Amy (aranya_mx) wrote,
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NaNoWrimo 2013: Los Reinos Solares 07

[NUEVA ENTRADA, VOY PONIENDO LOS TÍTULOS DE LOS CAPÍTULOS SEGÚN LOS SUBO CASI Y A VECES NO TIENE MUCHO SENTIDO DONDE DECIDO EMPEZARLOS O PARARLOS, PERO GÜENO. YA LO REVISARÉ MÁS ADELANTE.


Los Reinos Solares


7. Persecución


La manada entonces se alejó hacia una zona más amplia y les siguieron. Había un pequeño río, aunque el agua estaba muy fría, y la nieve formaba solo pequeños parches. Los tigres bebieron, se lamieron a conciencia y se echaron a dormir.


Erëyre pidió permiso para hacer un fuego para cobijarse del frío, llevaba piedras en su bolso, pero le costó que prendieran las ramas, demasiado húmedas o verdes. Emperatriz le ayudó a soplar para que el fuego cogiera fuerza.


Finalmente, tuvo una pequeña hoguera preparada y se echó un rato contra una roca frente a ella, mirando antes a todos los tigres que había reunidos por la zona, sintiéndose, de nuevo, muy extraña.


‹‹¿Y si al despertar todo ha sido un sueño? Sería bonito, estar otra vez en las grutas y que nada hubiera pasado…››.


Emperatriz se metió debajo de su pelliza, se hizo una pelota en su estómago y quedó dormida rápidamente, podía oír su respiración acompasada y tranquila. Sintió envidia por ella, no sabía si iba a ser capaz de pegar ojo.


Al final sí que algo pudo dormir, porque se despertó y era de día. Miró un momento a su alrededor, mientras seguía adormilada. El Sol conseguía calentar un poco el terreno, los tigres habían cambiado de sitio y posición, pero seguían durmiendo pesadamente, alguno estaba patas arriba, disfrutando de los rayos solares en su barriga.


El ambiente era tranquilo, sereno, muy diferente a cómo había sido la noche anterior.


‹‹Ah, y no ha sido un sueño entonces, el maldito avhar me ha traído a otro tiempo… Soy la única humana aquí, quizá en todo el mundo, en todos los Reinos…››.


Suspiró triste y pesadamente, después notó que su estómago se quejaba por el hambre, le siguió otro gruñido.


―Tus tripas me han amenazado―protestó Emperatriz, que seguía hecha una bola sobre su ropa de lana.


―Tengo hambre… no me queda mucha comida, buscaré por aquí.


Se irguió y su compañera saltó de dentro de sus ropas, inmediatamente comenzó a corretear en zig-zag, buscando insectos.


Erëyre vagabundeó por la zona, no sabía cuándo podría volver a comer bien, así que prefirió no gastar aún la poca comida que llevaba. Encontró algunas bayas en zonas más bajas, pero tenía miedo de alejarse demasiado de la vista de los tigres mientras recogía, aunque en su fuero interno sabía que los avhar no salían en aquella parte del mundo de día, los muy poderosos tenían formas de ocultarse al Sol Cálido.


Hasta medio día, los grandes gatos no comenzaron a despertarse, y lo hicieron muy lentamente, a continuación procedió una nueva y larga sesión de lametones.


―¿Cuándo iremos a la entrada al Entremundo?—preguntó Erëyre, impaciente.


El tigre de barbas blancas parpadeó, con ojos legañosos.


―Mmmm… en seguida, cuando se termine el baño.


―Se va a hacer de noche, y dijiste que se tardaba dos días.


―Dos días a paso normal, sí, pero se puede llegar antes corriendo.


A su lado, Inquieto movió con irritación el rabo.


―¿Puedes usar un tono más educado para hablar con nuestro Abuelo?


―Oh, perdón…―respondió Erëyre, aunque con escasa sinceridad, estaba impaciente por marcharse, no quería volverse a encontrar con los lobos.


El Abuelo se rió, con una risa profunda y grave.


―Jovencitos, siempre con prisas. Los humanos tampoco han sido nunca muy educados, me temo, Inquieto, tendrás que tolerarla.


