Amy (aranya_mx) wrote,
Amy
aranya_mx

Hiedra 1



HIEDRA
1.El entierro

-¡Zafiro, Zafiro! No corras.
La niña ignoró a su madrastra, si no se daba prisa su hermano mayor partiría sin despedirse.
Corriendo con ella, su brillante y alborotada melena pelirroja parecía mecerse con vida propia, sus ojos, de un intenso azul polar miraban preocupados escaleras abajo, mientras apoyaba sus manitas, de un blanco purísimo, contra las paredes.

No era la primera vez que se caía.

Su madrastra trataba inútilmente de seguirla con su bebé en brazos, otra niña. Desde hacía varias generaciones, su familia, Riodeplata, trataba de recuperar el reino de Riodeplata que consideraban suyo legítimamente, creían que la simple relación de ambos nombres lo demostrabacontra toda duda. Claro que al igual que ellos, casi una decena de familias, más o menos poderosas, tenían sus propias razones para reclamarlo.

Por tal motivo su hermano mayor, Osopardo, debía ir a las guerras, era, junto con su padre, los últimos descendientes varones de la familia y tenían que luchar por lo que creían sus derechos.
A Zafiro todo eso le daba igual, ella, simplemente, adoraba a su hermano, no podía permitir que se marcharse sin decirle adios, era la única persona que de verdad se preocupaba por ella tras la muerte de su madre. Su padre, Luchador, la ignoraba, y su nueva madrastra era una criatura egoista y remilgada que solo vivía por su nuevo bebé. Si Osopardo se iba, Zafiro se quedaría sola.
Tardó un rato en encontrarlo, entre tanto caballo y caballero con armadura.
-Osopardo-gopeó la espinillera de metal. Su hermano bajó la vista para mirarla.
-¿Qué haces aquí?Deberías estar en la cama.
-No te vayas-dijo al borde de las lágrmas.
-Tengo que irme, ya te lo expliqué.
-Solo te vas porque Luchador te lo ha mandado-ahora lloraba de verdad. Zafiro siempre llamaba a su padre por su nombre.
-Es nuestro padre, Zafiro. Hay que obedecerle.
-¡¿Aunque sea un imbécil?!
-¡Zafiro!
La niña agachó la cabeza, se había pasado, en verdad creía que su padre era un completo imbécil al mandar a su hermano a las guerras siendo tan joven, pero no era algo que debiera decir.
-Nos vamos-dijo Osopardo. Espoleó a su caballo e hizo un gesto de despedida con la cabeza.

Zafiro se apartó. Si aquellos caballos llegaban a aplastarla,¿la echaría alguien de menos?. Lo dudaba.

Nada más ver a las tropas perderse en el horizonte, Zafiro corrió al bosque. Era más feliz allí que en ese castillo lleno de cortesanos como su madrastra. Cuando su madre vivía hacían muchas excursiones al bosque, pero su nueva madrastra odiaba los bichos y evitaba salir de las murallas de la ciudad. A Zafiro no le importaba, prefería ir sola que con esa remilgada, tampoco le importaban las terroríficas historias que sobre aquel bosque en particular contaban los aldeanos. Era una extensa selva de robles y hayas donde no vivía nadie y abarcaba varios paises, se decía que varios ejércitos habían tratado de cruzarlo para realizar asaltos sorpresa al castillo y a la capital de Riodeplata, ninguno salió de la espesura.

Casi una luna pasó antes de que las tropas volviesen, como siempre, llenos de muertos, heridos y reclamando comida y atenciones. Zafiro paseaba su mirada ansiosa por los caballeros montados, luego por los heridos, y , finalmente, tuvo que dirigirse a su padre pues no se atrevía a mirar a los muertos.
Como siempre, Luchador la ignoró, gritaba su orgullo y dolor por la gloriosa muerte de su primogénito, no derramando ni una sola lágrima. Zafiro, en cambio, sintió como las paredes del castillo se derrumbaban sobre ella, el suelo que pisaba se tambaleaba y todo se convertía en una grotesca pesadilla, de donde era imposible despertar.

Su hermano había muerto.

Aquella sensación de terrible vacío y desamparo fue el mundo de Hiedra hasta el entierro de Osopardo, veía a gente llorar, pero sabía que mentían, todos mentían. Aquella gente falsa e hipócrita, no se lo podía creer, su hermano no se merecía algo así, su hermano había sido bueno y valiente y aquella gente no era más que una pandilla de cobardes mentirosos que buscaban quedar bien ante su padre.
Llorando toda su rabia y amargura se soltó de los brazos de su madrastra y corrió. Corrió como jamás había corrido, sin importarle si se tropezaba, ni si se golpeba contra las piedras o caía en las zarzas. Solo corría, para huir de aquella pesadilla, solo podía correr.
Sus pequeñas piernas la llevaron al familiar bosque, se internó en él y solo paró cuando sintió que su corazón estallaría en cualquier momento. Se acurrucó junto al grueso tronco de un viejo roble y volvió a llorar.

No iba a volver, decidió que no volvería jamás con su familia, no volvería con nadie. La gente era falsa y mala, nadie la quería y ella tampoco quería a nadie, solo a su madre y a su hermano, pero estaban muertos...
El día pasaba, cualquier otra sensación estaba subyugada por el dolor de la pérdida y Zafiro las ignoraba.
Cuando cayó la noche, al agotamiento había vencido por fin a la niña, aun acurrucada en el tronco, dormía.
Las criaturas de la noche salían buscando alimento, una niña pequeña era un suculento manjar para muchas. Y la hiedra lo sabía, la planta, que trepaba elegantemente alrededor del roble, comenzó a estirarse hacia Zafiro, rodeándola y alzándola, árbol arriba, hasta un lugar seguro.
Aquella noche, la niña soñó que los brazos de su madre la acunaban.


