nieve, salieron cuatro felinos grises, con rayas oscuras en sus cuartos traseros y colmillos largos como toda su mano. No poseían aura alguna, no eran más que tigres salvajes de las nieves.


Retrocedió asustada, Emperatriz retrocedió con ella.


―No somos una amenaza―dijo, intentando razonar con ellos―. No venimos a por comida, ni a por crías.


Los tigres miraron un momento con confusión a la pequeña zorra, parecían estar escuchándola de alguna forma, ¿podía ser alguna magia aris hablar con animales?


―Ya vemos lo que sois―dijo una voz grave de lo alto―. No le duraríais dos instantes a una cría de seis meses.


Las dos se giraron con un brinco. Sobre una peña había otro tigre, más grande, aquel tenía además un aura azulada, otro animal aris.


Súbitamente, Emperatriz pareció recuperar algo de su valor.


―Soy Emperatriz de Rocaburrida en una misión diplomática de una Mujer del Rayo con la Última Humana que Queda.


El tigre aris se lamió una zarpa y comenzó a limpiarse las orejas con ella.


―¿Qué es una ‹‹humana››?


―Yo…―dijo Erëyre.


El tigre dejó de limpiarse y saltó desde la roca hasta quedar a un palmo de distancia de ella. Retrocedió asustada, pero la criatura avanzó, olisqueando. Estaba segura que su cabeza entraba entera en aquellas mandíbulas.


―Huele como un mono vestido con piel bisonte… bueno, puede que un poco mejor que la mayoría de los monos.


―Nos están siguiendo una jauría de lobos avhar, tenéis que ayudarnos―intervino Emperatriz.


El tigre la miró e inclinó la cabeza.


―No, no es asunto mío lo que os pase, pero si los lobos se atreven a entrar en nuestro territorio recibirán una buena lección.


A continuación, dio la vuelta y avanzó en dirección al camino por el que habían huido, seguido por los miembros de su manada. Poco después vio perfilarse las primeras sombras de los lobos, gruñendo amenazadoras.


―Fuera de aquí, este territorio es nuestro―dijo el tigre aris, con un gruñido bajo.


―Nos da igual vuestro territorio, seguimos instrucciones de nuestro amo, apartaos u os destrozará.


―Ja, ja, ja… qué gracioso, unos patéticos lobos quieren darme órdenes…


A continuación oyeron un rugido y toda la zona se transformó en un violento caos, de garras, dentelladas y sombras. La nieve saltaba al aire, y las feroces sacudidas contra los pinos hacían que llovieran agujas negras a su alrededor.


Sin mediar palabra entre ellas, Erëyre y Emperatriz habían comenzado a retroceder, intentando alejarse de la batalla entre una zona más espesa de troncos. Sin embargo, algo se interpuso en su camino.


Vio el resplandor azulado del aris antes de reconocer a la criatura, alzó la cabeza, descubriendo dos colmillos, tan largos como su propio brazo, partiendo de una descomunal cabeza. Parecía otro tigre, con pelaje gris azulado, rayas en las patas traseras y garras, pero grotescamente grande.


Erëyre se dio cuenta que también tenía unas largas barbas blancas alrededor de la cara, y una aureola, además del aura azul. Los Ancianos le habían explicado qué significaban las aureolas, cada forma diferente distinguía complejas jerarquías y alianzas entre aris y avhar, pero ella no había prestado atención, le había parecido aburrido e inútil, así que lo único que sabía era que estaba ante un aris importante, porque su aureola, azul intenso, estaba llena de complejas marcas.


―Buenas noches―exclamó Emperatriz, que se recuperó de la sorpresa antes que ella―, ¿supongo que es usted el Emperador de estas tierras?


Vio al gigantesco tigre hacer un gesto que podía parecerse a ‹‹alzar las cejas››, luego, dejó caer su cabeza a poca distancia de la zorra, que no parecía mayor que un insecto a su lado. Después de olisquearla, volvió a alzarla.


―Hace mucho que no veo a tu gente por aquí―le dijo―, siempre preferís el calor.


―Sí, pero hay mucha competencia en el sur ahora mismo, y los bichos se reproducen también en el frío, así que…


―Tú también―continuó el tigre volviéndose a Erëyre―, los tuyos desaparecieron, de mi lado del mundo, al menos, hace milenios. Yo era joven cuando aún se podían ver humanos en las montañas.


Erëyre se movió incómoda y no respondió. En aquel momento, el otro tigre aris regresó de la contienda moviéndose de forma nerviosa.


―Abuelo, por favor, tiene que ver esto…


El gran tigre asintió con la cabeza y avanzó hasta donde había lobos desperdigados por el suelo, y los tigres normales olisqueaban y miraban hacia el camino, de forma tensa.


―Esperad aquí―dijo, en dirección a ellas.


Un momento después, vieron al tigre de las barbas blancas avanzar en dirección al camino y detenerse bruscamente, soltando un rugido bajo que hizo temblar la montaña en la que se encontraban durante un largo momento.


A continuación, todo quedó envuelto en un abrumador silencio. Se había terminado la lucha, había desaparecidos los aullidos y los movimientos en la nieve, ni siquiera el viento se atrevió a romper la quietud.


Pese a su gran tamaño, el tigre regresó con el más perfecto sigilo felino, dando un salto hasta una elevación del terreno, desde donde podía contemplar mejor todo el territorio.


Erëyre se dio cuenta que el resto de tigres, incluido el otro aris, se habían acercado colocándose a su alrededor.