―Pues si él está despierto―señaló―, ¿por qué no nos lleva ya?


Inquieto volvió a sacudir su rabo, con mayor ímpetu aquella vez.


―Iré a buscar el almuerzo―respondió, sin dirigirse a ella―, luego me las llevaré para que dejen de molestar.


Un rato después, Inquieto regresó.


―Podemos irnos ya, pero estaría bien que agradecierais a nuestro Abuelo lo que está haciendo por vosotras, no es responsabilidad suya encargarse de cualquier criatura perdida que pase por aquí.


Erëyre fue a decir algo despectivo, pero se lo pensó dos veces. Puede que tuviera razón, puede que no estuviera de más un agradecimiento.


Fue a ver al tigre de las barbas blancas, con su aureola azul brillando con fuerza en el despejado Cielo Azul, le dio las gracias e inclinó la cabeza como gesto de respeto. Puede que aquella criatura estuviera viva cuando ella nació, podría ser infinitamente anciana, pero ella no había reverenciado demasiado a sus propios ancianos, así que era algo que no le salía con naturalidad.


Luego se volvió para seguir a Inquieto, les guió por un sendero diferente, montaña abajo. Erëyre observó las cosas que habían cambiado en el territorio: ya no había Brumal, ni se vislumbraba el brillo del Muro a lo lejos.


Había una gran llanura de hierba corta hasta el horizonte,  de un verde azulado, con ocasionales afloramientos de arbustos y rocas. Vio una manada de bisontes a lo lejos, acompañadas de algunos uruen, mamuts lanudos y pequeños. Ambas especies solían acompañarse mutuamente, aquello no había cambiado.


Cuando alcanzaron la llanura, Erëyre empezaba a quedarse sin resuello, ya que Inquieto mantenía un ritmo veloz, pese a que no parecía moverse rápido.


Emperatriz saltó sobre la cabeza del felino y se sentó.


―Baja de ahí.


―Estoy cansada y hay mucho sitio aquí arriba, ¿por qué no aprovecharlo?


Inquieto gruñó en tono bajo y amenazador.


―¿Te he dado permiso?


―No… ¿me dejas subirme a tu cabeza?


―Ya estás ahí, me da igual.


Erëyre comenzaba a sentir sus pies muy pesados también, y no hacía demasiado frío en la llanura, la ropa de piel la estorbaba.


Vio a lo lejos otro tigre moviéndose en la distancia, contemplándoles con curiosidad, era un tigre pequeño y pardo.


―Solo quiere ver que cruzamos su territorio, que no intentamos pararnos aquí―explicó Inquieto.


Se limitó a asentir, luchando por mantener el ritmo, pero finalmente tuvo que pararse a descansar un momento.


Estaba atardeciendo y casi agradecía que llegara el frío, sentía un bochorno terrible dentro de sus ropas, empezó a temer que podría enfermar si su sudor se enfriaba demasiado.


―¿Qué ocurre?—inquirió Inquieto.


―Estoy cansada, quiero descansar.


―¿No tenías prisa?


Le lanzó una mirada irritada, que no aguantó mucho tiempo, porque Emperatriz seguía subida encima de la cabezota del gran gato, y le estaba haciendo gracia.


―Súbete aquí―le invitó la zorrita―, se está muy cómodo.


Inquieto sacudió la cabeza y Emperatriz tuvo que saltar al suelo.


―Os propongo algo, dejaré que la humana suba un rato conmigo, pero tú vas a pata.


―Muy bien, estaba aburrida de las vistas ahí arriba, de todas formas.


Erëyre miró un momento a la cara del felino, dudando.


―Gracias―dijo, finalmente, y se subió encima del aris.


Este comenzó a trotar a paso ligero, a su lado, Emperatriz entrecerraba los ojos y agachaba las orejas, corriendo con sus diminutas patas para mantener el ritmo. Aunque no debería estar muy cansada, observó, ya que aún así se distraía yéndose a buscar insectos aquí y allá.


Al llegar la noche, el aire se volvió súbitamente más frío, Erëyre tuvo que atarse las solapas de su gorro, pues la piel de su cara comenzaba a picar.


