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Hiedra 2




4.La bailarina

Violeta, la bailarina, enseñaba a Hiedra todo lo que sabía. Hiedra aprendía rápido, aunque no mostraba todo el empeño que a Violeta le gustaría a la hora de mantenerse bella. Trataba que en los días soleados fuese tapada, pues no quería que se pusiese más morena. Obviamente aquello no gustaba a Hiedra, acostumbrada al sol, pero obedecía, una tez blanca significaba nobleza.
Por su parte, Violeta y los otros músicos, un matrimonio y su hijo, hacían la vista gorda cuando Hiedra les abandonaba en breves temporadas para dedicarse a su otro oficio como cazarrecompensas. Después de todo, no era tacaña y les importaba poco de donde saliera el dinero si podían permitirse dormir en buenas posadas a menudo.
Hiedra les observaba, observaba todo, eso la había ayudado a sobrevivir en el bosque y sabía que la ayudaría a vivir allí. Ganaba mucho dinero, más del que necesitaba, pero los inviernos la habían enseñado a no dejarse llevar por los buenos tiempos, para evitar acumular demasido dinero en un punto concreto Hiedra se las ingeniaba para comprar tiendas y posadas, resultó ser un negocio práctico, teniendo en cuenta que viajaban mucho. Era otra cosa que Violeta le enseñó.

-¿Adónde vamos?-preguntó un día Hiedra viendo como la familia de músicos parecía más alegre y feliz que nunca.
-Al Delta-respondió Violeta.
-¿Al Delta?
-Sí, allí aprecian de verdad a los artistas, es un lugar magnífico. Ya verás niña, serás toda una conmoción, la gente puede casarse con varias personas y las bailarinas bonitas son muy apreciadas, muchas han sido reinas.

Hiedra miró a Violeta por el rabillo del ojo, se hacía mayor, quizá por eso la tomó como pupila con tanta alegría, oía sus articulaciones crujir cada vez que bailaba y como salía agotada después de una simple actuación, ya estaba demasiado vieja para bailar cuando la conoció, solo su fama le había permitido seguir trabajando. Si el Delta era como lo describía muy probablemente aquel era su último viaje, y Hiedra se volvería a encontrar sola.<
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4.La bailarina

Violeta, la bailarina, enseñaba a Hiedra todo lo que sabía. Hiedra aprendía rápido, aunque no mostraba todo el empeño que a Violeta le gustaría a la hora de mantenerse bella. Trataba que en los días soleados fuese tapada, pues no quería que se pusiese más morena. Obviamente aquello no gustaba a Hiedra, acostumbrada al sol, pero obedecía, una tez blanca significaba nobleza.
Por su parte, Violeta y los otros músicos, un matrimonio y su hijo, hacían la vista gorda cuando Hiedra les abandonaba en breves temporadas para dedicarse a su otro oficio como cazarrecompensas. Después de todo, no era tacaña y les importaba poco de donde saliera el dinero si podían permitirse dormir en buenas posadas a menudo.
Hiedra les observaba, observaba todo, eso la había ayudado a sobrevivir en el bosque y sabía que la ayudaría a vivir allí. Ganaba mucho dinero, más del que necesitaba, pero los inviernos la habían enseñado a no dejarse llevar por los buenos tiempos, para evitar acumular demasido dinero en un punto concreto Hiedra se las ingeniaba para comprar tiendas y posadas, resultó ser un negocio práctico, teniendo en cuenta que viajaban mucho. Era otra cosa que Violeta le enseñó.

-¿Adónde vamos?-preguntó un día Hiedra viendo como la familia de músicos parecía más alegre y feliz que nunca.
-Al Delta-respondió Violeta.
-¿Al Delta?
-Sí, allí aprecian de verdad a los artistas, es un lugar magnífico. Ya verás niña, serás toda una conmoción, la gente puede casarse con varias personas y las bailarinas bonitas son muy apreciadas, muchas han sido reinas.