Al notar su falta, la gente del castillo la buscó entre la ciudad y la parte exterior del bosque durante tres días, pasado ese tiempo decidieron que ninguna niña era capaz de sobrevivir tanto en aquel peligroso bosque, temido por todos, la dieron por muerta, y no se volvió a hablar más de ella.


Zafiro había dormido durante aquellos tres días, misteriosamente protegida por la hiedra. Al despertar, se sintió más animada, el mundo ya no parecía tan oscuro después de un buen descanso. No entendía que hacían tantas plantas a su alrededor pero tampoco le importaba. Quizá debería hacer las paces con su madrastra, después de todo, no era tan mala, y en el futuro podría tener a su hermanita para jugar, le enseñaría cosas del bosque, como se las enseñó su madre.
¿Dónde estaba?,¿Se había perdido?. No, ahí está el viejo olivo.
Quizá estaban preocupados por ella después de todo, seguro que se alegraban al volver a verla. Sí, seguro.

No había nadie buscándola en los alrededores del bosque, tampoco parecía haber ninguna conmoción en el castillo. Zafiro miraba a los que pasaban, esperando que la reconocieran y reconocer a alguien, pero nadie pareció interesarse por ella.

Angustiada, se acercó a un viejo encorvado que transportaba verduras a la cocina.
-Oiga, eh...¿sabe donde está la hija del señor del castillo?...la mayor.
El viejo parecía rumiar.
-¡Ah, sí! Desapareció. Se perdió en el bosque, la buscaron tres días...
-¿Tres...?
-...y ya la han dado por muerta, que es lo más seguro, ya dice la gente que no estaba bien que esa niña andara por ese bosque ella sola, monstruos y diablos, es lo único que hay...
Zafiro estaba a punto de llorar.
-¿Muerte?, ¿cuándo será su entierro?-le preguntó al viejo.
-¡Vaya!¿La conocías?, ya lo siento, seguramente la enterrarán esta tarde, bueno, o harán como que la entierran porque no creo que tengan su cuerpo, lo habrán devorado los lobos o los buitres.
Zafiro susurró un adios y se marchó. ¿Tres días?, no podía creer que había dormido tanto, pese a que estaba muy cansada, pero lo que más la asombraba era que la habían dado por muerta en tres míseros días.

No era justo.

Se dirigió al cementerio, no tuvo que esperar demasiado, escondida entre las ramas de un árbol, observó su propio entierro. No había ni una cuarta parte de la gente que había en el entierro de su hermano. Los pocos asistentes eran segundones de familias aliadas que vivían en el castillo, ninguno parecía tener demasiada expresión, aquello era un simple trámite para quedar bien delante de la esposa del señor del castillo, pues ni siquiera su padre se había molestado de ir a su entierro. El bebé empezó a llorar y su madrastra le dejó en brazos de su aya, ni ella ni su madrastra se molestaron siquiera en fingir pena.

El odio subió del estómago a su garganta, como un veneno, abrasando. Los odiaba, aquella gente mala, y ella creyendo que estaban preocupados, no tenían sentimientos, no eran personas, eran pedazos de granito. Los odiaba. Los odiaba. Ellos habían matado a su hermano, y ahora, la habían matado a ella.
Ya no tenía ni familia, ni nombre, ni casa, no quería volver a verlos jamás. Se internaría en el bosque, lo único querido y familiar que le quedaba, y viviría allí hasta que los dioses quisieran...


2.Supervivencia

Buscar comida en el bosque cuando salía de excursión con su madre y su hermano era divertido. En su situación actual resultaba desesperante. Era primavera y muchos de los alimentos que conocía aún no habían salido y las trampas para animales resultaban más eficaces cuando las ponía su hermano. Al menos sabía hacer fuego, y había robado una cacerola a una vieja despistada, la sopa de ortigas llegaba a saber muy rica cuando había hambre.
De todas formas, utensilios y alimentos poco vigilados en las casas alrededor del bosque eran un blanco fácil para una criaturita hambrienta como ella.
Las trampas la tenían intrigada y acaparaban buena parte de su tiempo. Estudiaba las que encontraba de otros cazadores y trataba de imitarlas, pero siempre fallaba algo.
Un día estaba cortando las cuerdas de una trampa que puso alguien y de las cuales colgaba un gordo y suculento conejo. Había encontrado el hermoso cuchillo de caza cerca del lugar donde un señor noble tuvo un accidente, seguramente lo olvidó.
Ató “su” presa al ya más que desgastado cinturón y se encaminó hacia donde estaba su hoguerita. De pronto, otro conejo salió corriendo cerca de donde ella estaba. De no haber sido por la sorpresa, la niña estaba segura de haber sido capaz de cazarlo tan cerca había quedado. Entonces, la idea de cazar a los conejos acechando comenzó a tomar forma, solo necesitaba acercarse lo suficiente...

Era más fácil de decir que de hacer, sin embargo, pese a los fracasos, siempre se quedaba con la sensación de que la proxima intentona de saltar sobre un conejo y agarrarle iría mejor. Y, olvidándose casi de las trampas. se pasó aquella primavera acechando, obsevando a los conejos y tratando de saber en que momento y porqué sentían su presencia y huían. Su agilidad y sensibilidad a los cambios más sutiles aumentaron rápidamente.
Y, a principios de verano, cazó su primera presa. Después de aquella victoria, la caza de conejos resultaba cada vez más fácil, y comenzó a posar su hambrienta mirada en presas mayores. La velocidad con la que se desarrolló a partir de entonces su fuerza y velocidad era impensable en una niña, pero ella no tenía a nadie que se lo dijera, para ella era natural y, con el tiempo, ni los ciervos se escaparon de ella, a veces corría con ellos por el simple júbilo de correr, y darse cuanta de que les costaba perderla de vista la hacía sentirse muy orgullosa.
Tampoco había nadie que le dijera que la hiedra que la cobijaba por la noche, alrededor del viejo roble, era algo extraordinario. Para la niña era una simple curiosidad, pero le prestó la suficiente atencion como para rebautizarse con aquel nombre.