Emperatriz también debía sentirse a disgusto, sintió cómo saltaba a su espalda, de ahí su hombro y de ahí se coló entre sus ropas por el hueco del cuello, dejando ver solo las orejas y los ojos por fuera. Inquieto ni siquiera dio señal de que hubiera notado lo que había hecho.


Quiso decir algo divertido, pero en ese momento varios aullidos rasgaron la noche, venían tras de ellos y no tenía demasiadas dudas de a quiénes podían pertenecer.


El tigre gruñó y comenzó a correr. Erëyre se agarró con fuerza a su pelaje.


―¿Cómo nos han encontrado? Estamos muy lejos de donde se quedaron.


―Con magia, probablemente…


Se volvió para mirar por encima del hombro, no veía a los lobos, pero sabía que tenían que estar por allí.


―¿Falta mucho para llegar?—preguntó Emperatriz.


―No demasiado, con un poco de suerte no nos alcanzarán hasta que lleguemos, pero no sé qué encontraremos allí.


La carrera continuó, ocasionalmente se giraba para mirar atrás, temiendo ver los bordes rojizos de sus auras.


De frente comenzó a alzarse una forma que le resultaba familiar. Resplandecía pálida, definiendo con precisión la línea del horizonte, el Infinito Azul, el Muro. No se había dio tan lejos.


Regresaron los aullidos, al darse la vuelta pudo reconocer a los lobos, corriendo hacia ellos.


―Nos han visto…


Inquieto no dijo nada. Emperatriz salió de entre sus ropas y se subió al hombro, gruñendo hacia sus perseguidores.


Los avhar acortaban las distancias poco a poco, pero con determinada constancia.


―¿Falta mucho?—volvió a preguntar Emperatriz.


―No, se encuentra justo detrás de aquellas rocas enfrente de nosotros.


―Vale, seguid adelante…


La zorra saltó directamente de su hombro al suelo, corriendo hacia los lobos como una centalla.


―¡¿Qué?!—gritó Erëyre, pero era muy tarde para hacer nada.


De golpe, vio cómo algo se iluminaba como un pequeño sol amarillo a su espalda y oyó una explosión. No supo qué pensar sobre lo que había ocurrido, mantuvo su vista atrás, muy preocupada por su compañera.


Entonces salió de la oscuridad una minúscula mota pálida, se movía como un rayo. Sonrió de oreja a oreja al darse cuenta que era Emperatriz, la zorrita consiguió alcanzarles y saltó a la cabeza de Inquieto.


―Será mejor que corras más, acabo de ganarnos un tiempo estupendísimo, así que no me decepciones ahora.


El tigre gruñó molesto, pero tensó los músculos y luchó por aumentar su velocidad.


Las rocas que había mencionado estaba ya a escasa distancia y Erëyre no podía ver aún a los lobos. Habían conseguido llegar, pero ¿serviría de algo? Podían seguirlas y en el interior no se detendrían al hacerse de día…


No estaba segura de qué había esperado cuando le dijeron que había una entrada al interior de la tierra, quizá una pequeña gruta, como en la que había vivido desde pequeña, pero tras las rocas se abrió un inmenso agujero oscuro y circular.


―¿Cómo se desciende por aquí?


―Hay un sendero a vuestra derecha, bajad por allí.


―¿No nos acompañas?


Inquieto sacudió la cabeza.


―No tengo intención de entrar bajo tierra en forma alguna, me quedaré aquí y distraeré a los lobos.


Erëyre había bajado al suelo y le miró, un poco preocupada.


―¿Y estarás bien?


El tigre parpadeó y se lamió el hocico.


―Eh… sí, bien, unos lobillos no van a ser un problema para alguien como yo. Estaré perfectamente bien. Vosotras deberíais correr ahí dentro, y buscar algún sitio donde refugiaros.


―Gracias.


Erëyre asintió como despedida y corrió tras Emperatriz, que ya había encontrado el camino.


Lo último que vio de la superficie fue Inquieto corriendo por uno de los bordes del agujero.




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