Hiedra miró a Violeta por el rabillo del ojo, se hacía mayor, quizá por eso la tomó como pupila con tanta alegría, oía sus articulaciones crujir cada vez que bailaba y como salía agotada después de una simple actuación, ya estaba demasiado vieja para bailar cuando la conoció, solo su fama le había permitido seguir trabajando. Si el Delta era como lo describía muy probablemente aquel era su último viaje, y Hiedra se volvería a encontrar sola.<<Qué importa, sobreviviré>>. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, se sentía triste.
El Delta se dividía en dos reinos, grandes y prósperos. Ellos fueron al reino de la Luciérnaga. Se hospedaron en una bonita posada, cerca de un puerto de rio, los cuales eran muy abundantes en aquella zona. A Hiedra le gustaba aquel sitio, en su bolsa en la cintura tintineaban varias monedas de oro de su último trabajo que no había llegado a gastar, con ellas compró la posada. Siempre podría reclamarla como suya y no necesitaba ir con la pesada bolsa de dinero en la cintura. Violeta sonreía ,se preguntaba porque acumulaba tanto dinero si en el fondo no parecía apreciarlo.
Como si Violeta tuviese el don de la clarividencia, Hiedra fue todo un éxito el al Capital del Reino de la Luciérnaga, hasta la familia real le llegó a rendir honores, toda la extensa familia. La fama de Hiedra se extendió hasta su propia maestra, Violeta. Un noble viudo posó sus ojos en la vieja bailarina y, poco después, se casaron.


Las vistas de los atardeceres en las marismas eran espectaculares, con las masas de agua poco profunda lanzando destellos anaranjados, el cabello de Hiedra parecía adquirir un brillo especial. Violeta la miraba con pena, sabía que se marcharía, tenía demasiado fuego en el cuerpo para quedarse quieta en un mismo sitio, aunque le hubiese gustado tener la capacidad de convencerla para quedarse en la Luciérnaga, la había llegado a coger mucho cariño, era casi como una hija.
-¿Hiedra?
La joven se volvió. Era algo a lo que Violeta jamás se acostumbraría, aquellos ojos, tan frios.
-¿Te vas?
Hiedra no respondió, volvió a fijar sus ojos en el horizonte.
-Siempre he quierido preguntarte algo. ¿Porqué quieres tanto dinero?Estoy segura que tienes suficiente para vivir bien el resto de tu vida, no eres muy derrochadora, puedes comprar una casita en las tierras de mi marido. Aquí vivirías muy bien.

No parecía querer responder, Violeta ya se marchaba.

-Un día me escapé, estuve tres días desaparecida. Pasado ese tiempo mi familia decidió darme por muerta. Pude ver mi propio entierro. Nadie se preocupó por mí, no le importaba a nadie, me consideraban algo inútil solo por ser una niña, una mujer. Me hice bailarina porque parece ser el único oficio honrado que puedo hacer, y me hice cazarrecompensas para demostrar que puedo sobrevivir más allá de la estúpida fachada de falsedad que todo el mundo parece tomar como aténtica.
Violeta iba a responder alguna pequeña reprimenda, pero Hiedra ya lo sabía, simplemente, era lo único que se le había ocurrido para explicar su presencia en el mundo.
-Ya veo-le dijo-Hiedra, en estos momentos soy la persona que mejor te conoce y, sin embargo, eres todo un misterio para mí. Solo sé que el destino parece reservarte algo especial, más impotante que el de ser una bailarina o una cazarrecompensas.

Hiedra seguía mirando al poniente.

-Que los dioses te guíen-le dijo Violeta a modo de despedida.


5.Dientecruel

Una noche oscura, ni la Luna ni las estrellas ofecían luz. Hiedra esperaba, había vuelto a su pais, Riodeplata, oyó que su familia había caido muy bajo, hasta el punto de que no la tenían en cuenta las mayores familias ni para ser aliados. Pero no estaba allí por ellos, había oido de un buen trabajo...