Zafiro había muerto, ella era Hiedra.


El invierno la pilló desprevenida. Estaba demasiado ocupada planteándose nuevos retos y se limitaba a vivir el día a día.
Los animales parecieron desaparecer y las plantas de cualquier tipo eran cada vez más escasas.
Un día, una terrible tormenta de nieve se abatió sobre el bosque. La niña se acurrucó junto al tronco de su roble, tiritaba, el frio era horrible y hacía tiempo que no comía nada sustancioso. Echaba de menos el castillo, su gran habitación central, con aquella enorme hoguera, su madre abrazándola, su hermano jugando con las espadas frente al fuego...
Las ráfagas de nostalgia sacudían su cabeza mientras sentía como el frio y el agotamiento la penetraban hasta los huesos, por instinto, supo que en unos instantes dejaría de sentirlo, lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos y volvería a estar allí, con su madre y su hermano.
No se percató de la hiedra que había comenzado a rodearla de nuevo, la nieve se posó sobre la planta, formando un pequeño refugio que consiguió mantener caliente a la pequeña criatura que tiritaba junto al tronco de un viejo roble.

Cuando Hiedra abrió los ojos no sabía donde estaba. Tardó en darse cuenta que aquello blanco que había todo a su alrededor era nieve.¡Estaba enterrada bajo la nieve!

Comenzó a agitarse, llena de pánico, notaba la hiedra a su alrededor. La hiedra...

¡Claro! , podía seguir la planta trepadora tronco arriba.

Cuando asomó la cabeza el cielo era de nuevo azul, y el brillo del sol le dañaba los ojos al reflejarse en la nieve. No estaba tan enterrada como creía, pero se había asustado mucho, sin embargo estaba viva. Sintió ganas de gritarlo.¡Estaba viva!, ni el hambre, ni el frio podría con ella, se sentía invencible, no necesitaba a nadie, ni a su madrastra, ni a su padre, ni a su estúpido castillo. Rió malevolamente.¿Qué diría Luchador si supiese que aquella hija suya que ignoraba solo por ser mujer había conseguido sobrevivir tanto tiempo en el bosque? Sí, le encantaría ver su cara de asombro, quizá algún día...


Las estaciones pasaban, sucediéndose como siempre se habían sucedido y se seguirían sucediendo. Un enorme antilope macho, casi el doble de grande que un ciervo, y con una impresionante cornamenta, colgaba cabeza abajo de un árbol. La joven de rebelde melena pelirroja estaba desollándolo. Le encantaban aquella especie de antilopes, eran raros, pero se podían encontrar incluso cuando había más de dos metros de nieve, y mantenían aquella preciosa osamenta todo el año.
Aquel invierno era terrible. Hiedra no había visto ninguno igual en todo el tiempo que vivía allí, en el bosque. Aquel antílope representaba comida para mucho tiempo, incluso le sobraría, podría venderla al señor de un castillo, seguro que agradecían bien carne de caza fresca a aquellas alturas de año.
Hiedra detuvo su quehacer, sintió una presencia, apenas un susurro en la nieve. Solo un animal cazador y al acecho era tan sigiloso. Se volvió.
Una enorme leona, casi como ella de alta y con las costillas marcándose en su piel, estaba a apenas un salto de distancia.
La había descubierto a tiempo para echar a correr y ponerse a salvo, pero no lo haría. Aquella era su presa.
Nunca había cazado a ningún depredador, y menos de ese tamaño. Los leones eran raros a aquel lado de las montañas, pero el crudo invierno hacía estragos entre aquellos poderosos animales también.
La leona gruñó al verse descubierta. Hiedra colocó el cuchillo de caza paralelo a su antebrazo y se acecó a ella sigilosa. No iba a permitir que estropeara la piel del antílope. El felino saltó, Hiedra escapó de sus garras rodando por el suelo. Sus zarpas habían pasado extremadamente cerca, más cerca de lo que ella había calculado al menos.

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<b>HIEDRA</b>
1.El entierro

-¡Zafiro, Zafiro! No corras.
La niña ignoró a su madrastra, si no se daba prisa su hermano mayor partiría sin despedirse.
Corriendo con ella, su brillante y alborotada melena pelirroja parecía mecerse con vida propia, sus ojos, de un intenso azul polar miraban preocupados escaleras abajo, mientras apoyaba sus manitas, de un blanco purísimo, contra las paredes.

No era la primera vez que se caía.

Su madrastra trataba inútilmente de seguirla con su bebé en brazos, otra niña. Desde hacía varias generaciones, su familia, Riodeplata, trataba de recuperar el reino de Riodeplata que consideraban suyo legítimamente, creían que la simple relación de ambos nombres lo demostrabacontra toda duda. Claro que al igual que ellos, casi una decena de familias, más o menos poderosas, tenían sus propias razones para reclamarlo.