―No te asustes―dijo el aris de las barbas blancas―, os están protegiendo.


―¿Qué ocurre?


―Eso queremos saber nosotros, ¿por qué hay una humana en mis montañas?, perseguida por extrañas criaturas avhar…


―Somos una delegación diplomática enviada por una Mujer del Rayo―explicó Emperatriz, a su manera.


―¿Una Mujer del Rayo?


―Sí, esta humana ha sido traída a este tiempo de tiempos a tras por razones desconocidas, la Mujer del Rayo quiere investigar a qué se debe, mientras, como la Humana Perdida cayó en mi Imperio, es mi responsabilidad hacerme cargo de ella… mientras no me coman.


―¿Tienes pruebas de lo que dices? Las Guardianas de la Luz no se dejan ver así como así.


―La piedra…―Emperatriz la estaba mirando―. La piedra―repitió.


Erëyre recordó la piedra marrón que le había dado la Mujer, la sacó de entre sus ropas y la enseñó. En aquel momento parecía aún menos vistosa de lo que recordaba.


―¿Inquieto?—indicó el gran tigre.


El aris menor se acercó y olisqueó la piedra.


―¿Te llamas Inquieto?—Emperatriz se estaba riendo, el tigre le dedicó un gruñido bajo.


―Ojo de tigre―dijo Inquieto a su superior tras oler―, y huele a amaneceres, pero es débil.


―Es de noche, es normal. Dicen la verdad, entonces, y las Guardianas de la Luz ya están al corriente de que algo va mal… aunque pude que no sepan lo que ha ocurrido ahora, sus poderes solo tienen fuerza de día.


―¿Qué ha ocurrido?—inquirió Erëyre, que aún no estaba segura de lo que pasaba.


―Os están siguiendo una manada de lobos avhar, guiados por un caudillo. Los caudillos son criaturas muy peligrosas, si no estaría yo aquí, ya os hubieran hecho trizas, a vosotras y a mi familia. Tienen una gran magia, pero no son criaturas de iniciativa, otro alguien los está azuzando hacia vosotras.


―Mmm… pero, ¿por qué? Si es el mismo avhar que me ha traído aquí, ¿por qué querría matarme?


El gran tigre movió de forma nerviosa la punta de su cola y entrecerró los ojos.


―No lo sé… Aunque hay muchos bandos, en estos mundos. Aris y avhar no estamos enfrentados siempre, pero a veces, lo estamos entre nosotros… ―empezó a hablar como si pensara en voz alta―. Mmm, curioso, que hayas llegado precisamente en este momento y que una Mujer del Rayo te reciba en persona… En fin, cruzar las líneas del tiempo no es algo que muchos sean capaces de lograr, eso limitará los sospechosos.


―Ah… ¿y cómo se cruzan las líneas del tiempo?


El tigre agitó las orejas.


―¿Para qué quieres saberlo?


―¿Por qué no voy a querer saber cómo he llegado aquí?


―Um… ¿Te han informado que eso es algo que puede desequilibrar los mundos?


―Sí, la Mujer del Rayo me lo dijo.


―Entiendo―le vio entrecerrar los ojos otra vez, parecía hacer consideraciones, Erëyre estaba segura que había algo que no le estaba diciendo―. Si ella está al corriente de ti, entonces yo no me voy a entrometer en lo que hagas. Todas las formas de cruzar líneas de tiempo, están basadas en la magia del Entremundo. El Entremundo absorbe los espíritus de los muertos, y los hace renacer de nuevo, incluido el tiempo que ha pasado y el que pasará. Todo lo que no está vivo en el Reino del Sol Cálido y en el del Sol Hueco, está en el Entremundo, todo lo que existe, ha existido, o existirá, solo que… no es sencillo llegar a algunas cosas, ni todo tiene formas que reconoceríamos entre los que vivimos…


―¿Entonces?


―Yo soy el Guardián de las Montañas, mi territorio es casi opuesto al Entremundo, así que no puedo informarte más, si quieres conocer mejor cómo funciona esa magia, tendrás que bajar al interior de la tierra y buscar allí a alguien que te ayude.


―¿Y cómo podría hacerlo?


―Hay entradas en varios lugares―volvió a detenerse para pensar―, hay una no muy lejos de aquí, a un par de días al norte.


―¿Y el Muro?


―¿Qué pasa con el Muro?


―¿No invade el camino?


―No… el Muro retrocedió muy al norte hace ya varios siglos, creo que ni Inquieto llegó a conocerlo por esta parte del mundo. La entrada estuvo cubierta durante mucho tiempo, pero ahora se puede cruzar.


Erëyre parpade y se mordió el labio, le costaba entender que aquel mundo ya no era el suyo, pese a lo poco que había conocido. No había humanos, no había Muro, pero tantas cosas seguían siendo idénticas. Sentía confusión y malestar al entender que, como la Mujer del Rayo había dicho, apenas era una mota de arena en una tormenta.


―¿Se puede llegar con facilidad?


―Mmm… sí, un paseo para nosotros, vosotras…


Inquieto miró a Emperatriz de medio lado y se rió, la zorrita estiró su abultada cola, indignada.


―Seguro que puedo correr más que vosotros, mastodontes.


―Dejaré descansar hoy a mi familia, el combate ha sido pesado―dijo el tigre de barbas blancas, ignorando a los otros dos aris―, mañana Inquieto os llevará hasta la entrada. ¿De acuerdo?


―Sí―respondió Erëyre.


Emperatriz movió su hociquillo con irritación, pero asintió también.




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