-Tss, tss-una puerta se entreabrió. Un hombrcillo feo y delgado le hacía señas. Hiedra le siguió dentro de la casa, escaleras arriba, en una habitación había un hombre, de estatura media y barba corta. La luz del fuego en la chimenea hacía brillar sus ojos fantasmagóricamente.
-¿Tú eres la famosa cazarrecompensas?-dijo el hombre de forma amenazadora. Hiedra no contestó, bajita, menuda, pálida, la mayoría de las veces se reían, aunque no por mucho tiempo.
-¿Cómo te llamas?-preguntó con el mismo tono de voz.
-Hiedra Riodeplata.

El hombre y su compañero parecían sorprendidos, Hiedra comenzó a reutilizar su apellido cuando descubrió que tener familia noble aumentaba un extra su sueldo como bailarina.

-Los Riodeplata no tuvieron ninguna hija con ese nombre-el hombre gritaba como si la habitación estuviese llena de gente hablando.
-No, cierto, tenían una llamada Zafiro, pero murió.

El hombre de la barba la miró fijamente, tenía la mirada desviada de un loco.

-Me llamo Dientecruel, este pueblo es mio. Quiero encargarte una misión.-Se dirigió hacia un armario, dentro había un par de libros antiguos, salió con una hoja gris y desgastada.

-Esta-dijo- es la copia exacta de otro escrito aún más antiguo, quizá se remonta hasta la Era de los Remotos. Describe la situación exacta de un objeto, un objeto mágico de gran poder, una capa.
-Tiene su situación, no me necesita.
-No me interrumpas, ya mandé a varios hombres, ninguno ha vuelto.
-Ajá, ¿y porqué crees que yo podría hacerlo?

Dientecruel la miró, con sus ojos de loco.

-Quizá porque eres algo... extraordinario-dijo, su tono de voz era preocupantemente suave.
-Ya, dame la situación del objeto y lo tendrás aquí antes de que me eches de menos.

El hombre ya tenía las instrucciones preparadas, una copia muy parecida a la que tenía pero con ciertos datos cuidadosamente ignorados.

-Bien-dijo Hiedra-serán 90 monedas de oro.
-De acuerdo.
-¿No es mucho dinero para un simple cacique de pueblo?
-Es un pueblo muy próspero.
Hiedra salió, la puerta se cerró tras ella, aunque los oyó hablar a través de la madera.
-No creo que lo consiga-dijo el hombre delgado.
-Da igual, si no lo consigue el mundo se verá libre de esa terrible bruja, y si lo consigue, tendré la Capa del Tiempo y siempre podré deshacerme de ella más tarde.

Hiedra sonrió, no se lo creía ni él, aunque no sabía porque parecía tan obsesionado con destruirla. Aquel hombre, Gruñido Dientecruel, escondía muchas cosas. No era un simple cacique, sino un poderoso señor, con muchas opciones a conseguir el escurridizo trono de Riodeplata, al parecer también vivía obsesionado con los escritos antiguos y con dar caza a cualquier cosa con un poder fuera de lo normal, ya fuera para poseerlo, como para destuirlo. Usaba aquella tapadera de cacique de pueblo para poderse mover entre los rumores de los vasallos.

En la plaza del pueblo una vieja colgaba aún de la horca, la última víctima de las obsesiones de Dientecruel, al parecer, aquella mujer hablaba con demonios.

Hiedra pasó de largo, para volver poco después y bajarla de allí, no le extrañaba que a la vieja le diera por hablar con diablos, los humanos daban asco.

Al día siguiente todo el pueblo juraba y perjuraba que había visto a un demonio rojo y horrendo correr por las calles y liberar el cuerpo de la vieja.