Por tal motivo su hermano mayor, Osopardo, debía ir a las guerras, era, junto con su padre, los últimos descendientes varones de la familia y tenían que luchar por lo que creían sus derechos.
A Zafiro todo eso le daba igual, ella, simplemente, adoraba a su hermano, no podía permitir que se marcharse sin decirle adios, era la única persona que de verdad se preocupaba por ella tras la muerte de su madre. Su padre, Luchador, la ignoraba, y su nueva madrastra era una criatura egoista y remilgada que solo vivía por su nuevo bebé. Si Osopardo se iba, Zafiro se quedaría sola.
Tardó un rato en encontrarlo, entre tanto caballo y caballero con armadura.
-Osopardo-gopeó la espinillera de metal. Su hermano bajó la vista para mirarla.
-¿Qué haces aquí?Deberías estar en la cama.
-No te vayas-dijo al borde de las lágrmas.
-Tengo que irme, ya te lo expliqué.
-Solo te vas porque Luchador te lo ha mandado-ahora lloraba de verdad. Zafiro siempre llamaba a su padre por su nombre.
-Es nuestro padre, Zafiro. Hay que obedecerle.
-¡¿Aunque sea un imbécil?!
-¡Zafiro!
La niña agachó la cabeza, se había pasado, en verdad creía que su padre era un completo imbécil al mandar a su hermano a las guerras siendo tan joven, pero no era algo que debiera decir.
-Nos vamos-dijo Osopardo. Espoleó a su caballo e hizo un gesto de despedida con la cabeza.

Zafiro se apartó. Si aquellos caballos llegaban a aplastarla,¿la echaría alguien de menos?. Lo dudaba.

Nada más ver a las tropas perderse en el horizonte, Zafiro corrió al bosque. Era más feliz allí que en ese castillo lleno de cortesanos como su madrastra. Cuando su madre vivía hacían muchas excursiones al bosque, pero su nueva madrastra odiaba los bichos y evitaba salir de las murallas de la ciudad. A Zafiro no le importaba, prefería ir sola que con esa remilgada, tampoco le importaban las terroríficas historias que sobre aquel bosque en particular contaban los aldeanos. Era una extensa selva de robles y hayas donde no vivía nadie y abarcaba varios paises, se decía que varios ejércitos habían tratado de cruzarlo para realizar asaltos sorpresa al castillo y a la capital de Riodeplata, ninguno salió de la espesura.

Casi una luna pasó antes de que las tropas volviesen, como siempre, llenos de muertos, heridos y reclamando comida y atenciones. Zafiro paseaba su mirada ansiosa por los caballeros montados, luego por los heridos, y , finalmente, tuvo que dirigirse a su padre pues no se atrevía a mirar a los muertos.
Como siempre, Luchador la ignoró, gritaba su orgullo y dolor por la gloriosa muerte de su primogénito, no derramando ni una sola lágrima. Zafiro, en cambio, sintió como las paredes del castillo se derrumbaban sobre ella, el suelo que pisaba se tambaleaba y todo se convertía en una grotesca pesadilla, de donde era imposible despertar.

Su hermano había muerto.

Aquella sensación de terrible vacío y desamparo fue el mundo de Hiedra hasta el entierro de Osopardo, veía a gente llorar, pero sabía que mentían, todos mentían. Aquella gente falsa e hipócrita, no se lo podía creer, su hermano no se merecía algo así, su hermano había sido bueno y valiente y aquella gente no era más que una pandilla de cobardes mentirosos que buscaban quedar bien ante su padre.
Llorando toda su rabia y amargura se soltó de los brazos de su madrastra y corrió. Corrió como jamás había corrido, sin importarle si se tropezaba, ni si se golpeba contra las piedras o caía en las zarzas. Solo corría, para huir de aquella pesadilla, solo podía correr.
Sus pequeñas piernas la llevaron al familiar bosque, se internó en él y solo paró cuando sintió que su corazón estallaría en cualquier momento. Se acurrucó junto al grueso tronco de un viejo roble y volvió a llorar.

No iba a volver, decidió que no volvería jamás con su familia, no volvería con nadie. La gente era falsa y mala, nadie la quería y ella tampoco quería a nadie, solo a su madre y a su hermano, pero estaban muertos...
El día pasaba, cualquier otra sensación estaba subyugada por el dolor de la pérdida y Zafiro las ignoraba.
Cuando cayó la noche, al agotamiento había vencido por fin a la niña, aun acurrucada en el tronco, dormía.
Las criaturas de la noche salían buscando alimento, una niña pequeña era un suculento manjar para muchas. Y la hiedra lo sabía, la planta, que trepaba elegantemente alrededor del roble, comenzó a estirarse hacia Zafiro, rodeándola y alzándola, árbol arriba, hasta un lugar seguro.
Aquella noche, la niña soñó que los brazos de su madre la acunaban.


Al notar su falta, la gente del castillo la buscó entre la ciudad y la parte exterior del bosque durante tres días, pasado ese tiempo decidieron que ninguna niña era capaz de sobrevivir tanto en aquel peligroso bosque, temido por todos, la dieron por muerta, y no se volvió a hablar más de ella.


Zafiro había dormido durante aquellos tres días, misteriosamente protegida por la hiedra. Al despertar, se sintió más animada, el mundo ya no parecía tan oscuro después de un buen descanso. No entendía que hacían tantas plantas a su alrededor pero tampoco le importaba. Quizá debería hacer las paces con su madrastra, después de todo, no era tan mala, y en el futuro podría tener a su hermanita para jugar, le enseñaría cosas del bosque, como se las enseñó su madre.
¿Dónde estaba?,¿Se había perdido?. No, ahí está el viejo olivo.
Quizá estaban preocupados por ella después de todo, seguro que se alegraban al volver a verla. Sí, seguro.