La capa estaba en una montaña en el límite del territorio de Riodeplata y la Tierra de los Culpables, el lugar ya era peligroso de por sí, los demonios pululaban por aquellas tierras a sus anchas, siendo la mayoría más fuertes y terribles que cualquier otro de su familia que viviese en las tierras más al Sur. La gente decía que era debido a que la Bruja de los Infiernos habitaba en el Norte, y vivía rodeada de sus criaturas, otros, que los humanos que les daban caza vivían principalmente en el Sur.
A Hiedra no le importaba demasiado. No había demonio o mostruo que pudiese oponérsela, o eso creía.


6. Dragón

Se suponía que en la ladera de la montaña había una cueva, los caminos eran extremadamente estrechos y en muchos tramos se demenuzaba bajo los pies. En el suelo, varios metros por debajo de ella, había unos cuantos cadáveres destrozados contra las rocas, Hiedra no se sentía por la labor de hacerles compañía, de forma que se dedicó a agarrarse con uñas y dientes a la pared.

En un momento dado, la montaña comenzó a temblar, las piedras caían por la ladera, varias la golpearon, el temblor parecía adquirir más violencia, las piedras rodantes adquirian mayor tamaño, sin embargo Hiedra seguía fuertemente agarrada, con los pies bien plantados, esperando que no cedieran.<<Esto no es un terremoto>>se dijo<<algo se acerca>>.
Un gruñido retumbó a pocos metros por encima de ella, alzando la vista vio la cueva, el ruido venía de allí. De improviso una enorme criatura salió volando del aujero en la pared.
Era una gigantesca serpiente alada, el batir de sus alas levantaba polvo a su alrededor y de su garganta brotaban terribles gruñidos.
Hiedra parpadeó varias veces, el polvo le entraba en los ojos, casi no podía ver. Esperaba que en cualquier momento la criatura se abalzara sobre ella, sin embargo el momento no pareía llegar. Cuando el polvo se asentó vio que se limitaba a volar en círculos.<<Claro, no puede agarrarse a la pared, si permanezaco quieta contra ella no podrá alcanzarme>>,pero, ¿ cuánto tiempo iba a aguantar así?.

La serpiente alada lanzó un gruñido y pareció abalanzarse sobre algo que había en el suelo. Hiedra se volvió con cuidado, al parecer eran más hombres de Dientecruel, se fijó con más atención, uno de los hombres era el propio Dientecruel, que permanecía impasible a lomos de su caballo, gritando órdenes y amenazas a diestra y siniestra.<<Bien, bien. Muchas gracias por ayudarme, imbécil, espero que no se te coma antes de que me pagues>>, pensó Hiedra mientras retomaba la subida. La entrada estaba ya a escasos centímetros, entonces volvió a oir como la montaña retumbaba.<<¿No fue la serpiente?>>.

Llegó a la cueva, parecía la enorme boca de un gigante que se se desperezaba. Se oían los ecos del retumbo, parecía venir desde lo más profundo. <<Cuidado, cuidado, no parece que ese bicho estuviese solo>>. El camino descendía y cada vez veía menos, iba a encender la antorcha que llevaba cuando de las paredes pareció brotar luz. Hiedra lo miró sorprendida, era un pequeño camino cavado en la roca, al parecer contenía un líquido inflamable pero la luz era blanca, no amarilla. Vaciló un momento, no le gustaban demasiado las cosas que no comprendía.
Siguió avanzando, había desenfundado la espada corta y trataba de oir lo que había más adelante. Al final del camino volvía la oscuridad, se acercó, suponiendo que representaría el comienzo de otra cueva o camino. Y tenía razón, con un pequeño detalle que estuvo a punto de no ver, la nueva cueva estaba en el suelo. Hiedra retocedió a tiempo, el camino se inclinaba peligrosamente y daba a engaño. Trataba de ver más allá de la oscuridad, pero no podía. Sacó la antorcha, la prendió fuego y la tiró en el enorme aujero, de todas formas, si había alguien ya debía saber que ella estaba allí.
Pareció pasar una eternidad antes de que la llama tocase el suelo, de prontó sucedió un fogonazo de luz y la gigantesca estancia se ilumunó, como se iluminase el pasillo. Hiedra parpadeó varias veces, estaba deslumbrada, cuando volvió a enfocar la vista miró de nuevo hacia abajo.