No había nadie buscándola en los alrededores del bosque, tampoco parecía haber ninguna conmoción en el castillo. Zafiro miraba a los que pasaban, esperando que la reconocieran y reconocer a alguien, pero nadie pareció interesarse por ella.

Angustiada, se acercó a un viejo encorvado que transportaba verduras a la cocina.
-Oiga, eh...¿sabe donde está la hija del señor del castillo?...la mayor.
El viejo parecía rumiar.
-¡Ah, sí! Desapareció. Se perdió en el bosque, la buscaron tres días...
-¿Tres...?
-...y ya la han dado por muerta, que es lo más seguro, ya dice la gente que no estaba bien que esa niña andara por ese bosque ella sola, monstruos y diablos, es lo único que hay...
Zafiro estaba a punto de llorar.
-¿Muerte?, ¿cuándo será su entierro?-le preguntó al viejo.
-¡Vaya!¿La conocías?, ya lo siento, seguramente la enterrarán esta tarde, bueno, o harán como que la entierran porque no creo que tengan su cuerpo, lo habrán devorado los lobos o los buitres.
Zafiro susurró un adios y se marchó. ¿Tres días?, no podía creer que había dormido tanto, pese a que estaba muy cansada, pero lo que más la asombraba era que la habían dado por muerta en tres míseros días.

No era justo.

Se dirigió al cementerio, no tuvo que esperar demasiado, escondida entre las ramas de un árbol, observó su propio entierro. No había ni una cuarta parte de la gente que había en el entierro de su hermano. Los pocos asistentes eran segundones de familias aliadas que vivían en el castillo, ninguno parecía tener demasiada expresión, aquello era un simple trámite para quedar bien delante de la esposa del señor del castillo, pues ni siquiera su padre se había molestado de ir a su entierro. El bebé empezó a llorar y su madrastra le dejó en brazos de su aya, ni ella ni su madrastra se molestaron siquiera en fingir pena.

El odio subió del estómago a su garganta, como un veneno, abrasando. Los odiaba, aquella gente mala, y ella creyendo que estaban preocupados, no tenían sentimientos, no eran personas, eran pedazos de granito. Los odiaba. Los odiaba. Ellos habían matado a su hermano, y ahora, la habían matado a ella.
Ya no tenía ni familia, ni nombre, ni casa, no quería volver a verlos jamás. Se internaría en el bosque, lo único querido y familiar que le quedaba, y viviría allí hasta que los dioses quisieran...


2.Supervivencia

Buscar comida en el bosque cuando salía de excursión con su madre y su hermano era divertido. En su situación actual resultaba desesperante. Era primavera y muchos de los alimentos que conocía aún no habían salido y las trampas para animales resultaban más eficaces cuando las ponía su hermano. Al menos sabía hacer fuego, y había robado una cacerola a una vieja despistada, la sopa de ortigas llegaba a saber muy rica cuando había hambre.
De todas formas, utensilios y alimentos poco vigilados en las casas alrededor del bosque eran un blanco fácil para una criaturita hambrienta como ella.
Las trampas la tenían intrigada y acaparaban buena parte de su tiempo. Estudiaba las que encontraba de otros cazadores y trataba de imitarlas, pero siempre fallaba algo.
Un día estaba cortando las cuerdas de una trampa que puso alguien y de las cuales colgaba un gordo y suculento conejo. Había encontrado el hermoso cuchillo de caza cerca del lugar donde un señor noble tuvo un accidente, seguramente lo olvidó.
Ató “su” presa al ya más que desgastado cinturón y se encaminó hacia donde estaba su hoguerita. De pronto, otro conejo salió corriendo cerca de donde ella estaba. De no haber sido por la sorpresa, la niña estaba segura de haber sido capaz de cazarlo tan cerca había quedado. Entonces, la idea de cazar a los conejos acechando comenzó a tomar forma, solo necesitaba acercarse lo suficiente...

Era más fácil de decir que de hacer, sin embargo, pese a los fracasos, siempre se quedaba con la sensación de que la proxima intentona de saltar sobre un conejo y agarrarle iría mejor. Y, olvidándose casi de las trampas. se pasó aquella primavera acechando, obsevando a los conejos y tratando de saber en que momento y porqué sentían su presencia y huían. Su agilidad y sensibilidad a los cambios más sutiles aumentaron rápidamente.
Y, a principios de verano, cazó su primera presa. Después de aquella victoria, la caza de conejos resultaba cada vez más fácil, y comenzó a posar su hambrienta mirada en presas mayores. La velocidad con la que se desarrolló a partir de entonces su fuerza y velocidad era impensable en una niña, pero ella no tenía a nadie que se lo dijera, para ella era natural y, con el tiempo, ni los ciervos se escaparon de ella, a veces corría con ellos por el simple júbilo de correr, y darse cuanta de que les costaba perderla de vista la hacía sentirse muy orgullosa.
Tampoco había nadie que le dijera que la hiedra que la cobijaba por la noche, alrededor del viejo roble, era algo extraordinario. Para la niña era una simple curiosidad, pero le prestó la suficiente atencion como para rebautizarse con aquel nombre.

Zafiro había muerto, ella era Hiedra.


El invierno la pilló desprevenida. Estaba demasiado ocupada planteándose nuevos retos y se limitaba a vivir el día a día.
Los animales parecieron desaparecer y las plantas de cualquier tipo eran cada vez más escasas.
Un día, una terrible tormenta de nieve se abatió sobre el bosque. La niña se acurrucó junto al tronco de su roble, tiritaba, el frio era horrible y hacía tiempo que no comía nada sustancioso. Echaba de menos el castillo, su gran habitación central, con aquella enorme hoguera, su madre abrazándola, su hermano jugando con las espadas frente al fuego...
Las ráfagas de nostalgia sacudían su cabeza mientras sentía como el frio y el agotamiento la penetraban hasta los huesos, por instinto, supo que en unos instantes dejaría de sentirlo, lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos y volvería a estar allí, con su madre y su hermano.
No se percató de la hiedra que había comenzado a rodearla de nuevo, la nieve se posó sobre la planta, formando un pequeño refugio que consiguió mantener caliente a la pequeña criatura que tiritaba junto al tronco de un viejo roble.

Cuando Hiedra abrió los ojos no sabía donde estaba. Tardó en darse cuenta que aquello blanco que había todo a su alrededor era nieve.¡Estaba enterrada bajo la nieve!

Comenzó a agitarse, llena de pánico, notaba la hiedra a su alrededor. La hiedra...

¡Claro! , podía seguir la planta trepadora tronco arriba.

Cuando asomó la cabeza el cielo era de nuevo azul, y el brillo del sol le dañaba los ojos al reflejarse en la nieve. No estaba tan enterrada como creía, pero se había asustado mucho, sin embargo estaba viva. Sintió ganas de gritarlo.¡Estaba viva!, ni el hambre, ni el frio podría con ella, se sentía invencible, no necesitaba a nadie, ni a su madrastra, ni a su padre, ni a su estúpido castillo. Rió malevolamente.¿Qué diría Luchador si supiese que aquella hija suya que ignoraba solo por ser mujer había conseguido sobrevivir tanto tiempo en el bosque? Sí, le encantaría ver su cara de asombro, quizá algún día...


Las estaciones pasaban, sucediéndose como siempre se habían sucedido y se seguirían sucediendo. Un enorme antilope macho, casi el doble de grande que un ciervo, y con una impresionante cornamenta, colgaba cabeza abajo de un árbol. La joven de rebelde melena pelirroja estaba desollándolo. Le encantaban aquella especie de antilopes, eran raros, pero se podían encontrar incluso cuando había más de dos metros de nieve, y mantenían aquella preciosa osamenta todo el año.
Aquel invierno era terrible. Hiedra no había visto ninguno igual en todo el tiempo que vivía allí, en el bosque. Aquel antílope representaba comida para mucho tiempo, incluso le sobraría, podría venderla al señor de un castillo, seguro que agradecían bien carne de caza fresca a aquellas alturas de año.
Hiedra detuvo su quehacer, sintió una presencia, apenas un susurro en la nieve. Solo un animal cazador y al acecho era tan sigiloso. Se volvió.
Una enorme leona, casi como ella de alta y con las costillas marcándose en su piel, estaba a apenas un salto de distancia.
La había descubierto a tiempo para echar a correr y ponerse a salvo, pero no lo haría. Aquella era su presa.
Nunca había cazado a ningún depredador, y menos de ese tamaño. Los leones eran raros a aquel lado de las montañas, pero el crudo invierno hacía estragos entre aquellos poderosos animales también.
La leona gruñó al verse descubierta. Hiedra colocó el cuchillo de caza paralelo a su antebrazo y se acecó a ella sigilosa. No iba a permitir que estropeara la piel del antílope. El felino saltó, Hiedra escapó de sus garras rodando por el suelo. Sus zarpas habían pasado extremadamente cerca, más cerca de lo que ella había calculado al menos.

<<Cuidado, cuidado. No es un conejito precisamente>>

La leona volvió a atacar, echando sus zarpas hacia delante, tratando de hacerla caer y, entonces, lanzarse a su cuello.
Hiedra esquivaba los ataques, trataba de descubrir un punto débil en su piel donde hundir el cuchillo. Solo encontró la cabeza, sabía que no era un buen sitio, puede que solo la hiciese enfadar, pero tenía que intentarlo. La famélica leona sería capaz de estar así todo el día y ella se cansaría antes, estaba segura. Esquivo un terrible zarpazo capaz de destrozar le espalda de un ciervo adulto y saltó sobre ella, casi a horcajadas, clavó el cuchillo de caza en la nuca. La leona se revolvió, poniéndose patas arriba y obligando de nuevo a Hiedra a saltar. No había tocado apenas el suelo cuando la gigantesca gata se abalazó hacia ella, parte de las pieles que llevaba puestas se quedaron entre las zarpas de la leona, mientras Hiedra volvía a saltar.
Esperó el ataque, pero no llegaba, la leona parecía haber caido mal en su último salto, o quizá fuese por la herida en la cabeza, o el hambre, o todo junto, pero se quedó momentáneamente inmóvil. Se pusó en pie debilmente, Hiedra no se confió, un simple zarpazo podía destrozarla, no debía permitir ni que la tocase, cuando un felino enganchaba sus zarpas en algo, no lo soltaba si no estaba muerto.
La leona pareció coger fuerzas, hizo un movimiento semicircular alrededor de Hiedra, estudiando el mejor lugar para atacar de nuevo. Hiedra esperaba acuclillada, con el cuchillo de caza de nuevo paralelo a su antebrazo.
Saltó, Hiedra permaneció estática, un salto así dejaba su yugular y su estómago descubierto. Esperó, viendo como las garras se cernían sobre ella. En el último instante, y con la velocidad de un relámpago giró el cuchillo y lo clavó en la garganta del poderoso felino y lanzándose entre sus patas traseras, para evitar las terribles zarpas delanteras, trazó un surco de sangre desde la yugular a su pecho.
La leona cayó torpemente, Hiedra sentía que había vencido, la leona moriría sin remedio con un herida así. Pero aún tenía fuerzas para arrastrarse hacia ella con sus garras dirigidas hacia delante, Hiedra terminó con su vida rematando la cuchillada en la cabeza. Con un suave gruñido, la leona murió.