Un gigantesco dragón, tres veces más grande que la serpiente alada, la miraba con unos grandes ojos dorados. Estaba sentado, su cola estaba alrededor de sus patas y no parecía dar ninguna muestra de amenaza, podía muy bien haber sido de piedra, pero respiraba, así que estaba vivo.

Hiedra buscó la forma de bajar, a sus pies, la pared que estaba casi vertical, pero lo suficientemente inclinada para intentar un descenso, lo malo era que le daría la espalda al dragón. <<Bueno, de espaldas o de frente, las oportunidades de vencer a ese bicho son más o menos las mismas>>, sacó dos pequeños cuchillos escondidos en las muñencas, se pusó la espada corta en la boca y clavándolos en la pared comenzó a descender.
Durante el trayecto el dragón apenas movió un músculo. Cuando llegó abajo seguía sentado en la misma posición, sus ojos dorados seguían mirándola. Hiedra le devolvió la mirada.

-¿Quién sois?-preguntó la criatura sin mover la boca.
-¿Acaso importa?-Hiedra movió la cabeza, el dragón parecía estarle hablando desde su cerebro.
-Debería importaros, pues llevo cientos de años esperando a alguien y si no sois vos no tendré más remedio que destruiros. Solo a quien espero puede pertenecer la Capa del Tiempo y la misión de los Ermitaños.
-Mi nombre es Hiedra Riodeplata y no me importa si no me esperas a mí porque saldré de aquí con la capa de todas formas.

El dragón movió la cabeza.

-¿Por qué ese nombre?
Hiedra iba a haber contestado alguna salvajada, aquellas preguntas minaban su concentración a la hora de luchar, sin embargo, prefirió estar a buenas con aquel enorme bicho.

-Cuando era pequeña vivía sola en el bosque, todas las noches la hiedra me rodeaba y me protegía, mi anterior nombre fue Zafiro.

El dragón movió la cabeza hacia el otro lado.

-¿En qué árbol crecía la hiedra?
-¿Cómo que ...?,¿Importa eso?...Maldito seas, era un roble, viejo y gigantesco.

El dragón soltó un rugido que hizo temblar a la montaña hasta sus cimientos y extendió las alas.
<<¿Una mala respuesta?>> pensó Hiedra plantándose en el suelo preparada para atacar.
Las alas envolvieron al dragón y éste comenzó a encoger. Hiedra lo contemplaba asombrada. Las alas desaparecieron y ante ella apareció un apuesto joven engalonado con ropas que provocarían la envidia de un rey, solo su ojos dorados delataban su origen no-humano.

Hiedra estaba pasmada, solo reaccionó cuando se dio cuenta que el joven se acercaba.

-¿Prefieres luchar así?-le espetó.
El joven se seguía acercando, sin ninguna expresión en sus rostro. Hiedra no se decidía a atacar aunque estaba a pocos centímetros, entonces el joven alzó la mano, colocó el dedo índice en el entrcejo de Hiedra y ésta comenzó a caer.

La espada tintineó al tocar el suelo.

Notaba la oscuridad a su alrededor, una oscuridad cálida y agradable.<<¿Estoy muerta?>> pensó.
-No.

Hiedra se sobresaltó, había alguien con ella, ¿dónde estaba su espada?.

-En el suelo, pero desde aquí no podréis alcanzarla.
-¿Dónde estoy?
-Estamos en vuestra mente. Desde aquí veré la verdad de vuestras palabras.
Hiedra no comprendía.
-Vos sois a quien he esparado cientos de años, a vos debe pertenecer la capa, pero no es un regalo, es un intercambio.
-No le debo nada a nadie.
-¿No le debéis la vida a la hiedra que os protegió?,¿Quién creéis que la ordenó que actuara así?,¿Quién creéis que os dio tanta fuerza?