-Lo siento, compañera-dijo Hiedra acariciándole al piel- la manada te abandonó, ¿verdad?, demasiadas bocas para tan poca comida...
Hiedra miró el cuchillo de caza, manchado de sangre, había conseguido abatir a un animal que podía haberla destrozado. Había conseguido sobrevivir a una leona mucho mejor preparada que ella para la supervivencia.
Sintió un extraño cosquilleo y el velo de ignorancia y la indiferencia que la había acompañado toda su vida desapareció de golpe, ¿porqué ella?, la hiedra que la había protegido por las noches cuando era niña, aquella fuerza, con la que había vencido a una leona, y su velocidad, con la que podía atrapar incluso antílopes en el llano. Todo eso no la había preocupado demasiado antes, pero ahora se daba cuanta que no era normal, pasaba algo con ella, algo raro, y no estaba segura de que le gustase. Miró la leona, quizá conseguiría algo de dinero por ella, le gustaría comprarse un cuchillo nuevo...también podría investigar hasta que punto era extraña...y porqué.


3.La asesina

Todo el pueblo estaba conmocionado. Un chiquilla, menudita, con una hermosa melena pelirroja y unos intensos ojos azules, iba hacia las cocinas del castillo con un gran saco, que parecía ser carne de un antílope, a juzgar por los cuernos, aunque aquello no era lo más sorprendente. Llevaba una gigantesca leona sobre sus espaldas.
Sapo, el gordo cocinero oyó de su llegada antes de llegar a verla, era un hombre afable y parlanchín. Cuando hacía casi cinco años una mocosa, de modales bruscos, llegó a su cocina con un gran fardo con carne de ciervo, preguntando si les interesaba comprarla, Sapo no creyó que realmente aquella chiquilla fuese capaz de cazar aquello sola, por más que lo afirmase. Pero después de tanto años comprando su carne, comenzaba a sospechar que Hiedra era sincera.
-¿Crees que podría conseguir algo por esto?-dijo Hiedra a Sapo moviendo los hombros, donde reposaba el felino.
-Euh...pr...preguntaré al mayordomo.

No salió el mayordomo, sino el mismísimo señor del castillo.
-Interesante-dijo, mirando más a Hiedra que a la leona en el suelo-¿Y la has cazado tú?
-Sí,¿cuánto puede costar?
-Bueno...veamos...suelo dar una pequeña recompensa por las alimañas, este invierno se han vuelto un auténtico fastidio. Por una leona de este tamaño será una recompensa bastante suculosa, ¿quieres que hablemos dentro de ello?, aquí hay mucha gente.-dijo señalando a los curiosos que se apiñaban a su alrededor.
Hiedra frunció el ceño, ¿alimaña?, aquella leona había luchado por sobrevivir, y aquel tipejo lo único que hacía era torturar a sus subordinados para poder hacerse más rico, si aquella leona era una alimaña, él era un parásito. De todas formas le siguió dentro del castillo, en una habitación vacía había un pequeño cofre de donde extrajo unas monedas.
-Esto por la leona-dijo, se acercó a ella más de lo que Hiedra consideraba necesario-Claro, que si quieres dinero, conozco más formas de conseguirlo.

El hombre no lo esperaba. Un puñetazo en el estómago que le hizo doblarse de dolor.

-Sí, trayendome a una habitación donde no hay nadie y con un cofre con dinero, me estás pidiendo que te mate y te robe a gritos-dijo Hiedra sin alterar apenas su voz.
El hombre tosió, trataba de hacer gestos para quitarle hierro al asunto, aunque aún no había recuperado la respiración.
-No...eso..no..necesario...más dinero que cofre.

Hiedra iba a salir pero paró en seco.
-¿Qué?
-¿Es cierto...qué tú mataste a la leona?
-¿Lo dudas?
-No, no, por eso-se pusó en pie-quiero hacer un trato. ¿Serías capaz de matar a un hombre?
-¿Por cuánto?
El hombre sonrió.
-Treinta piezas de oro puro.
-Cincuenta.
-¿Qué?
-Puedes obligar a hacerlo a cualquiera de tus hombres gratis, si no lo haces así es por algo, y ese algo te sale muy caro.
-Veamos, ese hombre es el jefe de guerra de mi enemigo al Sur, es un genio, ha aplastado a todos sus rivales en todas las batallas que participa y siempre está rodeado por sus hombres. Creo que una mujer tendría más facilidades para llegar hasta él y, después, matarlo.
-Ya veo...cincuenta piezas de oro.
El hombre soltó una maldición.
-De acuerdo, te pagaré cuando me traigas su cabeza.
-Dame diez piezas ahora, necesito una daga nueva.
-¡Con diez piezas de oro te puedes comprar una armadura!
-Bueno-dijo Hiedra dirigiéndose a la puerta.
-De acuerdo, te pagaré, te pagaré.

Hiedra bajó al pueblo a encargar su nueva daga al herrero, con precisas instrucciones de forma y tiempo de fabricación, que el herrero siguió a rajatabla al ver el brillo del oro y el acero de su vieja daga. Pasó aquella noche en una lujosa posada, pensando.

En su mundo del bosque sobrevivir significaba ser el más listo, el más fuerte, el más ágil o combinar bien todos aquellos aspectos, en el mundo de los humanos todo aquello podía reducirse a aquellas pequeñas piezas de metal brillante que tenía en sus manos, y ella era una superviviente, ¿no?. Estaba segura de ser capaz de sobrevivir también en el mundo humano y aquel familiar cosquilleo que acompañaba a cada nuevo reto volvió a ella después de mucho tiempo.