Hiedra no contestó, no hacía falta, de todas formas.

-El día se acerca. La Protectora ha encontrado al Elegido, las almas de los Remotos se mueven, los dañinos y los amistosos preparan su armas, será un terrible lucha para atraer al elegido a uno de los dos bandos. Vuestra misión será protegerle, impedir que las criaturas destructoras, los demonios, le atraigan a su bando, debeis impedir que desenfunde la Espada de Dorices.

-No entiendo, ¿qué tengo que hacer?

-Proteger a quien retornará la magia al mundo de los humanos, el Elegido de la dueña para portar el Gran Don. Busca a un hombre de buen corazón, al Sur, debe estar al Sur. Los dañinos tratarán de hacerle desenfundar la espada de Dorices o de destruirle en el intento. Ve al Sur.

La visión se le empezó a aclarar, seguía en la cueva, sobre una especie de altar, el joven dragón estaba a su lado, sonriendo.

Le miró con el ceño fruncido.

-¿Qué te hace pensar que haré algo así?
-Lo haréis, por que es el destino que habéis estado esperando tanto tiempo.
Le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Iba a haberla rechazado, no estaba acostumbrada a que la ayudaran sin pedirlo.
-Y tú, ¿quién eres?
-Maen, el Solitario, soy un dragón de tierra.
-¿Hay más como tú entre los demonios?

Rió suavemente.

-Nosotros somos criaturas libres, como los humanos, incluso tenemos nuestra propia magia. Pero hay criaturas aún más terribles que yo en el mundo, en ambos bandos.

Movió una mano. El altar donde había estado tumbada se abrió, dentro había una tela, de un blanco brillante, según le dieran las sombras adquiría suaves tonos verdes y azules.

-Esta el la Capa del Tiempo, ni espada, ni fuego, ni veneno, ni frio, ni calor pueden atravesarla. Es suya.

Hiedra la recogió, era un trozo de tela sin forma. El joven dragón se quitó un rico broche de sus ropas.
-Toma, poneos esto. Cualquier criatura amistosa os reconocerá como amiga con esto.
Hiedra utilizó el broche para atarse la capa alrededor del cuello.
-Gracias-dijo, un tanto molesta, ¿cuánto tiempo hacía que no había dado las gracias a alguien?

El joven volvió a sonreir, de pronto comenzó a cambiar de nuevo. Las paredes temblaron y apareció el enorme dragón de ojos dorados.
-Subid-le dijo tendiendo un ala en el suelo.
Hiedra obedeció, trepó por el ala hasta su nuca. El dragón tomó impulso y comenzó a volar a través del aujero del techo y del pasillo, las luces se iban apagando a mediada que la prodigiosa criatura lo atravesaba a toda velocidad.

Cuando salieron fuera la serpiente alada seguía masacrando a los hombres de Dientecruel.
-Mi misión acaba aquí-dijo Maen, frunció el ceño al ver la serpiente-¿Porqué no echáis una mano a los de abajo?, parece que tienen problemas.
-Bah, son unos inútiles.-dijo Hiedra mientras se ponía en pie sobre la nuca de Maen.

Maen voló sobre la serpiente alada, Hiedra calculó en unos segundos, y cogiendo la espada corta saltó sobre la cabeza de la criatura. Ésta hizo unos intentos por deshacerse de la molesta carga a sus espaldas, pero Hiedra se agarró con fuerza a los cuernos que sobresalían. La piel que cubría su cabeza era extremadamente dura, buscó un punto débil, se fijó en la frágil membrana de sus alas. De un salto se agarró a aquella extremidad y cortó la piel. La serpiente alada gruñó salvajemente. Viéndose caer, la criatura se volvió, de forma que Hiedra quedase bajo ella. Sin embargo, Hiedra no tenía intención de colaborar en aquellos planes, esperando al último momento, se soltó de la criatura, cayendo ésta pesadamente. Hiedra cayó sobre ella, antes de que se recobrase del golpe, corrió hasta su cuello, la piel de la yugular era más delgada.
La serpiente se recobró, abrió la boca y dio un poderoso mordisco al aire. Hiedra lo había esquivado por poco, saltando al suelo.

Algo le tocó el hombro, una flecha, los hombres que quedaban en pie estaban asaeteando a la serpiente alada, y a ella de paso. Miró el hombro, la punta ni siquiera había arañado la tela, pero el golpe dolía.

-Ingratos-dijo sin demasiada emoción.
Aquellos imbéciles, debería dejarles la serpiente a ellos, lamentablemente, la critura tenía todo su interés puesto en ella, las flechas apenas la inmutaban.
La serpiente alada volvió a atacar, cuando abría la boca dejaba la yugular bajo ella muy al descubierto, lo malo era que su mandíbula inferior rozaba el suelo y era imposible esquivarla pasando por debajo.
-Bueno, esto empieza a cansarme-dijo Hiedra. La serpiente volvió a lanzar un terrible mordisco, Hiedra entró como una exalación en la mismísima boca del monstruo, hasta la altura donde debía estar la yugular. La serpiente había cerado la boca, pero no le importaba, alzó la espada corta y con un terrorífico movimiento circular atravesó su cuello y rajó la garganta.

La sangre comenzó a salir a borbotones, casi ahogándola, agrandó el corte y pasó a través.

Cuando sus pies tocaron tierra rodó hacia un lado y se levantó, preparada por si aquel ataque no bastaba.

La serpiente alada había caido, tenía los ojos en blanco y la sangre salía por boca y garganta, el golpe había sido contundente.

-Puaj-Hiedra se miró, estaba llena de sangre, la que había caido en la capa rodaba al suelo sin dejar una sola mancha. Pero el resto de ella estaba totalmente cubierta del espeso líquido.
-¡Lo habéis visto! ¡Lo habéis visto!-era la voz de Dientecruel.
<<¿De qué hablará ahora ese chiflado?>>, se volvió, estaba a pocos metros de ella, señalándola.
-¡Se había convertido en un dragón!, ¡Es un demonio!. ¡Matádla!, ¡Matádla!-gritaba fuera de sí.

Las flechas volaron de nuevo.

-Tengo cosas mejores que hacer que encararme con una panda de idiotas. ¡Dientecruel!, tú y yo nos veremos, que no te quepa duda.-gritó Hiedra.
Y salió de allí, buscando un rio donde poder lavarse.


Epílogo

Era una casa-torre en bastante mal estado, los sirvientes que habían por allí parecían mendigos indisciplinados, y los soldados iban vestidos casi con arapos.

Hiedra entró sin que nadie se lo impidiése, solo algunas miradas de curiosidad delataban que se habían percatado de su existencia. La casa-torre era de su cuñado, por lo que se ve, era lo mejor que su hermanita había podido cazar.
Entró en una gran habitación, de nuevo, nadie le impidió el paso, se limitaron a mirarla.
En una cama contra la pared estaba su padre, agonizaba. A su alrededor la gente se repartía lo poco que dejara atrás, su madrastra discutía con algunas damas quien sería su futuro esposo. Luchador aún no estaba muerto, aunque le gustaría que la muerte llegase pronto y dejar oir a aquellos buitres que planeaban sobre su cadáver.

-Hola, Luchador.

El viejo tosió, había una joven junto a su lecho, menudita, de esplendorosa melena pelirroja y frios ojos azules. Le resultaba familiar.

-¿Quién eres?
-¿No lo sabes?, lo esperaba.