El nuevo arma era en realidad una espada corta, de dos filos, la parte que unía el filo con la empuñadura tenía la forma de una hoja de hiedra, y, para alivio del herrero, Hiedra estaba muy satisfecha on el resultado.
Con la espada corta escondida bajo su falda nueva, se puso en camino al Sur. Había sucedido una batalla en un pueblo cercano, los soldados se dedicaban al pillaje, tomando lo que se les antojaba y matando a quien se les antojaba. Y su objetivo debía estar allí también.
Cuando Hiedra llegó, medio pueblo estaba carbonizado, en la plaza principal habían sacado mesas y varios soldados bebían. Uno de ellos llamaba poderosamente la atención, era gigantesco, llevaba una pesada capa de oso sobre sus espaldas que parecía fundirse con su barba y las guedejas de su cabeza, en una mano sujetaba un vaso de cerveza que hundía con asiduidad en un barril cercano, con la otra mano sujetaba a una jovencita que sollozaba ininterrumpidamente.

Aquel era el hombre que había venido a matar. El jefe de guerra.

Un soldado borracho se acercó a ella, Hiedra no entendió lo que dijo ni tampoco le importó. Con un puñetazo hizo que varios de sus dientes salieran volando. Los soldados comenzaron a reir estrepitosamente, el agredido también reía con la boca desdentada cubierta de sangre. Hiedra hizo un gesto de repugnancia, cuanto antes saliera de allí, mejor.
Levantó la falda, agarró su espada y veloz como el rayo se subió a la mesa donde bebía el jefe de guerra y le cortó la cabeza con un solo golpe de muñeca. Los soldados no parecían dar crédito a lo que veían, la jovencita que estaba con él también pareció enmudecer.
Hiedra no les dio tiempo a reacciónar, corrió sobre las mesas, esquivando a los pocos capaces de ponerse en pie. Notó que habían conseguido alertar a los que montaban guardia porque las flechas comenzaron a silbar a su alrededor, no paró en su carrera, se volvió para ver como muchos soldados comenzaban a montar a caballo para tratar de seguirla, sonrió para sí, ella podía correr más que un caballo, y aceleró, alejando de las casas a los pocos soldados que quedan sobrios. Se preguntó si los aldeanos que estaban en el pueblo habrían podido escapar de allí ya.

<<No es asunto mio>>pensó, y se internó entre la maleza. Donde perdieron su rastro.

En el castillo había una fiesta, era el cumpleaños de uno de sus hijos mayores. Había músicos, bailarines y mucha gente. Sin embargo, al señor del castillo no se le escapó una brillante melena pelirroja que se escurría hábilmente entre la gente. Se hizo aparte, entrando en una habitación, supuestamente vacía.
-Has tardado-dijo Hiedra, saliendo tras un pilar.
-¿Qué tal?-preguntó ansioso el señor.
Hiedra tiró un paquete sobre la mesa, al rodar, el paquete se desenvolvió revelando una cabeza ensangrentada, con el pelo revuelto y pegado y los ojos aún abiertos. El señor lo miró un momento con espanto, pero se recobró en seguida.
-Las cuarenta piezas-exigió Hiedra.
-Eh...sí, ahora mismo...vuelvo.
El hombre salió corriendo de la habitación, frotándose las manos. En cuanto la fiesta acabase ordenaría atacar a su enemigo, antes de que pudiesen reorganizarse. También pensó en acabar con la mujer y ahorrarse el oro, pero después de ver la efectividad y rapidez con la que había realizado la misión lo consideró un riesgo inútil, no quería que su cabeza acabase rodando por alguna mesa.
Volvió con el dinero, Hiedra esperaba en el marco de la puerta, desde donde se veía parte del salón.
-¿Qué es eso?-preguntó señalando a los artistas.
-¿Uh?...Una fiesta, es el cumpleaños de mi hijo.
-¿Y qué hace esa de allí?, la del vestido brillante.
-Es una bailarina.
-¿Ganan mucho?
El hombre suspiró mientras veía como Hiedra se ataba la bolsa del dinero sin siquiera echar un vistazo, limitándose a pesarla con una mano.
-Depende, esa es muy famosa y gana mucho dienero, otras no tanto.
-Bien, ya nos veremos-dijo sin volverse y bajando al salón.
-Espero que no-dijo el señor echando un vistazo a la cabeza, aún en la mesa.


El grupo de artistas recogía, los músicos subían sus instrumentos al carro, y la bailarina su colección de vestidos. Una jovencita se aproximó a ellos. Menuda y pelirroja, con grandes ojos de un azul frio. La bailarina la miró varias veces.
-¿Quieres algo?-preguntó.
-Sí, ¿cuánto ganas por bailar?.
Los músicos la miraron con curiosidad. La bailarina rió.
-Vaya, vaya.¿Te interesa el oficio?No es para niñas mimadas.
-No soy ninguna niña mimada, puedo saltar más que tú y soy mil veces más ágil.-respondió Hiedra, molesta.
-¿No...?Vaya, por tus rasgos pareces de familia noble, aunque tienes razón, estás demasiado morena. Ummm-la bailarina le lanzó un aguda mirada, parecía inteligente y no la veía como alguien a quien le asustara el trabajo duro, podría ser una gran pupila, y era lo suficientemente bonita para llegar a los más alto, y quien sabe si aún más lejos.
-Bueno, podría enseñarte a bailar, si no comes mucho, tenemos dinero para nosotros, pero el viaje es largo y no siempre encontramos trabajo.
Hiedra desató la bolsa en su cintura y sacó unas monedas.
-Eso no me preocupa.


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Tags: hiedra, historia
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