La gente se volvió con curiosidad, todos querían saber quien era aquella hermosa mujer que había aparecido como de la nada, ricamente ataviada.

-No fuiste a mi entierro, Luchador, pero no te preocupes, yo iré al tuyo.

Se oyó un grito entre la gente, su madrastra la miraba con espanto, como quien ve un fantasma.

-Za...Zafiro-murmuró.

Un murmullo recorrió a los presentes.

-Za...-Luchador se detuvo, le acometió un fuerte ataque de tos que le obligó a levantarse, para luego volver a caer, casi muerto. Cuando consiguió recobrarse la miró con ojos vidriosos, con la misma expresión que su madrastra.

-¿Zafiro?-dijo finalmente, temeroso.
-¿Zafiro?-contestó Hiedra-Zafiro murió,¿no?, vosotros la enterrastéis, ¿no está acaso su cuerpo bajo tierra?, junto a su madre y su hermano mayor, que tú mandaste a la guerra. Me sorprende que recuerdes su nombre.

El viejo temblaba. Hiedra casi sentía lástima, casi. Su madrastra se había desmayado, si Zafiro estaba viva toda la herencia de su marido y su primera esposa, que era la gran parte ya que apenas se pudo tocar, pasaría a ella, y no a su hija.

-Esperaré noticias tuyas-dijo Hiedra de forma siniestra a su padre. El viejo seguía temblando, su contacto con la realidad se había reducido considerablemente tras aquel encuentro. Hiedra salió.

-Zafiro, espera.
Hiedra se volvió.
-No me llames así, ahora soy Hiedra.
Era su hermanita, Segunda, tenía la misma cara que su madre.
-Umm...de acuerdo, Hiedra. Tienes que ayudarnos.
Hiedra la miró fijamente, de forma que Segunda comenzó a moverse nerviosa. Debía estar bromeando.
-¿Qué?
-Mira, el entierro de nuestro padre va a salir muy caro, y estamos muy mal de dinero. ¿Podrías pedirle algo a tu marido?. Debe ser muy rico-dijo mirando la ropa que llevaba con clara envidia.
-No tengo marido-cogió una pequeña bolsa metida en su cinturón, la abrió y sacó un par de monedas de oro, a continuación volvió a guardar la bolsa. Segunda miraba por donde la bolsa había desaparecido con una expresión parecida al hambre-Yo gané esto sola, trabajando-recalcó la palabra-tómalo para el entierro, al menos yo tuve uno.
Se volvió para marcharse, entonces recordó algo y se giró.
-A cuentas para la herencia, Zafiro sigue muerta, no me interesan las tierras que me dejara mi madre, estando viva me dio algo mucho más importante.

Abandonó la casa.

El día del entierro comprobó como sus dos monedas de oro parecían apenas un par de monedas de cobre, fue un entierro extremadamente pobre, su madrastra ni siquiera se atrevía a mirarla y al final del mismo su hermana vino de nuevo a pedirle ayuda. Hiedra se fue, dejándola con la palabra en la boca. Tenía cosas más importantes que hacer que aguantar a una familia de sanguijuelas.

Tenía que buscar al Elegido.

-Al Sur-dijo Maen, el dragón de tierra-, debe estar al Sur.

<<Vamos allá>>pensó Hiedra<<¿Un hombre de buen corazón?, me gustaría verlo.>>


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Tags: hiedra, historia
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  • A coro, que os sabéis la letra fijo

    No voy a comentar en lo ~rarito~ que es verlos descamisaos de dos en dos y dando brinquitos de la manita. Oh, tarde. MINING, IT'S A GAY

  • Like a boss!

    Queridas hijas e hijos de Raticulín, hoy os traigo The Lonely Island. Tengo que decir que me han salvado la vida (o, al menos, una crisis…

  • ¿Habéis sido buenos?

    Espero que no, porque no traigo crack a los niños buenos ;). Y sabéis que en cuestión de crack la tita Amy es de las mejores.…

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